Las últimas semanas, la grama del Estadio El Campín ha sido motivo de debate. El tema, antes reservado para los medios deportivos, pasó a ser epicentro de editoriales y reparos desde el Concejo de Bogotá. Y es que la erosión del campo puso el foco en un asunto más complejo: la concesión de un bien público (el estadio) a un ente privado. En este caso no se cuestiona la contratación para modernizar el escenario, sino el cumplimiento de algunas reglas.
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El contrato se lo adjudicó el Distrito a la compañía Sencia, pero estableció que las actividades deportivas debían tener prioridad sobre los lucrativos conciertos. No obstante, las recientes imágenes del deteriorado campo, que obligó a aplazar partidos y a interrumpir otro un día después de un concierto, catalizaron resquemores sobre la alianza.
Acá hay algo claro: desde que el Distrito cedió en 2024 la operación del complejo para que Sencia lo renovara y lo explotara, dejó de ser solo para el fútbol. Alrededor de la promesa de tener un nuevo estadio más grande y moderno hay otros negocios que chocan con lo deportivo. Esto se evidencia con los conciertos de los últimos meses y el reclamo por el estado de la cancha.
Dos jugadores lesionados de gravedad; declaraciones sobre lo difícil que es jugar en una “grama de mala calidad” y la presión de hinchas respaldan una inconformidad que se materializó el pasado primero de febrero cuando, en medio de un aguacero, tuvieron que suspender el partido Millonarios vs Medellín. Los drenajes (aplaudidos en el pasado por su efectividad) colapsaron. Al día siguiente, cuando siguió el partido, los espectadores vieron un césped lleno de huecos.
La situación llevó a la Dimayor a aplazar tres partidos en El Campín por el mal estado del terreno, y llamó la atención a Sencia. Aunque Mauricio Hoyos, gerente de la concesión, dijo que hubo concertación, la realidad es clara: el deterioro del campo impide jugar al fútbol.
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Lluvias, conciertos y quejas
La explicación de Sencia apunta al clima. En promedio, las lluvias acumuladas en la capital oscilan entre los 900 y los 1.000 ml/m2 al año. Si bien hay días en los que la lluvia supera la capacidad de la grama y sus drenajes, los datos muestran otros factores, entre ellos el aumento de conciertos, los cuales sin duda afectan el campo.
Al analizar el comportamiento del campo de juego y las lluvias, hay particularidades que demostrarían que esa no es la causa principal. Por ejemplo, mientras en 2022, con el reporte de lluvias más alto del último lustro (1.332 ml/m2), no hubo quejas ni se suspendieron partidos, en el 2023, con el reporte más bajo (892 ml/m2), un solo aguacero superó la capacidad de los drenajes y obligó en mayo a suspender el partido Millonarios vs Peñarol.
En cambio, lo que sí creció de manera sostenida, a la par con las quejas por la grama, fue el uso del estadio para espectáculos: seis conciertos en 2022; ocho en 2023; 10 en 2024, y 12 en el 2025, cada uno con más de 15.000 personas y equipos por horas sobre la cancha, lo que afecta el campo e impide una óptima recuperación. La conclusión es difícil de ignorar: la presión sobre la gramilla con su uso para espectáculos masivos empieza a pasar factura.
La gráfica muestra el cruce entre la precipitación anual en Bogotá, el número de conciertos realizados en El Campín y las menciones en prensa sobre quejas por el estado de la gramilla entre 2022 y 2025. En 2022 se registró el mayor nivel de lluvias del periodo (1.332 mm), mientras que en los años siguientes la precipitación bajó y se mantuvo relativamente estable.
En contraste, la actividad de conciertos creció de forma sostenida, pasando de seis eventos en 2022 a doce en 2025. Al mismo tiempo, también aumentaron las quejas reportadas en medios sobre el deterioro del césped, lo que sugiere una presión acumulada sobre la cancha a medida que el estadio intensifica su uso para espectáculos masivos, más allá de las condiciones climáticas.
¿Incumplimiento?
El deterioro no solo genera molestia deportiva. También abre un frente jurídico y la inquietud sobre el cumplimiento de Sencia al compromiso de que en El Campín se prioricen actividades deportivas. El abogado Andrés Forero, representante de la familia de Nemesio Camacho (quien donó el terreno al Distrito para hacer el estadio), dijo que hay herramientas contractuales para sancionar al concesionario si incumple obligaciones de mantenimiento del escenario.
En su explicación, Sencia no solo administra, también adquiere deberes. Si se vulneran, advierte, deben aplicarse sanciones. “Sencia tiene pólizas de cumplimiento y el Distrito tiene que presentar una reclamación. La norma prevé 60 días de cura para corregir, y si no, se imponen multas diarias de cinco salarios mínimos mensuales, casi $10 millones diarios”, resaltó.
En esa misma línea, la concejal de Bogotá Heidy Sánchez (Pacto Histórico) cuestiona al Distrito por no activar las cláusulas de sanción. “Alcalde Galán, lo invito a que trabajemos en el proceso de incumplimiento del contrato. No olvide que, según el apéndice técnico, ninguna actividad puede afectar la celebración de los partidos, como ocurrió el domingo”, escribió en X.
Ante la polémica, el director del IDRD, Daniel García, declaró que contactó a la interventoría y espera su pronunciamiento, ya que “para iniciar un proceso sancionatorio, se requiere el informe”. Lo llamativo es que el informe de noviembre valida la preocupación: le pidió a Sencia “rectificación y mantenimiento de la grama, que presenta deterioro en zonas específicas debido al uso constante del escenario”.
De hecho, García contó que Sencia anunció esas mejoras para diciembre, pero que necesitaban dos meses de descanso de la grama para que surtieran efecto. No obstante, entre diciembre y enero se hicieron tres conciertos en El Campín. El Espectador preguntó al IDRD si tenían listas sanciones, pero no obtuvo respuesta.
¿Qué dice Sencia?
Sencia se pronunció el primero de febrero. Reconoció que la cancha “no está al 100 %” y dijo que se trata de un desafío técnico. Explicó que las intervenciones sobre la gramilla comenzaron en diciembre de 2025, siguiendo recomendaciones técnicas, e incluyeron procedimientos como la hibridación del césped para mejorar su resistencia.
Como parte de esa respuesta, anunció la suspensión de eventos culturales hasta el 27 de febrero para que el terreno se recupere sin presión adicional. Pero la suspensión se cumple justo un día antes de otro concierto programado.
El Campín es más que un estadio: es un símbolo deportivo, un espacio urbano y un bien público e histórico de la ciudad. Por eso, más allá del césped, el debate obliga a una conclusión sobria: los contratos que transforman bienes públicos, pese a sus ventajas, necesitan veeduría activa, control institucional y, cuando haya lugar, sanciones inmediatas.
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