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Bogotá, antes de ser ciudad, fue un “asiento militar” de 12 chozas y una fe impuesta, como lo plasma el libro Bogotá: ciudad colonial 1538-1810, el cual narra cómo la violencia de la conquista y la rigidez del modelo hispánico transformaron el Valle de los Alcázares en la “Ciudad Convento”, desentrañando los secretos de la fundación de la capital.
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La publicación la presentará este jueves 23 de abril, a las 5:00 p.m., la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, en el Salón Colonial en el Museo Mercedes Sierra de Pérez - El Chicó (carrera 9 N° 93 – 38), en un diálogo con los expertos Carlos Roberto Pombo, Fabio Roberto Zambrano y Gonzalo Mallarino, bajo la moderación de Élber Gutiérrez.
Como antesala al lanzamiento, El Espectador publica la introducción de esta publicación, que desmitifica la fundación de 1538, recordándonos que Quesada, como abogado, sabía que su primer acto fue militar y no civil. Si está interesado en asistir puede confirmar asistencia al celular 3103246751 o al correo gestorurbano1@sosmejorasbogota.com
Ciudad colonial
El historiador Jacques Aprile-Gniset corrobora que el tránsito de un modelo aborigen de ocupación espacial, a uno español, se impuso por medio de la violencia desplegada a través de una larga guerra de conquista del territorio. Esta circunstancia se plasmaría en el nuevo modelo territorial y en las características de su ordenamiento.
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La expedición que dio lugar al descubrimiento de Bacatá, a ojos de los conquistadores españoles, comenzó en 1535, cuando la Corona autorizó a Pedro Fernández de Lugo la conquista y gobernación de la provincia de Santa Marta, así como la exploración del río Magdalena, mediante la capitulación correspondiente. Una vez que asumió el cargo, Fernández le daría la orden al teniente Gonzalo Jiménez de Quesada de remontar el río Grande de la Magdalena.
En la medida en que avanzaba la expedición y ante las dificultades que surgían, se presentaron diferencias y fuertes disputas entre las tropas conquistadoras. Estas disputas desembocaron en una división irreconciliable, aún antes de siquiera llegar al altiplano muisca, y se conformaron dos grupos antagónicos: uno, el de los aventureros, ávidos de botín inmediato, que adelantaban la conquista haciéndose acompañar de los indígenas de las tribus que iban sometiendo; y otro, el de los pobladores, que buscaban establecerse en estas tierras utilizando como medio de subsistencia la explotación de la abundante mano de obra indígena.
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Según el historiador Carlos Martínez Jiménez, tras un esfuerzo colosal, hombres, caballos y aparatos militares y de diverso tipo, con Gonzalo Jiménez de Quesada al frente, llegaron el 2 de marzo de 1537 a lo que los peninsulares llamaron el Valle de los Alcázares. Comandando un ejército y revestido con el grado militar de “teniente general de la gente así de pie como de a caballo”, conferido por Pedro Fernández de Lugo, Jiménez de Quesada y los sobrevivientes de la travesía monumental, contemplaron un panorama compuesto de numerosas labranzas y de “muchos humos en señal de gran población”. Habían llegado al país de los Muiscas, comarca rica, bien abastecida, dotadas colinas, bosques, praderas y ríos.
El historiador y antropólogo Juan Friede afirma que la orden de Fernández de Lugo era advertir a los indígenas que quienes se sometieran voluntariamente a los españoles, recibirían un buen trato; pero a quienes no lo hicieran se les hará la guerra como enemigos, con todas las consecuencias, serían declarados esclavos y sus bienes formarían parte del botín. A todos los indígenas se les exigió la entrega del oro para pagar los gastos “en que incurrieron los conquistadores al llevar a cabo la expedición”.
Los compañeros de Jiménez de Quesada, al llegar al Nuevo Reino, sumaban algo más de 170 hombres, entre los cuales deberían repartirse los beneficios de la Conquista. Los historiadores han determinado que, en realidad, en la altiplanicie chibcha se dio el encuentro de tres conquistadores que habían partido de tres puntos diferentes, y que esperaban recompensa después de una larga serie de fracasos sufridos durante aquel año de 1537.
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En todo caso, desde el comienzo, la jerarquización de tipo militar creó ventajas para capitanes y caporales, cuyos beneficios debían ser mayores. Algunos capitanes prefirieron regresar a España o avecindarse en otras partes, pues la concentración de repartimientos hacía inequitativa la distribución, a la que había que agregar, además, la entrega de las llamadas encomiendas, que favorecían a los militares de rango superior y a las que nos referiremos en detalle más adelante.
