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La ciudad que dejó de perseguir palomas para aprender a convivir con ellas

Más de 4.000 aves han sido atendidas en una estrategia que busca controlar la sobrepoblación sin sacrificarlas. Así funciona la clínica, pionera en su nicho, que las atiende en el sur de Bogotá.

Camilo Tovar Puentes

23 de junio de 2026 - 02:01 p. m.
Jornada de bienestar para palomas en la Plaza de Bolívar
Foto: IDPYBA
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En el costado norte de la Plaza de Bolívar, frente a la fachada del Palacio de Justicia, yace una jaula cubierta con una manta blanca. Es temprano y los pocos transeúntes indagan lo que sucede con la mirada pero siguen su camino. En el interior hay granos, semillas y rastros de tierra. Alrededor un grupo de médicos veterinarios y funcionarios del Instituto de Protección y Bienestar Animal espera pacientemente a que alguna paloma en busca de comida caiga en la trampa.

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La escena corresponde a una jornada de atención de palomas que coincide con la conmemoración del Día Mundial de las palomas y que se realizan desde hace varios años para controlar la sobrepoblación y atender las condiciones de una especie que es, a la vez, ícono y víctima de la ciudad.

Durante décadas, las palomas fueron vistas principalmente como un problema de espacio público y las estrategias para controlarlas se concentraron en retirarlas, desplazarlas o eliminarlas. Sin embargo, esos métodos demostraron ser insuficientes para una especie capaz de adaptarse con facilidad a la vida urbana. El modelo que hoy implementa Bogotá parte de una lógica distinta: controlar la población sin sacrificar a los animales y atender las condiciones que afectan su bienestar.

En esta jornada esperan capturar varios ejemplares para hacerles chequeos, auscultarlos en detalle y determinar los candidatos para el proceso de esterilización de esta especie (Columba livia) de origen euroasiático que habita esta parte del mundo tras llegar en los barcos de los colonizadores españoles del siglo XVI.

“Las condiciones dinámicas de la ciudad son muy agresivas para ellas. Hasta hace pocos años la solución para la sobrepoblación de palomas era su muerte, o su reubicación, cosa que rara vez funcionaba. Ahora trabajamos para quitar el estigma que arrastra la especie, controlar su población con mejores condiciones”, señala Mauricio Cano, líder del programa de palomas de plaza y de sinantrópicos del Instituto de Protección y Bienestar Animal.

Desde 2019, Bogotá implementó un modelo integral para atender las poblaciones de palomas. Incluye estrategias pedagógicas, monitoreo biológico, adecuaciones urbanas para evitar anidaciones conflictivas y un componente clínico que combina brigadas en espacio público con atención especializada en una clínica ubicada en el sur de la ciudad.

“Desde hace dos años tenemos el programa de esterilizaciones, al que le apostamos como una forma responsable y empática de atender el problema de sobrepoblación de palomas. Es un procedimiento sencillo con bajos porcentajes de riesgo con el que buscamos controlar y mejorar las condiciones de las palomas que vemos en calle”.

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Clínica de Palomas de Bogotá, ubicada en zona rural de Usme.
Foto: Camilo Tovar Puentes

Cano dice que hace dos años tenían más o menos 2.200 aves solo en la Plaza de Bolívar, hoy tienen entre 400 y 500 ejemplares. “La idea es llegar a un promedio de 200 palomas viviendo en condiciones de bienestar en la Plaza”, añade.

Por otro lado, aproximadamente el 60% de las palomas observadas presentan alguna condición desfavorable a la vista. Los puntos críticos de sobrepoblación se presentan en plazas concurridas como la de Bolívar, San Victorino, el 20 de julio o los Mártires. De acuerdo con el instituto, en Engativá, Suba, Usquén, Chapinero, San Cristóbal, Usme, Puente Aranda, Teusaquillo y Kennedy hay puntos de alta concentración de individuos.

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Si bien es complejo realizar un censo total exacto, los datos del Distrito advierten que, actualmente, en la ciudad no hay más de 25.000 palomas. La cifra parece irrisoria frente a las 400.000 que hace poco más de un año se denunció en el Concejo de Bogotá. Cabe aclarar que el Distrito advierte que sobre esa cifra no hay un asidero técnico que permita aceptar el número con el rigor necesario

Una clínica para los dolores invisibles

Pocas especies urbanas generan tanta indiferencia —y a veces rechazo— como las palomas. Por eso, cuando se menciona que Bogotá tiene una clínica especializada para atenderlas, la reacción suele ser la misma: sorpresa.

