“Bienvenidos los señores, a esto que fue una mina. “Hoy, con mis manos y mi mente es un santuario de vida”, recita sin trastabillar Camilo Alonso, alumno de décimo grado del Instituto de Ciencias Agroindustriales y del Medio Ambiente (ICAM) de Ubaté, al recibir a quienes llegan al plantel escondido entre prominentes arrayanes, a las afueras del casco urbano. El verso no es un dejo de costumbre, sino una proclama que resume el orgullo de los 424 alumnos de este colegio, que sin pompa, pero con esfuerzo, es uno de los cinco mejores del mundo, según el Global Schools Prize 2026 en sostenibilidad.
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En su bienvenida al sendero elevado que atraviesa las aulas, Camilo hace énfasis en la Piedra de la Perseverancia, un trozo de roca que sobrevivió al periodo minero del predio y a esta nueva etapa, donde ahora los recursos del subsuelo solo se extraen para estudiarlos. La dinámica en el ICAM es diferente a la de los colegios tradicionales. Allí la mayoría de las clases no son en un aula, sino en su laboratorio a cielo abierto, con jornadas enteras de experimentación entre barriales, arbustos, afluentes y el bruñido éter de Ubaté.
Al fondo del colegio se distinguen aún las cicatrices de la antigua cantera: algunas paredes de roca permanecen desnudas, como si el terreno no terminara de olvidar lo que fue. Ese pasado se revive al mirar desde el punto más alto del colegio hacia los municipios vecinos de Lenguazaque, Guachetá y Cucunubá, donde se divisan montañas intervenidas, volquetas y respiraderos de minas.
En la provincia de Ubaté hay 200 títulos mineros para extraer carbón y materiales de construcción, siendo una de sus principales fuentes de empleo y, a la vez, una de las actividades que más tensiones genera sobre el agua, el aire y la vida. La semana pasada murieron 14 mineros en los socavones.
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Por poco desaparece
José Rafael Rincón, rector del ICAM, recuerda la primera vez que llegó al predio. “Fue una mina de donde sacaban material pétreo el siglo pasado y, por lo tanto, tenía los recursos naturales destruidos”, cuenta mientras supervisa a unos estudiantes que cargan sensores ambientales e instrumentos de medición. Al estar presente desde los albores de este sueño, Rincón habla del colegio como quien reconstruye una travesía improbable.
Antes de asentarse allí, el ICAM funcionaba en otra finca llamada Novillero, donde Rincón, su esposa y un sacerdote levantaron un proyecto educativo rural en medio de dificultades económicas, amenazas y disputas por la tierra. Después, por las inundaciones del invierno de 2011, tuvieron que migrar. Sin muchos recursos y una deuda bancaria, adquirieron la vieja cantera, donde visualizaron la nueva sede. “Vendimos las vacas, nos endeudamos y compramos”, recuerda.
Por meses el colegio sobrevivió con lo justo. Algunos profesores pasaron semestres sin recibir salario y la plantilla se fue reduciendo. Unos pocos se quedaron por la convicción de educar a los niños. Las matrículas no alcanzaban para sostener el proyecto y las pensiones, que todavía hoy rondan los COP 200 mil mensuales, apenas cubrían parte de los gastos. Y entonces, con una deuda que parecía impagable, decidieron convertir la crisis en oportunidad.
Justo para esa época, Ubaté inauguró la primera biblioteca pública. Rafael fue uno de los invitados y mientras cortaban el listón, y el alcalde le contó el secreto detrás de la obra: la cooperación internacional. La construcción y el material de lectura lo donó el gobierno de Japón. Con esa luz, se animó a estructurar un proyecto sobre calidad del aire en Ubaté y ganó la subvención del estado asiático, la cual le permitió construir más edificios, pagar la nómina y planificar una hoja de ruta para cambiar el paradigma de la educación en este municipio de 50.000 habitantes. Después llegaron los reconocimientos ambientales, proyectos con la ONU y alianzas con universidades. Pero el rector insiste en que el activo más importante no aparece en los premios: “Lo único que puede transformar una sociedad es la educación”.
La ciencia después del barro
Camilo Alonso sale de su casa en la vereda Aguadita, en Cucunubá, cuando el frío todavía abriga a Ubaté. Toma transporte público y luego completa el trayecto al colegio en bicicleta. El recorrido tarda más de una hora. Tiene 15 años y habla sobre contaminación ambiental con la naturalidad con la que otros jóvenes hablan de videojuegos. Su proyecto más conocido se llama Cerca Viva y consiste en medir cómo ayudan ciertas barreras vegetales a disminuir el material particulado en zonas con alta presencia de polvo. Ahora trabaja en otro experimento para desarrollar un repelente natural contra una plaga que afecta los cultivos de papa y obtener su diploma de bachiller.
Mientras camina por los senderos del colegio, va saludando a profesores y estudiantes como si atravesara una pequeña vereda científica. En una compostera, varios alumnos remueven tierra para analizar microorganismos. Cerca del río, otro grupo toma muestras de agua. Más arriba, junto a una estación meteorológica artesanal, dos estudiantes registran niveles de radiación y temperatura. “Lo más importante es la conexión con la naturaleza. “El colegio nos enseña a buscar soluciones para la región”, comenta. Su sueño es obtener una beca para estudiar biología y ser un investigador; “quiero llegar al doctorado”, señala con entusiasmo.
En el ICAM la investigación empieza desde primaria. Sergio Rincón, vicerrector del colegio, cuenta que por años tuvieron que inventarse su propia metodología. “Nos dimos cuenta de que los niños tenían preguntas más complejas que muchos universitarios”, dice entre risas. Por eso aquí la física se puede enseñar construyendo bazucas para lanzar papas y calcular trayectorias parabólicas; la química aparece en fermentos andinos para hacer pan sin gluten, y la biología ocurre directamente en el río Ubaté o en las huertas. “Si la neurona no está emocionada, no se aprende”, resume Sergio.
Ese método dejó otra huella: muchos estudiantes rurales se comenzaron a ver como científicos. Cristian Fernando Franco Castro, hoy profesor de química y matemáticas, llegó al colegio cuando todavía podían verse las zonas desérticas de la cantera y, años después, regresó convertido en ingeniero químico. “Considero que tengo la esencia del colegio”, dice. “Busco imprimir en los chicos lo que me imprimieron a mí”.
La salida de clases en el ICAM tampoco se parece a la de otros colegios. Algunos estudiantes guardan cuadernos; otros limpian botas embarradas después de estar la tarde en el río. Camilo vuelve a la bicicleta mientras la luz empieza a deshacerse sobre los cerros.
El colegio permanece allí, en una antigua cantera, después de aprender a responderle al territorio con el mismo lenguaje del lugar. No desde la negación de la minería ni desde discursos grandilocuentes sobre el futuro, sino desde algo mucho más silencioso y difícil de sostener en Colombia: la idea de que un salón de clases todavía puede cambiar la relación entre una comunidad y la tierra que pisa.
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