El acceso de las tropas de Quesada a la región del altiplano en 1537 originó un establecimiento durable, provisto de recursos necesarios para asegurar la supervivencia de varios pobladores. La presencia de un pueblo de indios pacíficos que poseían ya una organización social y política simplificó el proceso de asignación de excedentes destinados a alimentar el núcleo del primer establecimiento urbano. La sujeción de los antiguos vasallos de los caciques de Tunja, Bogotá y Sogamoso fue una tarea que se llevó a cabo en un plazo muy breve. Aparte de algunas resistencias provocadas por la violencia de los conquistadores, la sola presencia de éstos bastaba para imponer su dominio.
Los muiscas eran un pueblo eminentemente agricultor, que se alimentaba de productos como la papa y el maíz, y bebían chicha, hecha de maíz fermentado. Fabricaban textiles del algodón que obtenían a través del comercio. Trabajaban el oro y particularmente, la escultura a menor escala, y poseían algunos yacimientos de sal en las cercanías de Zipaquirá. A diferencia de otros grupos nativos, los muiscas no desarrollaron asentamientos que pudieran ser descritos como ciudades, y tampoco construyeron obras importantes como las de los taironas. Las viviendas de los muiscas e incluso sus templos, estaban hechos de caña, madera, barro y materiales similares.
Para el sociólogo Julián Vargas Lesmes, a pesar de sus avances en otros aspectos, los muiscas de la Sabana tan solo lograron establecer aglomeraciones de caseríos alrededor de la vivienda del Zipa. La carencia de una cultura urbana entre los muiscas no permitió tender un puente de continuidad, por lo que la ciudad que se fundó en 1538 tiene una conformación casi exclusivamente hispánica.
Los muiscas no tenían un gobierno consolidado, aunque los grupos más fuertes extendían gradualmente su poder sobre los más débiles. En el nivel más bajo, las unidades básicas de gobierno y sociedad eran una organización similar al clan, establecidas por lazos de sangre. Las unidades políticas del nivel más alto llegaron a denominarse confederaciones.
La forma como los españoles se impusieron sobre los indígenas estuvo marcada desde el comienzo por la violencia, como forma de intimidación y opresión. Por ejemplo, el caso del Zajipa, a quien, a la muerte de Tisquesusa --asesinado en 1538 por un soldado español--, los muiscas eligieron cacique con el propósito de proseguir la guerra contra los invasores de la altiplanicie. Muy pronto el Zajipa se vio obligado a rendirse a los españoles, dada la superioridad militar de estos. A pesar de su sometimiento, Jiménez de Quesada supuso que conocía el sitio donde Bogotá el Viejo había escondido un tesoro. El Zajipa negó reconocer la existencia de tal tesoro, ante lo cual el conquistador lo torturó infructuosamente y finalmente lo puso preso. El sometimiento llevó también al despojo de las riquezas que tenían los lugareños y de nuevo, se les exigió la entrega del oro “para pagar los gastos en que habían incurrido los conquistadores”.
Conmovido por los desmanes perpetrados por los encomenderos, el obispo Francisco Marroquín elevó una apelación ante el rey Carlos V, implorando protección para la población indígena, cuya consecuencia fue que la Corona dispusiera una serie de normas encaminadas a controlar este tipo de abusos. La más importante de estas normas consistió en confinar o reducir a la población indígena en el territorio conquistado, en los llamados resguardos, disposición que se hizo efectiva a partir de 1549.
La empresa de la Conquista y la colonización de los territorios “descubiertos” por la Corona española, se cimentó en la fundación de ciudades, con la espada en una mano y la cruz en la otra. A partir de la fundación de las nuevas poblaciones se inició la tarea gubernativa y económica en los nuevos dominios. Las ciudades fueron el eje de la nueva organización política impuesta por España. Según el historiador Martínez Jiménez, para la Corona “poblar significa primordialmente asentar la traza en el terreno, repartir solares, inscribir vecinos y nombrar cabildo”.
En nombre de Dios y del Rey, el conquistador tomaba posesión del territorio y procedía a fijar los términos y jurisdicción del nuevo poblado. Delimitaba la plaza principal y como símbolo de la justicia real instalaba el rollo o picota. Acto seguido, se escogían y demarcaban los solares para la iglesia, el cabildo y demás edificios públicos. Posteriormente, se procedía a hacer el reparto de los solares en los que morarían los primeros pobladores.
