Bogotá está entrando en una transformación que ya empieza a cambiar sus prioridades: nacen menos niños, la población envejece y, en pocos años, habrá más adultos mayores que jóvenes. Pero mientras esa transición ocurre, la ciudad sigue perdiendo cada año 647 jóvenes por homicidios, siniestros viales y suicidios, según el Informe de Calidad de Vida 2025 de Bogotá Cómo Vamos.
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La ciudad alcanzará su máximo poblacional entre 2025 y 2026, con cerca de 7,95 millones de habitantes, pero después comenzará a reducirse hasta unos 7,1 millones en 2050. Al mismo tiempo, nacen cada vez menos niños y la población mayor crece con rapidez: entre 2000 y 2025, el índice de envejecimiento pasó de 13,6 a 59,3, y entre 2027 y 2028 las personas de 60 años o más superarían a las que tienen entre 18 y 28 años.
El Informe presentado esta semana, advierte que justo cuando la ciudad tendrá proporcionalmente menos jóvenes, sigue perdiendo cientos de ellos por causas que pueden prevenirse con políticas públicas. El informe calcula que 647 jóvenes mueren cada año por homicidios, siniestros viales y suicidios, tres fenómenos que terminan concentrando una parte importante de las muertes evitables. La propuesta del documento es convertir la protección de la vida en una meta transversal de ciudad y no dejarla reducida a respuestas coyunturales.
“En política pública pues hay que focalizar y priorizar, no se puede atender todo a la vez porque no hay presupuesto que alcance. El tema es cuáles son las prioridades”, explica Felipe Mariño, director de Bogotá Cómo Vamos. Para él, esa es precisamente la discusión que debería abrir el informe: no solo cuánto mejora Bogotá en sus indicadores generales, sino qué sectores continúan quedándose atrás y dónde una intervención puede producir mayores resultados.
Un buen indicador no cuenta toda la historia
La primera tensión está en la seguridad. Bogotá mejoró en algunos indicadores generales, pero esa mejoría no se distribuye de la misma manera entre grupos poblacionales. La tasa de homicidios bajó, pero los jóvenes continúan representando tres de cada diez víctimas. En el caso de los homicidios, Mariño señala que mientras la tasa general está un poco por encima de 14 por cada 100.000 habitantes, entre los jóvenes llega a 25.
La misma lógica aparece en la salud mental. Aunque la tasa general de suicidio de la ciudad, de 4,4 por cada 100.000 habitantes, permanece por debajo de la meta distrital y la cifra general puede leerse como un avance, el informe advierte sobre el comportamiento de los adolescentes. En la entrevista, Mariño señala que la tasa pasó de 5,2 a 7,8 por cada 100.000 habitantes.
Ahí aparece una de las principales advertencias del informe: un indicador puede mejorar para Bogotá y, al mismo tiempo, empeorar para una población específica.
“Los promedios nos dicen un montón de cosas y en muchos la ciudad ha mejorado. Pero si usted no hace zoom en donde tenemos las mayores dificultades, pues no podemos seguir mejorando”, dice Mariño.
La seguridad vial muestra otra de esas dualidades. En 2025 las muertes por siniestros viales bajaron de 574 a 553, una reducción de 4 %. Sin embargo, los motociclistas y peatones continúan concentrando las mayores cifras de fatalidad y los motociclistas tienen un incremento sostenido de las muertes desde 2021. Además, 70,2 % de quienes murieron en las vías fueron hombres.
Es decir, el descenso de la cifra general no elimina la necesidad de identificar quiénes siguen expuestos al mayor riesgo. Para Bogotá Cómo Vamos, ese cambio de mirada es fundamental: la política pública no debería medirse solamente por si baja la tasa de una ciudad, sino también por reducir las brechas de quienes concentran el riesgo.
La pregunta no termina en la seguridad
El informe propone además mirar qué ocurre antes de que un joven llegue a estar expuesto a esos riesgos. Y ahí aparecen la educación, el empleo y las oportunidades como parte de una misma conversación.