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El Centro de Atención a Palomas (CAP) está ubicado en una zona rural de Usme, dentro de un predio de 290 hectáreas de la Universidad Antonio Nariño que funcionaba como centro de reunión de comunidades religiosas. Rodeado por las montañas que conducen al Sumapaz y a pocos kilómetros del relleno sanitario Doña Juana, el lugar alberga una de las apuestas más singulares del modelo que la ciudad puso en marcha para manejar sus poblaciones de palomas.

Clínica de Palomas de Bogotá, ubicada en zona rural de Usme.
Foto: Camilo Tovar Puentes

Detrás de una hilera de palomares funcionan las salas de hospitalización, la unidad de cuidados intensivos, el laboratorio clínico y el quirófano donde se realizan los procedimientos de esterilización.

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El centro también recibe otras especies rescatadas de situaciones de maltrato o abandono, como caballos, llamas, conejos y gallos de pelea. Desde que comenzó a operar el modelo, más de 4.000 palomas han pasado por estas instalaciones para recibir valoración médica, tratamiento, esterilización y seguimiento clínico.

Muchas de las lesiones que llegan al CAP no son visibles a simple vista. Los veterinarios reciben aves que aparentan estar sanas, pero durante las cirugías encuentran fragmentos de alambre, vidrio o plástico alojados en su aparato digestivo.

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“Vemos animales aparentemente sanos y encontramos un alambre atravesando la molleja”, cuenta Juan Camilo Ochoa, médico veterinario que trabaja con palomas desde 2019.

Una vez ingresan al centro, las aves son evaluadas para determinar su estado de salud y su posible ingreso al programa de esterilización. Sin embargo, los procedimientos reproductivos son apenas una parte del trabajo que se realiza allí. La clínica también atiende las consecuencias menos visibles de la vida urbana: lesiones causadas por hilos, alambres y residuos, problemas asociados a la alimentación inadecuada y diversas afecciones derivadas de la convivencia cotidiana con una ciudad de ocho millones de habitantes.

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Para algunos ciudadanos, la existencia misma de una clínica para palomas parece una extravagancia. Para los veterinarios que trabajan allí, en cambio, responde a una realidad cotidiana: cientos de aves heridas por atropellamientos, infecciones, enmallamientos y lesiones causadas por la infraestructura urbana.

Cuando el modelo arrancó, el costo de esterilización por paloma promediaba los COP 200.000, actualmente el proceso cuesta, en promedio, COP 70.000 por animal.

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Las manos que cuidan

Melisa Ramírez trabaja con aves desde que estaba haciendo la pasantía para graduarse de la universidad, hace siete años. “Llegué a las palomas por azar, porque yo vivo en el sur y para desplazarme hasta donde inicialmente haría mis prácticas me gastaba varias horas, así que por facilidad elegí trabajar con palomas porque era lo que más cerca me quedaba”, cuenta. “Son animales vilipendiados y estigmatizados básicamente, por desconocimiento. Creo que esa estigmatización me enamoró de la especie”, dice la doctora.

Las aprendió a conocer. Cuenta que tienen personalidades marcadas, que fácilmente pueden crear un vínculo con nosotros y que aún se sorprende por el misterio que para ella es la extraordinaria capacidad de memoria y de geolocalización que posee.

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Clínica de Palomas de Bogotá, ubicada en zona rural de Usme.
Foto: Camilo Tovar Puentes

“Por eso es factible que sueltes una paloma en Ciudad Bolívar y regrese al centro de la ciudad en cuestión de horas. Por una característica biológica, la especie tiende a volver al sitio en el que nació. Por eso es clave controlar la tasa de natalidad, porque en sitios como la Plaza de Bolívar suelen juntarse las que están con las que vuelven buscando su lugar de anidación”.

Calcula que por sus manos ha pasado entre 5.000 y 6.000 aves. Su experiencia le ha mostrado que, por obra u omisión, todos tenemos algo que ver. “Nuestra contaminación y los modelos de consumo hace que la especie la pase muy mal, con todo y que estamos hablando de animales muy fuertes, que aguantan situaciones que otras aves no y por eso se les puede dar manejo”.

