Hay una sensación que atraviesa toda la Encuesta Distrital de Percepción 2025 y que no cabe en una sola cifra: en Bogotá, la gente parece estar mejor consigo misma que con la ciudad que habita. Los datos lo muestran sin rodeos. Mientras apenas el 20,2% de los ciudadanos cree que la situación económica de la ciudad ha mejorado en el último año, el 55,9% se declara optimista sobre su futuro. La distancia entre ambas percepciones no es menor. Habla de una ciudad donde el presente genera dudas, pero el mañana todavía sostiene expectativas.
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Esa tensión no es anecdótica. Aparece de forma consistente cuando se comparan las distintas escalas de la vida urbana. Las personas evalúan mejor su situación individual que el estado general de Bogotá. La experiencia íntima parece más estable que la experiencia colectiva. Es como si cada quien lograra sostener su propio equilibrio en medio de un entorno que no termina de responder.
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El bienestar personal resiste, pero con grietas
En el plano individual, los resultados son, en términos generales, favorables. El 71% de las personas califica su estado de salud como bueno o muy bueno. La proporción de hogares que se consideran pobres se ubica en 16,5%, y el 11,5% reporta dificultades para acceder a tres comidas diarias durante la semana previa. Son cifras que, aunque evidencian problemas, también muestran cierta estabilidad en el bienestar subjetivo.
Sin embargo, esa aparente estabilidad tiene matices importantes. La ciudad no se comporta como un todo homogéneo. Las diferencias territoriales son profundas y persistentes. Sectores como Lucero y Arborizadora concentran los peores indicadores en salud percibida, pobreza subjetiva y seguridad alimentaria, mientras zonas como Niza o Salitre registran resultados considerablemente más favorables.
La percepción, en este caso, no solo mide bienestar, también dibuja la desigualdad. La ciudad que se experimenta en el sur no es la misma que se vive en el norte. Y esa diferencia no es solo económica o de infraestructura; es también emocional, cotidiana, acumulada en la forma en que las personas evalúan su propia vida.
A esto se suma un hallazgo que atraviesa lo doméstico: la carga de género en el hogar sigue siendo marcadamente desigual. En los hogares con jefatura femenina, el 42,8% de las mujeres asume directamente las tareas de limpieza, frente a apenas el 9,1% en hogares con jefatura masculina. La vida cotidiana, incluso en sus dimensiones más básicas, sigue organizada bajo esquemas desiguales.
Los servicios que funcionan y una seguridad frágil
Cuando la mirada se desplaza del hogar al barrio, el panorama se vuelve más complejo. El acceso a servicios como la educación y la salud tiene valoraciones moderadas. El 57,9% de los hogares califica positivamente el acceso a educación, mientras que en salud la cifra baja a 46,6% . No hay una crisis evidente, pero tampoco una satisfacción contundente.
La ruptura más fuerte aparece en la percepción de seguridad. Durante el día, el 57,8% de las personas dice sentirse segura caminando por su barrio. En la noche, esa cifra cae a 19,5% . La ciudad cambia de carácter cuando cae el sol. Lo que durante el día es transitable, en la noche se vuelve incierto.
A esa sensación se suma un dato que amplía el problema: el 15,3% de los hogares reporta haber sido víctima de algún delito, pero seis de cada diez casos de hurto no se denuncian . La inseguridad, entonces, no solo es significativa, también está parcialmente oculta. Existe una brecha clara entre lo que ocurre y lo que queda registrado.
Sin embargo, el deterioro de la vida urbana no se explica únicamente por el delito. Lo que más reportan los ciudadanos no son robos, sino situaciones que se repiten a diario: manejo inadecuado de basuras, consumo de sustancias en el espacio público, heces de mascotas en las calles. Son pequeñas fracturas cotidianas que, acumuladas, terminan configurando una sensación de desorden.
En ese nivel, la inseguridad no es solo un evento, es un ambiente. No depende únicamente de la presencia de delitos, sino de la percepción constante de que las reglas básicas de convivencia no se cumplen.
La ciudad como sistema: una confianza desigual
Cuando la mirada se amplía a Bogotá como sistema, la percepción se vuelve más crítica. La economía es el mejor ejemplo de esa disociación. El 35,3% de las personas considera que su situación económica personal ha mejorado, pero solo el 20,2% cree que la ciudad ha avanzado en ese mismo sentido. La diferencia sugiere que los avances individuales no logran traducirse en una percepción de progreso colectivo.
La movilidad, por su parte, refleja una relación de dependencia más que de satisfacción. El 59% de los bogotanos utiliza TransMilenio o el SITP como principal medio de transporte, pero solo el 43,9% se declara satisfecho con el servicio. Es un sistema masivo, indispensable, pero que no logra consolidar una percepción positiva. En contraste, los grandes proyectos de infraestructura sostienen una parte importante de la confianza ciudadana. El 67,2% de las personas cree que las obras en curso reducirán los tiempos de viaje, y el 56% confía en que el metro entrará en operación en 2028.
Gobierno, confianza y prioridades: una relación en tensión
La relación con el gobierno distrital refleja un equilibrio frágil. El 45,9% de los ciudadanos confía en que la administración está trabajando para mejorar la calidad de vida, y el 41,4% cree que tiene capacidad para responder ante crisis. No son cifras bajas, pero tampoco contundentes. Hablan de una confianza parcial, condicionada.
En ese contexto, la agenda ciudadana es clara. La inseguridad se posiciona como el principal problema que debería atender la administración, con el 54,7% de las menciones. Muy por detrás aparecen la salud, la pobreza y la movilidad.
También es revelador cómo circula la información. Mientras en la escala de ciudad predominan la televisión y las redes sociales, en el barrio el principal canal sigue siendo el voz a voz. La conversación cotidiana, la experiencia compartida, sigue siendo determinante en la construcción de percepción.
Una ciudad que no pierde la esperanza
Y, sin embargo, hay un dato que reconfigura toda la lectura. El 83,7% de los ciudadanos dice sentirse orgulloso de vivir en Bogotá, y el 63,4% cree que será un mejor lugar en el futuro. En medio de las tensiones, las brechas y las incomodidades, la ciudad no ha perdido su capacidad de generar arraigo.
Lo que muestra esta encuesta no es una ciudad en crisis, pero tampoco una ciudad satisfecha. Es un territorio en tensión, donde la vida personal logra sostenerse, pero la experiencia colectiva genera incertidumbre. La capital, en ese sentido, no es una ciudad que funcione plenamente, pero tampoco una que se haya rendido. Es, más bien, una ciudad que sigue apostándole a lo que puede llegar a ser, incluso cuando lo que es hoy no termina de convencer.
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