Ángel Alcibiades Rodríguez Bermúdez dice que nació en el barrio de las dos mentiras. “Ni es Patio ni es Bonito”. Al terminar la frase suelta una carcajada, porque reconoce que lo que acaba de decir no le hace justicia a su bonita casa, ubicada en un tercer piso, a su jardín ni a la amabilidad de los vecinos que lo saludan jovialmente cuando lo ven pasar: —“¿Qué anda haciendo Ángel?”, le pregunta una mujer, que acaricia un perro... -“Por acá, que me están haciendo una entrevista”, responde, mientras saca las llaves para ingresar a su hogar.
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Hoy, a sus 33 años, siendo ingeniero, con un MBA en España y con el prospecto de un negocio de computadores biodegradables, cuenta que desde que nació todo ha sido cuesta arriba. Con dos días de nacido lo sometieron a su primera cirugía y, desde entonces, ha visitado el quirófano 56 veces (en promedio, una cada siete meses).
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Ángel nació en 1992 con labio y paladar hendido, producto de una división en su rostro que no cerró por completo durante su desarrollo en el vientre de su madre. Sus padres tenían 19 y 27 años cuando, al saber la condición de su hijo, iniciaron una larga búsqueda de atención médica. “Apenas tenían una cama y un armario como patrimonio”. Mis papás dijeron: ‘¿Cómo vamos a sacar a este muchacho adelante?’”, una pregunta obvia en un barrio como Patio Bonito, en la localidad de Kennedy, donde abundan las dificultades económicas.
No obstante, ni el barrio ni su condición fueron barreras para él. “Nacer en un barrio humilde no te imposibilita para lograr grandes cosas”. Y lo dice convencido, a pesar de que su infancia y adolescencia estuvieron marcadas por la discriminación. Un aspecto que sabe nunca desaparecerá de su vida. Quizá por su forma de hablar, las secuelas visibles de su cirugía y su personalidad inquieta.
“Siempre sufrí discriminación. Bastante”, cuenta. Incluso, a los 15 años, tras el rechazo de una compañera de la que estaba enamorado, llegó a pensar en quitarse la vida. “Me le quería tirar a un carro”, relata, pero un buen amigo lo detuvo. Hoy recuerda ese episodio como una lección sobre la importancia de no rendirse ante el dolor ni las adversidades de la vida, sino convertirlas en lecciones y en oportuidad.
Inicialmente soñaba con ser médico, por una experiencia que vivió con la muerte de su abuela Teresa, a quien ningún médico pudo curar. Pero después de graduarse como bachiller en un colegio de barrio, y ante la escasez de recursos de su familia, se decantó primero por estudios técnicos y luego se graduó como ingeniero de sistemas. Si para un graduado hoy es difícil conseguir empleo, para una persona con labio y paladar hendido todo puede resultar más difícil.
Y precisamente esa dificultad para acceder al mercado laboral lo llevó a emprender. “No conseguía trabajo, pese a que siempre he sido una persona con motivaciones de seguir adelante. Nadie me aceptó. Entonces, la única forma era emprender”, afirma. Así fue como en 2015 nació su emprendimiento Ingecolmax, una empresa pensada para desarrollar computadores y productos tecnológicos con materiales biodegradables y reutilizados. “Con esto se busca reducir costos y ampliar el acceso a la tecnología para poblaciones vulnerables”, añadió.
En el proceso de crear su emprendimiento, Ángel pudo experimentar otros sentimientos que la sociedad de alguna manera le negaba: reconocimiento y amor. “Cuando empecé a emprender me dije: quiero algo innovador, creativo, algo que deje un legado a nivel producto y a nivel de servicio”, agrega.
En 2020, cuando fue uno de los ganadores del programa Valientes RCN, tras recibir más de 150.000 votos, fue reconocido como “Embajador de Economía Naranja”. Fue un buen año, porque también encontró el amor. El valor de su trabajo y la idea de promover tecnología biodegradable lo unió a una mujer. “Después de todo lo que había pasado conmigo, por fin pude conocer a alguien que me quiso como soy. Me casé con ella y fui feliz, mientras duró, claro”, indica.
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Prontamente, Ángel enfrentó dos de los golpes más duros: la muerte de su padre por covid-19 y la separación de su pareja. Vinieron nuevas cirugías y dificultades económicas que pusieron y siguen poniendo a prueba sus proyectos personales y profesionales.
En medio de estos nuevos dolores el ingeniero logró volver a ponerse de pie. “Nunca he pensado en rendirme”. Con ese empuje culminó exitosamente una maestría en administración de negocios, gracias a ese convencimiento de que su historia apenas está comenzando. Para convertirse en uno de los pocos jóvenes con labio y paladar hendido en sacar adelante una maestría, tenía que realizar una misión académica y completar su MBA en España. Pero surgían de nuevo las mismas barreras: ser de un barrio humilde y con una condición médica que lo hacía lucir diferente.
Mientras todos sus compañeros pudieron ir sin problemas a España, Ángel fue el único de su grupo que tuvo que recoger dinero para poder viajar: reunió cerca de COP 10 millones haciendo rifas y campañas en redes sociales. Lo logró dos meses antes del viaje. “No me dio pena pedir ayuda, porque los sueños y las metas valen la pena”, dice.
Hoy sueña con convertir su empresa en una organización que emplee a personas con discapacidad, publicar un libro sobre resiliencia y emprendimiento, y demostrar que las limitaciones físicas no tienen por qué definir el futuro de una persona. “Hoy es nuestro tiempo. Las personas con discapacidad tenemos mucho que aportar al país”, concluye.
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