8 Nov 2021 - 2:26 a. m.

Comida para los más pobres en Bogotá: un proceso con claroscuros

En septiembre comenzó un nuevo programa de alimentación para población vulnerable afectada por la pandemia. El Distrito dice que le ahorra dinero, pero las cuentas muestran otra cosa. La Secretaría de Integración Social responde.
El nuevo plan brinda alimentación diaria a casi 10.000 ciudadanos vulnerables.
El nuevo plan brinda alimentación diaria a casi 10.000 ciudadanos vulnerables.

Una fila de personas que rodean una cancha en Bosa congrega a niños, adultos mayores y madres cabeza de hogar, que esperan la llegada de un furgón con almuerzos. Llevan dos horas esperando y el hambre apremia. “Desde las 10:30 a.m. estamos acá. Nos avisaron que viniéramos entre esa hora y la 1:00 p.m., pero no nos han dado nada y nadie da razón”, dice una recicladora, que esperaba la comida.

Entre tanto, una pequeña en su bicicleta lleva dos almuerzos, que acababa de recibir en el barrio Brasil (Bosa), de un furgón que sí llegó a tiempo al lugar de entrega: una calle sin pavimentar y encharcada por las lluvias. “Antes daban sopa y jugo, pero lo cambiaron por fruta y galletas”, afirma la niña.

Estas personas, en situación de vulnerabilidad, son los beneficiarios del más reciente programa de alimentación de la Alcaldía de Bogotá, llamado “Comida Caliente en Puntos Estratégicos”, que empezó en septiembre, luego de una invitación pública con un presupuesto de $26.000 millones, que fue anunciado por la Secretaría de Integración Social como una transformación de los comedores comunitarios.

De hecho, Xinia Navarro, jefa de esa cartera, señaló en una entrevista, en febrero de este año, que de esta manera la entidad iba a tener unos “ahorros administrativos”, pues ya no se iban “a pagar mesas, sillas, platos, ni cubiertos”, que se reflejarían en más inclusión social para los beneficiarios y una mayor cobertura.

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¿Cómo surgió el programa?

Este servicio surgió luego de un proceso competitivo, adjudicado el 27 de julio de 2021, que contempló tres tipos de apoyos alimentarios (comida caliente): en puntos estratégicos de Bogotá a población recurrente, población fluctuante y personas que asisten de manera permanente a los comedores comunitarios.

Una de las razones para la transformación del servicio fueron los protocolos de bioseguridad, producto del COVID-19, respecto a las aglomeraciones, al distanciamiento social y a los lugares cerrados. Por ello, según explicó en su momento la secretaria Navarro, los pliegos no implicaban la presencialidad para la entrega de almuerzos y refrigerios , a lo que sumó la reducción de costos de arrendamiento de los comedores.

¿Dónde está el ahorro?

El Espectador revisó los anexos técnicos de los pliegos de la invitación pública y las estructuras de costos de los tres tipos de apoyos alimentarios, para comparar los costos por cupo diario y los aportes nutricionales de cada uno.

Según los documentos públicos del proceso de contratación, el tipo 1 (comida caliente a población recurrente) cubre 2.150 beneficiarios por 149 días hábiles. En este caso, el valor por almuerzo diario es de $8.279, de los cuales $7.885 los aporta la Secretaría de Integración y $394 el contratista.

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En el tipo 2 (comida caliente a población fluctuante) contempla 8.000 raciones por 149 días, con un valor por almuerzo de $8.411, de los cuales $8.010 los pone el Distrito y $401 el operador. Finalmente, el tipo 3 (comedores comunitarios-cocinas populares) contempla 400 cupos por 197 días, con un costo diario de $7.203 por almuerzo, con un aporte de $6.633 de la Secretaría y $570 del contratista.

Al hacer las cuentas, en apariencia, las matemáticas contradicen los “ahorros administrativos” que supuestamente tendría Integración Social con el cambio de modelo en el servicio de alimentación especial. La razón: mientras en las raciones tipo 3, que corresponden a la vieja estrategia de comedores, el Distrito debe aportar por cada ración el 92 %, en las comidas tipos 1 y 2 (que corresponden a la nueva estrategia) la contribución es el 95 %.

A esto se suma un elemento adicional, que aumenta la controversia: los porcentajes de aporte nutricional de cada ración, determinados por la Resolución 3803 de 2016, del Ministerio de Salud. Según el anexo técnico, mientras las raciones tipo 1 y tipo 3 aportan el 40 % del “requerimiento diario de ingesta de energía y nutrientes”, la ración tipo 2, que es la más costosa por plato y tiene la mayor cobertura (8.000 raciones frente a 2.500 de las otras alternativas), apenas aporta el 25 %, siendo la que menos contribuye a la alimentación de los beneficiarios.

El Espectador fue a dos puntos de entrega de alimentos en los barrios Bosa San Diego y Bosa Brasil. Allí, los almuerzos se entregaron en recipientes desechables, transportados en grandes cajas de icopor o contenedores isotérmicos. Igualmente, recibió videos de un punto de entrega, en el barrio Villa Emma (Bosa), cerca de posibles focos de contaminación por basuras, así como recipientes de icopor en los furgones, pese a que el anexo técnico estipula la entrega en empaques biodegradables.

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Sí hay ahorro: Integración

A pesar de estas particularidades, la secretaria de Integración, Xinia Navarro, aseguró que el cambio sí ha representado un ahorro del 39,33 % del global de gastos administrativos y funcionamiento. Además, que la variabilidad en los aportes que hace la Secretaría en los tres tipos de alimentación se da “porque el proceso propuesto se proyecta pensando en la necesidad de tener un servicio en movimiento y flexible”.

De igual manera, agregó que se hace un gasto mayor al apoyo alimentario tipo 2, dirigido a la población fluctuante, porque, a pesar de aportar hasta 25 % del requerimiento diario de ingesta de energía y nutrientes, es un apoyo que están recibiendo personas que “antes no recibían ningún beneficio del Distrito” y que por sus características de vulnerabilidad y poca permanencia en un lugar, difícilmente se logran vincular a otros servicios de la Secretaría.

Si bien este programa recién va por el tercer mes de implementación, sería apresurado lanzar un juicio sobre su impacto en la atención de la inseguridad alimentaria en Bogotá, que quedó como rezago de la pandemia y solo el tiempo de ejecución de la contratación dará un veredicto ponderado.

Aun así, las demoras en las entregas, las condiciones de entrega, y los cálculos de inversión de recursos pueden dar luces al Distrito de las zonas grises de la puesta en funcionamiento de este nuevo plan de alimentación y se puedan corregir a tiempo, para que los más vulnerables de la ciudad sean realmente los únicos beneficiados.

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