Los jóvenes entre 14 y 28 años aparecen sistemáticamente por encima del promedio de Bogotá en indicadores como pobreza, informalidad, tiempo de búsqueda de empleo y dependencia de redes personales para conseguir trabajo. Uno de cada cinco jóvenes está en pobreza monetaria.
Mariño plantea una cadena que conecta esos problemas con la violencia. Si una persona tiene dificultades para completar su trayectoria educativa, también tendrá más obstáculos para llegar a la educación posmedia y posteriormente al empleo formal. En ese tránsito, dice, crece la exposición a la informalidad y a oportunidades por fuera de los canales institucionales.
“Si nosotros como primera barrera de prevención no mejoramos las oportunidades de estas personas, pues ellos son los que van a poner las víctimas”, sostiene.
La frase permite ampliar la discusión sobre las 647 muertes. No se trata únicamente de preguntarse cómo evitar el homicidio, el siniestro o el suicidio cuando ya existe un riesgo. También de preguntarse qué condiciones está creando la ciudad para que los jóvenes tengan alternativas antes de llegar a ese punto.
El propio informe encuentra problemas en esa trayectoria: la deserción en los programas técnicos profesionales alcanzó 23,5 % en 2023 y en 2025 los jóvenes registraron la menor tasa de ocupación entre los grupos poblacionales, con 53,3 %. A escala nacional, además, solo 22 % de las vacantes exige título universitario y uno de cada tres jóvenes está sobrecalificado para el empleo que desempeña.
La paradoja, entonces, es doble: Bogotá necesita proteger a sus jóvenes porque son cada vez menos, pero también necesita ampliar las oportunidades para una población que hoy enfrenta barreras para estudiar, conseguir empleo y construir proyectos de vida. Es decir, dar las garantías para que la gente no se vaya de la ciudad.
Mientras tanto, la ciudad envejece
El otro gran cambio ocurre en el extremo contrario del curso de vida.
El informe señala que Bogotá tendrá entre 2027 y 2028 más personas de 60 años o más que jóvenes de 18 a 28. La fecundidad llegó a 0,83 hijos por mujer, menos de la mitad del nivel de reemplazo, y ninguna localidad se encuentra por encima de ese umbral. Por otor lado, el fenómeno creciente de la migración aporta población joven, pero no revierte la tendencia.
Esto significa que proteger la vida no puede limitarse a la prevención de las muertes violentas de los jóvenes. También supone preparar una ciudad para una población de adultos mayores que necesitará otros servicios, infraestructura y sistemas de cuidado.
Mariño lo explica desde algo tan cotidiano como un paseo en la calle “Yo a mi edad puedo caminar en un andén maltrecho, pero una persona con movilidad reducida no va a poder tener la misma experiencia. Por esos cambios que parecen simples se empieza a ver una política real de cuidado”, señala. También advierte que los servicios especializados de salud están concentrados en algunas zonas de la ciudad, particularmente en el nororiente, lo que obliga a quienes viven en el occidente y el sur a desplazarse grandes distancias para acceder a ellos.
La transición demográfica, por tanto, no es un asunto para dentro de veinte años. Ya está modificando las condiciones con las que Bogotá debe planear su infraestructura, su sistema de salud, la movilidad y las políticas de cuidado.
El informe señala que el 18,8 % de los bogotanos manifestó no haber recibido atención médica durante el último año, pese a que la cobertura de afiliación es amplia. Además, la satisfacción con los servicios de salud cayó diez puntos entre 2022 y 2025.
La ciudad también tendrá que resolver qué significa envejecer cuando una parte importante de las personas mayores pueda hacerlo sola y cuando, al mismo tiempo, la base de población en edad productiva sea proporcionalmente menor.
“Tenemos que empezar a diseñar una ciudad que esté orientada a garantizar las mejores condiciones de calidad de vida a estas personas que se están envejeciendo. La ciudad tendrá una porción mayoritaria de esta población dentro de poco y la ciudad sigue respondiendo sobre la marcha”, dice Mariño.
