Debajo del puente de la avenida Villavicencio pasa sus días José Francisco García Villamarín. A sus 60 años este es su techo, donde protege sus mayores tesoros: cuatro perros, que son su familia terapéutica, y una libreta cargada de proyectos. Desde que se instaló allí, con su amabilidad forjó una estrecha relación con los habitantes del barrio El Ensueño, en Ciudad Bolívar, quienes lo ven más como un vecino, que “un peligro”, como señalaron los funcionarios que lo quisieron desalojar.
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Hace un mes, su rutina la sacudió la fuerza oficial. Una operación de la Alcaldía Local y la Policía llegó para llevársele todo. Cargaron en un camión de basura, no solo el cartón y el metal que don José planeaba vender para comer, sino los platos de sus perros y hasta su identidad. Se llevaron su cédula, su licencia de conducción, sus medicinas... “Me levantaron. Dijeron que era un riesgo, pero no me conocen”, denuncia José. