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De arrastrar una carreta a conducir una eléctrica: salto para nueve recicladores en Bogotá

Una alianza entre creadores de contenido y una marca de gafas siembra la semilla para transformar la vida de recicladores en Bogotá, que dejarán sus carretas de tracción humana.

Ana Rodríguez Novoa

28 de marzo de 2026 - 09:00 a. m.
De empujar una carreta durante años… a manejar una eléctrica. Para ellos, no es tecnología: es dignidad.
Foto: Alejandro Riaño- Producciones
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Por años, la rutina de don Jesús era salir a reciclar arrastrando una carreta pesada, oficio que —insiste— nunca fue lo suyo. “Mi trabajo era la pintura de casas… esto no era lo mío”, repite, como si al decirlo varias veces pudiera retornar a ese punto en el que su vida era distinta. Pero no.

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Como muchos adultos mayores en Bogotá, el trabajo empezó a escasear con el tiempo. “Ya no nos daban trabajo”, dice. Y entonces, no hubo muchas opciones. Le tocó adaptarse a jornadas largas, a cargar un peso que nunca había cargado, a vivir de un ingreso que apenas alcanza. “Arrastrar una carreta… eso es muy duro para nosotros”, insiste.

El cambio no fue fácil. “Al principio fue penoso… lloré mucho, porque no me daba. No eran trabajos”, recuerda. También estaba el peso del qué dirán, de verse en un lugar en el que nunca se imaginó. “Uno sabe hasta dónde llega”, dice. No era solo el desgaste físico. Era también empezar de cero, en algo que nunca eligió, en una etapa en la que ya no había mucho margen para volver atrás.

En medio de ese proceso apareció algo inesperado: una red. “Gracias a Dios conseguí una nueva familia… Marcela la recicladora”, cuenta. Con esa familia llegaron cosas que antes parecían imposibles. Viajar, por ejemplo. Conocer el mar. “Mi hermano también cumplió ese sueño… muchos compañeros fuimos. Eso solo lo veíamos por televisión”, dice.

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Porque en su realidad, incluso lo más simple era difícil. “Nosotros no tenemos ni para un paseo de olla… ni siquiera aquí cerca de Bogotá. Con el día a día y lo poco que ganamos no alcanza para ahorrar”, explica. Y así, en medio de esas limitaciones, también llegaron apoyos: acompañamiento, ayuda en momentos difíciles y una sensación de no estar solo.

“A mi señora madre le dieron una silla de ruedas, porque no la podíamos mover”, recuerda. Hace una pausa. “Hace 20 días se me fue…”. Aun así, insiste en agradecer. “Doy gracias a la fundación reciclamores por todo el apoyo… por ayudar en esta transición de los recicladores”.

“Mi sueño era tener al menos una motico… montar el enganche y mejorar mi calidad de vida”, dice. Ya tenía una bicicleta con la que reciclaba, pero sabía que no era suficiente. El problema, como siempre, era el mismo: ahorrar. “Nunca hemos tenido la oportunidad de hacerlo… es muy difícil para cada uno de nosotros”, explica.

Don Jesús pasó años empujando una carreta que nunca sintió suya. Hoy, por primera vez, empieza a soltar ese peso.
Foto: Alejandro Riaño- Producciones

Hoy, su historia es distinta. Hace parte de un grupo de nueve recicladores que recibió una carreta eléctrica, una herramienta que cambia por completo la forma de trabajar. Para él, no es un detalle menor. Es dejar de empujar, de cargar un peso que —insiste— nunca le perteneció. Por eso, cuando lo resume, no habla de tecnología ni de innovación. Lo dice en términos simples: “Esto nos cambia la vida”.

Ese cambio fue posible gracias a una alianza entre el comediante y empresario Alejandro Riaño, la marca colombiana Sajú —que fabrica gafas con plástico reciclado— y Sara Samaniego, conocida como Marce la recicladora, creadora de contenido ambiental y fundadora de Reciclamores ONG, fundación que apoya a cerca de 5.000 recicladores, y trabaja por el reconocimiento y el bienestar integral de quienes ejercen este oficio en Colombia.

Entre los tres lograron que una idea se tradujera en algo concreto: nueve carretas eléctricas que hoy están cambiando la vida de quienes, durante años, han cargado con los desechos de la ciudad desde el anonimato. Pero la historia de Don Jesús no es aislada. Como él hay miles.

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En conversación con El Espectador, Sara Samaniego, conocida como “Marce La Recicladora”, explica que en Bogotá hay cerca de 25.000 recicladores y, en todo el país, más de 50.000 familias dependen de este oficio. La cifra, aclara, no es exacta por tratarse de una labor informal, pero sí permite dimensionar el problema. “Es un reto grande”, dice. Y, al mismo tiempo, una muestra de la necesidad de pensar en soluciones que no sean excepcionales, sino estructurales.

Miles reciclan en el país, pero solo nueve hoy dejaron la carreta. Una historia sobre desigualdad, cambio y nuevas oportunidades.
Foto: Alejandro Riaño Producciones

De sumar fuerzas a cambiar vidas

Detrás de ese cambio hay un proyecto que no nació de un día para otro. Según cuenta Alejandro Riaño, la iniciativa llevaba cerca de tres años buscando forma. Todo comenzó con algo inesperado: su cerveza, J.P. Beer. “Yo quería que las etiquetas fueran reciclables”, explica.

A partir de ahí, en cada show se empezó a recolectar ese material, a guardarlo, a intentar darle una segunda vida. La idea inicial era convertirlo en gafas, pero no funcionó. “Era muy débil”, reconoce. Sin embargo, el proyecto no se cayó. Se transformó. “Si vamos a hacer unas gafas, no es para sacar ganancias. Es para dejar un mensaje… transformar vidas y dignificar el trabajo de otras personas”, explicó Riaño.

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Ahí aparece un punto clave: para Juan Pablo Pradilla. uno de los creadores y gerente general de Sajú, el proyecto va más allá de esta iniciativa puntual. “Nuestras gafas, con las que arrancó todo hace cinco años, son con plástico reciclado y eran los recicladores quienes permitían acceder a ese material”, agrega. Es decir, incluso antes de esta campaña, ellos, sin saberlo, ya hacían parte del proceso. “Era lindo cerrar el círculo y retribuirles”.

Aunque la idea venía gestándose desde antes, hace poco logró tomar forma. “Hasta hace seis meses pudimos entender bien que la idea era cambiar vidas de recicladores y sacar esta campaña”, cuenta Pradilla, quien añade, la intención fue alejarse de cualquier lógica de ganancia. “Queríamos aportar a algo diferente, a una causa puntual”.

Así fue como decidieron que el 100 % de las utilidades de la colección se destinaría a mejorar las condiciones de vida de los recicladores. Sin embargo, el alcance del proyecto tiene límites claros. “Muy difícilmente desde nuestro lado vamos a lograr suplirle carretas a todos los recicladores del país”, reconoce el gerente de Sajú. Por eso, la apuesta es también entender el impacto. “Queremos dar un ejemplo de cosas que se pueden hacer, y entender cómo les cambia la vida y cuando tengamos todos esos datos escalarlo a políticas públicas”.

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En ese proceso, el trabajo con Reciclamores ha sido fundamental. “Cuando decidimos trabajar con recicladores, no sabíamos cómo llegar a ellos y ahí fue lindo encontrar a Marce con su ONG, que ya los conoce, sabe cómo trabajan y entiende su realidad”, resalta Pradilla. Ese acompañamiento, además, no es nuevo.“Es muy valioso trabajar con gente que entiende la población con la que estamos trabajando y que nos ha dado muchas señales sobre lo que debemos hacer. Ahora buscamos darles una nueva herramienta para medir el impacto, ver cómo evoluciona y lograr que más personas se sumen. La idea es que no sea un acompañamiento a corto plazo, y en ese proceso ellos serán clave para lograrlo”.

No se trataba de pedir donaciones, sino de vender un producto con propósito. Esa fue justo la lectura que hizo Marce. “A mí me hizo clic de una. No estábamos pidiendo donaciones, la gente estaba comprando algo y las utilidades se iban para una causa”, explica la influencer. La apuesta funcionó. Las gafas —que costaban COP 399.000— se agotaron rápidamente, muchas incluso como regalo de Navidad. En total fueron 360 unidades vendidas en poco más de un mes, lo que permitió recaudar cerca de COP 90 millones. El resultado fue concreto: nueve carretas eléctricas.

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Por ahora, el proyecto está planteado como un piloto. Las carretas se entregarán y se hará seguimiento un año, para entender los resultados. La apuesta, además, no se queda ahí: el equipo ya trabaja en una segunda colección con la que esperan seguir impulsando esta causa y ampliar su alcance.

