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Bogotá, 488 años: las decisiones del siglo XVI que siguen vigentes

Historiadores explican por qué el diseño de la ciudad, sus símbolos y parte de sus desigualdades se remiten a decisiones de hace casi cinco siglos.

Camilo Tovar Puentes

06 de agosto de 2026 - 06:08 p. m.
Centro de Bogotá, en 1965./Saúl Orduz, Foto de la colección del Museo de Bogotá.
Foto: Saúl Orduz - Archio
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Cada 6 de agosto Bogotá vuelve sobre el mismo relato: la fundación española, Gonzalo Jiménez de Quesada y el nacimiento de una ciudad, que cumple 488 años. Sin embargo, reducirlo a una fecha y a un personaje deja por fuera una historia más interesante: la de una ciudad que, pese a transformarse de manera radical, conserva parte de sus decisiones, los símbolos y las formas de organización desde el siglo XVI. Algunas son visibles, como la Plaza de Bolívar o el escudo de la ciudad. Otras permanecen ocultas entre el afán de la vida cotidiana.

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Paradójicamente, el primer elemento que invita a mirar con otros ojos el cumpleaños de Bogotá es la fecha. Aunque el 6 de agosto de 1538 se ha consolidado como el aniversario, en la historiografía existe un debate sobre cuándo quedó realmente constituida conforme las normas de la Corona española. Alfredo Barón, historiador del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC), explica que fundar una ciudad no consistía solo en levantar unas casas o hacer una misa. Era necesario un cabildo, repartir solares, definir una plaza y establecer las autoridades del nuevo asentamiento. Bajo ese criterio, varios investigadores sostienen que eso solo se cumplió el 27 de abril de 1539. Sin embargo, Barón advierte que el peso de la tradición terminó imponiéndose. El 6 de agosto se convirtió en un símbolo compartido por generaciones.

La ciudad que guarda su primer dibujo

Si la fecha puede debatirse, hay una herencia menos evidente y más difícil de modificar: el dibujo mismo de la ciudad. Quien recorra el centro histórico probablemente fijará la mirada en la Catedral Primada, el Capitolio o las fachadas coloniales. Pero, según Barón, la huella más antigua de Bogotá no está en esos edificios, sino bajo las centenarias calles de La Candelaria. La cuadrícula que organiza las calles alrededor de la Plaza de Bolívar responde todavía al modelo urbano con el que los españoles fundaron decenas de ciudades en América, pensado alrededor de una plaza central desde la cual se distribuían el poder religioso, político y administrativo, que permanece intacto cinco siglos después. Donde antes estuvieron el cabildo y la iglesia hoy están la Alcaldía Mayor, el Congreso, la Catedral, el Palacio de Justicia y la Casa de Nariño, todos alrededor del mismo espacio abierto. “La traza urbana es todo lo más antiguo y lo más inmóvil que ha tenido la ciudad”, explica.

Plaza de San Francisco en 1862. Colección Museo de Bogotá
Foto: Museo de Bogotá

Pero la permanencia no se limita al espacio. Miguel Ángel Pardo, historiador y filósofo, explica que esa característica también alcanza los símbolos. El escudo de Bogotá, otorgado por el rey Carlos V en 1548 para la entonces Santa Fe, sigue siendo el emblema oficial de la capital. Sobrevivió a la Independencia, a la desaparición del nombre de Santa Fe y a los cambios políticos: un águila negra coronada con una granada roja en cada garra, sobre fondo de oro y orla azul con granadas doradas.

Hay permanencias que, además, combinan lo material y lo simbólico. Pardo llama la atención sobre iglesias como la Catedral, San Francisco y La Veracruz, que ocupan los mismos lugares asignados en los primeros años de la ciudad. Aunque los edificios que vemos sufrieron transformaciones con el tiempo, lo que no cambió fue su emplazamiento y, en buena medida, su función. Son, en palabras del historiador, “anclas topográficas de la traza fundacional”.

La ciudad que se levantó sobre Santa Fe

Pero la permanencia más importante no solo es española. Para entender la fundación de Bogotá también es necesario mirar aquello que existía antes de ella. Por décadas, el relato tradicional presentó el nacimiento de la ciudad como un episodio protagonizado exclusivamente por los conquistadores.

“Llegó Quesada a la tierra buena y serena de los chibchas; el país de la sal y las esmeraldas. Y la quiso toda para sí y los suyos”, cuenta Antonio Caballero en Historia de Colombia y sus oligarquías. Los muiscas aparecían apenas como el telón de fondo. Ambos historiadores coinciden: Santa Fe no se levantó sobre un territorio vacío. Cuando los españoles llegaron a la sabana encontraron un espacio habitado, organizado y aprovechado por las comunidades indígenas. Existían sistemas agrícolas, caminos, asentamientos y un conocimiento profundo del territorio, lo que facilitó el establecimiento de la nueva ciudad.

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Para Pardo, esa idea permite entender a Bogotá como una ciudad construida por capas. Debajo de la ciudad colonial permanece Bacatá; debajo de las avenidas siguen corriendo los ríos San Francisco y San Agustín; detrás de muchos nombres sobreviven palabras y referencias indígenas que atravesaron la Colonia, la República y la expansión urbana.

Pero esas capas no permanecen únicamente en los monumentos, los nombres o las calles. También en la manera como Bogotá distribuyó durante siglos a sus habitantes. Pardo recuerda que mientras el centro de la ciudad colonial concentró los poderes político, económico y religioso y estuvo ocupado principalmente por españoles y criollos, buena parte de la población indígena fue desplazada hacia resguardos y poblados ubicados en la periferia. Algunos de esos lugares terminaron absorbidos siglos después por la expansión de Bogotá y hoy sobreviven en nombres como Suba, Bosa, Usaquén, Fontibón, Usme o Engativá.

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La ciudad creció hasta tragarse sus antiguas periferias, pero sin eliminar del todo las lógicas que las produjeron. Los actores, las causas y las dimensiones de la desigualdad hoy son otros, pero la distancia entre un centro que concentra poder y unos bordes con mayores carencias sigue siendo una de las fracturas más reconocibles de Bogotá. No obstante, mientras algunos símbolos indígenas lograron permanecer, otros fueron relegados del relato oficial. Barón recuerda que tanto en la Colonia como después de la Independencia el interés estuvo puesto en exaltar primero el pasado hispánico y luego el proyecto republicano. Solo entrado el siglo XX, con movimientos como Bachué y en vísperas del cuarto centenario de la ciudad, comenzó a surgir una reivindicación del pasado indígena.

Vistas así, las huellas de aquella Bogotá están lejos de limitarse a las fachadas que sobrevivieron al paso del tiempo. Están en una cuadrícula que todavía ordena el centro, en iglesias que no cambiaron de lugar, en un escudo concedido por un rey español, en nombres muiscas que sobrevivieron a quienes intentaron borrarlos y hasta en una distribución territorial que obliga a preguntarse cuánto hay de nuevo en algunas de las desigualdades que hoy parecen propias de la ciudad contemporánea.

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Quizás por eso resulte tan diciente que Gonzalo Jiménez de Quesada permanezca enterrado en la Catedral Primada mientras la estatua que durante décadas lo representó como fundador terminó derribada por indígenas que reclamaban otra manera de contar esa misma historia. Entre esas dos imágenes cabe buena parte de la Bogotá que cumple 488 años: una ciudad donde el pasado no permanece inmóvil.

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