Mientras la cotidianidad de la ciudad hierve entre cientos de miles de carros y motos, afanes, pitos, cementos y oficinas, en lo alto del suroriente bogotano persiste una neblina terca que atestigua en silencio y parece resistirse al tiempo. No es solo humedad, es memoria. Allí, donde la gente aprendió a decir que caminaba cerca del cielo, nació hace 25 años el parque distrital ecológico de montaña Entrenubes, el área protegida más antigua del Distrito y, quizá, la más simbólica de todas.
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En contexto: Bogotá frente al espejo ambiental: urgencias, sanciones y retos pendientes
La palabra tiene una fuerza evocadora como pocas. Entrenubes, una llamada a lo onírico, a la calma, a un estado bucólico a pocos minutos del desenfreno de la ciudad. La primera vez que se escucha el nombre no se olvida. En medio del trajín diario, los tres cerros que lo componen y que se parapetan entre la bruma, nos recuerdan la principal riqueza de la ciudad: lo oculto a la vista. Y teniendo en cuenta que más del 70% del territorio de Bogotá es rural, no se trata de una exageración, es un hecho que la ciudad se mantiene de lo que la gran mayoría ignora.
Entrenubes no nació simplemente por la firma de un decreto o por un capricho técnico. Fue, antes que nada, una petición vecinal. Tres cerros, Juan Rey, la cuchilla del Gavilán y el cerro Guacamaya, se alzan como colosos entre los Andes orientales sobre los que se erige Bogotá. Durante años los tres cerros, ubicados entre San Cristóbal, Rafael Uribe Uribe y Usme, fueron un territorio en disputa: expansión urbana, ocupaciones informales, incendios, basuras hacían parte del inventario de males.
Pero a la par fueron refugio, mirador, paisaje cotidiano y parte fundamental de la construcción comunitaria e identitaria de la ciudad: la gente que vivía allí entendió, mucho antes que la institucionalidad, que se trataba de un territorio rico que debía cuidarse
“En el año 2000, tras estudios impulsados por estudiantes y profesores de la Universidad Distrital, se inició un debate en torno a la figura que debía llevar el futuro parque. En medio de las jornadas, los hallazgos permitieron dilucidar su importancia ambiental para la ciudad y fue así como se tomó una decisión inusual: no convertir el espacio en un parque metropolitano al estilo Simón Bolívar, tal y como sugería la idea inicial, sino declararlo área protegida. Un parque ecológico de montaña”, cuenta Emilio Rodríguez, subsecretario de gestión ambiental de la Secretaría de Ambiente de Bogotá.
Así nació Entrenubes, mediante el decreto 619 del año 2000, que contenía el POT de la época: 701 hectáreas, un perímetro de más de 32 km rodeado por 104 barrios de estratos 1 y 2 que hoy conservan relictos de bosque altoandino y subpáramo, entre los 2.800 y casi 3.000 metros de altura. Entrenubes, además, tiene el mirador 360° más alto y visitado de la ciudad.
25 años
El viernes 5 de diciembre se llevó a cabo la celebración oficial de los 25 años del parque. Entre la bruma cotidiana de la mañana se adivinaban siluetas con binoculares intentando buscar algún colibrí orejivioleta, alguna mirla o tal vez, si la suerte lo permite, un escurridizo búho negruzco o un veloz gavilán de Swaison o gavilán langostero, todas especies que se han visto en el parque y que ya sea porque anidan allí o se toman un descanso en medio de su ruta migratoria, hacen de los tres cerros su hogar.
A principios de 2024, Entrenubes fue uno de los puntos capitalinos más golpeados por los incendios forestales. En total, se afectaron 109 hectáreas de áreas de importancia ecológica para la ciudad, y se calcula que casi 8 hectáreas resultaron gravemente afectadas por el curso de las llamas, una cifra no menor si se tiene en cuenta que una hectárea es poco más de una cancha de fútbol profesional.
Entre las particularidades del terreno sobresale la presencia de especies foráneas como el retamo espinoso, arbusto considerado como una especie invasora que facilita la rápida propagación del fuego.
Tras los incendios, el Distrito anunció un plan de restauración a 36 meses con una inversión de más de COP 280 millones. “El plan de restauración definido en la mesa de expertos nos ha ayudado a adelantar acciones contundentes para la recuperación de las zonas afectadas por los incendios, hemos realizado en el Parque Distrital Ecológico de Montaña Entrenubes control de especies vegetales invasoras, siembra directa de especies leguminosas, compostaje de residuos vegetales, poda de plantas afectadas por el incendio y la instalación de 20 perchas para atraer la fauna propia del ecosistema”, señaló en su momento la secretaria de Ambiente, Adriana Soto.