El proceso de selección tampoco fue improvisado. Desde Reciclamores se lanzó una convocatoria a asociaciones de recicladores. Muchos se postularon, algunos con ayuda de líderes, porque no todos saben leer o escribir. Luego vino lo más difícil: elegir. “Todos lo necesitan”, dice Marce. Por eso definieron criterios claros: salud, edad, años en el oficio, distancias recorridas.

También incluyeron mujeres cabeza de hogar. Cada factor sumaba puntos y, con apoyo de herramientas tecnológicas como inteligencia artificial, organizaron la información para tomar decisiones más justas. No era escoger a dedo, era priorizar dentro de una necesidad generalizada.

Las carretas, además, no se entregaron sin más. El proyecto incluye capacitaciones, seguros y geolocalizadores para garantizar que se utilicen en rutas de reciclaje.

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“Queremos entender cómo les cambia la vida”, dice Pradilla: cuánto tiempo ahorran, cómo mejora su productividad y qué impacto tiene en su salud. Es un piloto que busca datos, pero también evidencia concreta.

Cuando las ideas encuentran quién las haga realidad

Para Alejandro Riaño, el origen de todo no está solo en el proyecto, sino en una incomodidad más profunda. “Uno los ve recogiendo toda la porquería que dejamos… y es como si no existieran”, dice. La idea no surgió de un día para otro. Durante cerca de tres años buscó la forma de materializar algo. Primero, desde intentos con su marca de cerveza, reutilizando etiquetas; luego, conectando piezas: Sajú, las motos eléctricas, y finalmente, el encuentro con Sara Samaniego, ‘Marce La Recicladora’. “Cada uno, desde su campo, se puso la 10… y logramos sacar esta primera etapa”, resume.

Pero detrás de esa articulación hay algo más: una reflexión constante sobre la desigualdad. “Yo crecí en el privilegio… y uno no se puede quedar solo hablando. Hay que hacer”, afirma. Para él, el proyecto también busca provocar una reacción en cadena. “Esto se vuelve como una cadena de favores. Uno hace algo, inspira a otro, y así se empiezan a mover cosas que parecen pequeñas, pero que terminan transformando vidas”.

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Su discurso, sin embargo, no se queda en lo social. Es también una crítica directa al funcionamiento del país. “Vivimos en un sistema amañado de corrupción donde lo último que importa es el ser humano”, dice. Habla de proyectos que no se ejecutan, de instituciones atravesadas por egos y de una desconexión con la realidad. “Se llenan de egos, se roban la plata ,hablan, gritan… pero no hacen”. Y lanza una idea incómoda: “Esto no lo deberíamos hacer nosotros. Nosotros ya pagamos para que ellos hagan su trabajo… no para que estén calentando puesto”.

Esa postura también marca su distancia frente a lo público. Cuenta que en Cartagena entregó un primer modelo de coche eléctrico al Distrito, pero decidió no vincularse más allá. “No me gusta recibir plata del Estado. Yo hago esto desde afuera, con gente que sí quiere hacer”, dice. Prefiere, en cambio, trabajar desde lo privado, articulando equipos y proyectos que —según insiste— nazcan de la acción y no del discurso.

El proyecto, mientras tanto, no se detiene. La meta es ambiciosa: “Queremos lanzar otras 400 gafas… y otras 400… y otras 400”, dice. La idea es escalar el modelo y, ojalá, llegar a los más de 50.000 recicladores del país. Pero reconoce las barreras. “Hay una brecha social grandísima, falta de educación… incluso decidir a quién ayudar es difícil”. Por eso, insiste, el acompañamiento y el seguimiento son clave para entender el impacto real.

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Aun así, se queda con lo esencial: la posibilidad de hacer. “Se pueden lograr cosas muy grandes sin tener que esperar a que ese sistema amañado haga algo”, dice. Y, en medio de la crítica, también hay una certeza: que incluso una sola carreta —o nueve— puede cambiar por completo la vida de quien la recibe. Porque, aunque el sistema no cambie de inmediato, hay algo que sí puede empezar a moverse: la decisión de no quedarse quieto. De no ser indiferente. De no convertirse, también, en un “Juanpis González“ más.

Lea más: Por cada $100.000 que paga un bogotano en impuestos, $40.000 se van en gasto social

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Por Ana Rodríguez Novoa

Periodista y profesional en Opinión Pública desde 2021, formada en la Universidad del Rosario. Con especial interés en temas sociales y culturales de Bogotá. Ha trabajado en redacciones universitarias y proyectos editoriales, con experiencia en reportería y escritura narrativa. Actualmente hace parte del equipo de Bogotá en El Espectador.amrodriguez@elespectador.com
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