Jiménez de Quesada, como licenciado en leyes, sabía que el grado militar que se le había conferido con autoridad y mandato en asuntos castrenses, no le había otorgado la autoridad para fundar ciudades y nombrar cabildos, que requerían la potestad civil. Consciente de sus impedimentos, en la fecha histórica del 6 de agosto de 1538, se limitó a crear en el país de los chibchas un nuevo asentamiento con el nombre de Nuevo Reino de Granada, que procedió a anexar a la Corona española. Fue establecido en el lugar llamado Teusaquillo, bajo un asiento militar, sin calles, ni plazas, sin solares ni vecinos, y sin autoridades civiles, es decir, sin cabildo, alcaldes y regidores.
El cabildo sería el órgano de gobierno más importante de la ciudad. A él asistirían las personalidades de la ciudad, incluyendo corregidores, alcaldes, oficiales reales y alguaciles. Con el paso de los años, el cabildo tuvo un carácter más democrático, pues empezaron a hacer parte de él aquellos ciudadanos que tenían experiencia y gozaban de prestigio.
Como ya se señaló, la gran extensión del nuevo reino colonizado por Quesada motivó la necesidad de instalar en él una Real Audiencia. Instaurada en 1550, representó un avance significativo en la regulación del poder colonial, al contener los abusos militares y promover la justicia en la ciudad. Sin embargo, la evolución del sistema administrativo en el Nuevo Reina de Granada se fortaleció, verdaderamente, con la creación del virreinato en 1719, suprimido en 1723 y reinstalado en 1739. Esto refleja la gran complejidad de la política peninsular de la época.
Durante sus primeros tres siglos, Santafé experimentó un leve crecimiento demográfico. Según algunos cronistas la población de la ciudad en 1564 se limitaba a 600 vecinos españoles. Para 1761, esta cifra ascendía a 3 246 vecinos y 16 233 almas, siguiendo la denominación de la época. La estructura socioeconómica presentaba una marcada segregación espacial: los ricos, se concentraban en el centro de la ciudad, mientras los pobres se asentaban en la periferia en condiciones precarias. La “aristocracia” disfrutaba de privilegios en áreas centrales, mientras que los indígenas y los menos favorecidos se asentaban en los límites de la ciudad.
Santafé gozaba de un ecosistema privilegiado: dos quebradas que aportaban agua dulce, provenientes de los imponentes cerros orientales, conformaban, con el río Bogotá, una sabana de características inigualables, particularmente fértil, a 2 600 metros sobre el nivel del mar. Con la presencia española establecida, se fue dando la transición de un modelo disperso de ocupación territorial, predominante en la población muisca, a un modelo urbano rígido, militar y religioso, de traza ortogonal, en forma de damero, impuesto por la Corona española.
En el año 1600, Santafé abarcaba 80 manzanas y 3 parques, en tanto que, según el plano elaborado en 1791 por Domingo Esquiaqui, la ciudad ocupaba 183 manzanas y 7 parques. El área urbanizada pasó de 107,7 hectáreas en 1600, a 264,4 en 1791. Durante los siglos XVII y XVIII, la ciudad avanzó en la construcción de vías trazadas sobre los antiguos caminos indígenas, lo que facilitó el comercio y la movilidad de sus habitantes. Entre las principales rutas se destacan el camino de la Sal, hacia Tunja, y el camino a Honda, que estructuraron el modelo urbano emergente, permitiendo la integración de la ciudad en una red de comunicación más amplia y consolidada.
La construcción de puentes sobre el río Bogotá y otros afluentes, fue crucial para enfrentar los desafíos de las inundaciones que solían afectar el territorio. Por su parte, obras como las del acueducto de Agua Nueva, inaugurado en el siglo XVIII, proporcionaron un abastecimiento de agua en forma más fiable, lo que era esencial para la salud y el bienestar de la creciente población urbana en Santafé. El paisaje urbano estuvo marcado por la presencia de importantes edificaciones religiosas. La historia de las iglesias coloniales, como la Catedral Primada, la iglesia de Santo Domingo, la de San Francisco, la de Nuestra Señora de Egipto y la de Santa Bárbara, entre otras, recogida en el presente texto, reflejaba el carácter urbano marcadamente religioso, que daría a la villa el nombre de la Ciudad Convento. Uno de los mayores constructores de templos, como bien se sabe, sería fray Domingo Petrés.
Durante sus primeros cuarenta años, apenas unas pocas manzanas estaban edificadas y solo los encomenderos tenían la capacidad de construir casa de teja y barro, mientras que la mayoría de la población residía en cabañas rudimentarias. A pesar de las limitaciones económicas y técnicas, estos esfuerzos sentaron un precedente para el crecimiento de la ciudad colonial. Los relatos disponibles no aportan mucho para conocer los detalles de este periodo de la historia de Santafé, pero sin duda fueron años llenos de dificultades y conflictos en el intento de implantar una ciudad sobre un territorio todavía hostil y durante algunos años, cargado de peligros.
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