El proceso continúa. Durante la conmemoración de los 25 años se sembraron cedros, pagodas, chochos, mortiños, arrayanes, robles, pinos romerones y árboles de siete cueros, entre otras especies, para potenciar el proceso de restauración y sucesión ecológica.
Cerros que dan vida
De acuerdo con la Secretaría de Ambiente, en Entrenubes nacen 17 quebradas y lo cruzan más de una decena de cursos de agua que alimentan la cuenca del río Tunjuelo. Es una fábrica silenciosa de agua a la vista de una ciudad de más de 8 millones de personas , un pulmón vegetal y un corredor vital para la biodiversidad. Aves, mamíferos, anfibios, reptiles, murciélagos: decenas de especies han encontrado allí un respiro en medio del entorno urbano.
Pero lejos de ser un santuario aislado o una postal intocable, Entrenubes es hoy, sobre todo, un parque vivido. Cada año lo visitan cerca de 25.000 personas, una cifra que muchos parques nacionales envidiarían. Desde sus miradores —especialmente el de Juan Rey, con una vista de 360 grados que no ofrecen ni Monserrate ni Guadalupe— la ciudad se revela en toda su complejidad.
Tal vez por eso Entrenubes es distinto y sobresale entre las 32 áreas protegidas con las que cuenta la capital. En su concepción más profunda, el parque no se limita a conservar árboles. Conserva relaciones. En sus senderos hay huertas comunitarias, aulas para tareas escolares, talleres de arcilla donde mujeres del sector aprendieron a transformar la tierra en artesanías y, de paso, en ingresos. Hay niños haciendo tareas, aprendiendo y experimentando al aire libre y adultos mayores bailando en celebraciones que, más que actos oficiales, parecen fiestas barriales. Celebrar la montaña y celebrarse en ella es un ritual que año a año los moradores cercanos repiten.
Esa relación íntima entre comunidad y naturaleza es también su mayor desafío. Restaurar un ecosistema va mucho más allá de plantar árboles y velar por que no se realicen actividades que van en contra de la salud de la montaña. A veces implica, explica el subsecretario Rodríguez, explicar por qué un eucalipto —plantado por un abuelo y querido como un recuerdo— debe ser sustituido por especies nativas.
“No es fácil pedirle a alguien que se despida de un árbol que le recuerda a su infancia, aunque sea exótico y altere el suelo. En Entrenubes, como en otros espacios verdes de Bogotá, la restauración ecológica es también un proceso social, cargado de tensiones, afectos y pedagogía”, advierte.
A eso se suman presiones más crudas: incendios provocados por fogatas, quemas de basura, ocupaciones ilegales. Los incendios recientes han obligado a empezar de nuevo, a buscar ecosistemas de referencia y a reconstruir lo perdido. Entrenubes no está a salvo de la ciudad: la padece. Pero también la reconforta.
Hoy, el parque es pieza clave del conector ecológico del sur, una franja vital que articula cerros, quebradas y cuerpos de agua que alimentan el maltrecho y contaminado río Tunjuelo. Y mira hacia el futuro con herramientas impensables hace 25 años.
Por ejemplo, en alianza con el Instituto Humboldt, Entrenubes se convertirá en un laboratorio urbano de paisajes sonoros: pequeños dispositivos, del tamaño de un celular, registrarán durante 24 horas los sonidos de aves, insectos, reptiles, mamíferos e incluso de murciélagos, cuyas formas de comunicación son inaudibles para el oído humano. La idea de una biodiversidad escuchada, medida, comparada toma fuerza y busca saldar una deuda de años con la naturaleza capitalina.
“No se trata solo de acumular datos, sino de entender si las decisiones de manejo están funcionando y, sobre todo, de involucrar a la comunidad en ese conocimiento. Que quien vive allí pueda oír, comparar, comprender que la restauración no es solo verde, sino vida que vuelve”, resalta Rodríguez.
A 25 años de su creación, Entrenubes sigue siendo una rareza verde: un enclave rural dentro de la ciudad, una montaña celebrada, un parque que no les dio la espalda a sus barrios. A lo lejos, su extensión resalta como un parche entre las lucecitas que titilan y han ido apropiándose de las montañas del sur oriente de la ciudad.
En una Bogotá que suele crecer olvidando sus bordes, el parque recuerda que la naturaleza urbana no es un lujo ni un adorno, sino una conversación permanente entre la ciudad y su territorio. Tal vez por eso, cuando la neblina baja y el ruido se apaga, Entrenubes no parece un parque. Es un recordatorio: en donde parece que la ciudad se diluye, entre los cantos incesantes de grillos y copetones, es donde realmente empieza.
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