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En medio de sus jornadas de trabajo se empezó a encontrar con casos de maltrato que dejaban a los animales sin posibilidades de retornar a una vida normal: palomas fracturadas, gallinas mutiladas, patos y codornices rescatados de jaulas ínfimas en plazas de mercado. Fue así como se ideó Cher Ami, un refugio en Sutatenza, Boyacá, que lleva el nombre de una columba livia, que pasó a la historia por salvar a 194 soldados en la Primera Guerra Mundial.

La alimentación

Existe el mito de que estas aves urbanas no pueden buscar su propio sustento en la ciudad, cuando en realidad, advierten los doctores, sí tienen la capacidad de hacerlo; al darles comida en la calle, se les vuelve perezosas y dejan de buscar su alimento por sí mismas.

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Por otro lado, alimentarlas con productos inadecuados como el maíz les genera una sobrecarga nutricional que desencadena múltiples problemas de salud, ya que las palomas son animales de semilleros y requieren una dieta variada. En sí el maíz no les hace daño per se, pero que solo coman ese tipo de alimento sí las perjudica. “Es como si usted comiera todos los días el mismo plato de frijoles con chicharrón. Algo le puede pasar. Ese es otro aspecto de la estrategia: encontrar soluciones con los maiceros de varias plazas”.

Clínica de Palomas de Bogotá, ubicada en zona rural de Usme.
Foto: Camilo Tovar Puentes

Salud pública

“Evidentemente hay un riesgo, como el que tenemos cuando interactuamos con otros animales como perros o gatos. ¿Si agarro una paloma me voy a enfermar? No necesariamente, hay otros factores que influyen como el sistema inmune de la persona, sus hábitos de desinfección, etcétera. Yo llevo siete años trabajando con ellas y no he tenido el primero problema de salud”, añade el doctor.

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Para el Ministerio de Ambiente, y diversas autoridades ambientales urbanas, la paloma común está catalogada como una especie introducida de alto riesgo invasivo. Debido a su alta tasa reproductiva, se les considera un problema de plaga urbana. Incluso hace unos años se llegó a recomendar su caza como método de control. De ahí la importancia de estrategias urgentes para mitigar la sobrepoblación.

Juan Camilo Ochoa insiste en que el debate suele plantearse en términos equivocados. Según explica, la discusión no debería centrarse en si las palomas son buenas o malas, sino en cómo manejar una especie que lleva siglos adaptándose a las ciudades.

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“Cuando hay sobrepoblación aparecen conflictos: acumulación de excretas, afectaciones a infraestructura, competencia con otras especies e incluso riesgos para la salud pública. Negar eso tampoco ayuda. El problema es pensar que la única solución es eliminarlas”.

Por esa razón, añade, el objetivo del modelo no es aumentar la presencia de palomas ni convertirlas en mascotas urbanas, sino mantener poblaciones estables y saludables. La combinación de esterilización, monitoreo, adecuaciones físicas y educación ciudadana busca precisamente reducir los conflictos que históricamente han alimentado el rechazo hacia la especie. “Si una ciudad quiere convivir con ellas, necesita controlarlas adecuadamente. Lo que hemos aprendido es que perseguirlas no funciona; entender cómo viven sí”.

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Mientras los veterinarios terminan la jornada en la Plaza de Bolívar, algunas de las aves capturadas emprenderán un viaje de varios kilómetros hasta la clínica de Usme. Allí serán examinadas, tratadas y, en algunos casos, esterilizadas antes de regresar a la ciudad que las convirtió simultáneamente en símbolo y problema.

Ejemplar de Columba Livia en la Plaza de Bolívar.
Foto: IDPYBA

La paradoja no pasa desapercibida para quienes trabajan con ellas. Durante décadas, Bogotá intentó alejarlas, desplazarlas o eliminarlas. Hoy invierte recursos en estudiarlas, atenderlas y controlar su reproducción. No porque hayan dejado de generar conflictos, sino porque la ciudad entendió que, después de siglos compartiendo las mismas calles, las palomas no son un problema que pueda desaparecerse: son una realidad urbana que debe aprender a gestionar.

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