Proteger la vida también empieza en la primera infancia
Si el envejecimiento obliga a pensar cómo quiere Bogotá que se viva la vejez, la caída de los nacimientos obliga a preguntarse en qué condiciones están creciendo los pocos niños que tendrá la ciudad en el futuro.
El informe muestra avances importantes en primera infancia y salud: la desnutrición aguda descendió a 1,3 %, superando anticipadamente la meta establecida por el Distrito, y la vacunación recuperó coberturas cercanas o superiores al 95 %.
Pero el dato positivo también tiene una contraparte: persisten brechas territoriales y problemas como el bajo peso al nacer y las diferencias en el acceso a servicios. El informe insiste en que los promedios distritales pueden ocultar realidades muy diferentes entre localidades.
Ahí aparece otra de las tensiones que atraviesan el documento: Bogotá ha conseguido mejorar indicadores importantes, pero sostener esos avances y hacer que lleguen a quienes más los necesitan es un desafío distinto.
La idea conecta con la propuesta general de Bogotá Cómo Vamos. Si la ciudad quiere proteger la vida a lo largo del curso de vida, no basta con intervenir en el momento de la crisis. También debe garantizar un buen comienzo, trayectorias educativas completas, oportunidades laborales y condiciones adecuadas para llegar a la vejez con calidad de vida.
Una ciudad, políticas que todavía funcionan por separado
La pregunta final es cómo hacer que esas piezas dejen de funcionar como asuntos independientes.
Mariño considera que buena parte de la administración pública todavía se entiende por separado: movilidad por un lado, seguridad por otro, salud por otro. La apuesta de Bogotá Cómo Vamos es que la protección de la vida pueda convertirse en una meta que atraviese diferentes sectores y permita orientar recursos hacia las poblaciones donde existe mayor riesgo.
El informe advierte incluso la necesidad de cambiar la manera en que se evalúan las políticas. En lugar de que cada administración llegue con nuevos programas y abandone los anteriores, Bogotá Cómo Vamos plantea que la evidencia sobre su impacto sea el criterio para decidir qué mantener, modificar o eliminar. “Que no se haga como la excepción de evaluar las políticas públicas, sino que sea el estándar”, dice Mariño.
Ese reclamo cobra relevancia en una ciudad que ya tiene señales de que algunas políticas funcionan. La reducción de la desnutrición, la recuperación de la vacunación, la disminución de las muertes viales y la reducción de algunos indicadores de pobreza muestran avances que el propio informe considera importantes. Pero también muestran que mejorar el promedio no necesariamente significa resolver los problemas de quienes concentran los mayores riesgos.
Por eso, la discusión no es únicamente cómo hacer que Bogotá sea una ciudad con mejores indicadores. Es cómo decidir qué debe priorizar cuando los recursos son limitados y la estructura de su población está cambiando.
La ciudad que se proyecta hacia las próximas décadas tendrá menos niños, proporcionalmente menos jóvenes y más adultos mayores. En ese escenario, las 647 vidas jóvenes que pueden evitarse no son solamente una cifra de seguridad, movilidad o salud mental. Son también una pregunta sobre el tipo de ciudad que Bogotá está construyendo.
Como lo plantea Mariño, “si no la protegemos y si no la protegemos de las que más están vulnerables, pues no nos vamos a poder desarrollar sosteniblemente”.
Bogotá tendrá que resolver una paradoja cada vez más evidente: necesitará proteger a una población joven que será proporcionalmente menor, mientras prepara una ciudad para una población mayor que crecerá rápidamente.
Eso obliga a mirar más allá de los indicadores generales. Si los recursos son limitados, como advierte Mariño, la discusión es también sobre dónde ponerlos y qué políticas funcionan. Las 647 muertes jóvenes son una de esas prioridades, pero el reto que plantea el informe es más amplio: decidir qué ciudad quiere sostener Bogotá cuando cambie la composición de sus habitantes y cómo garantizar que ese cambio no deje a nadie atrás.
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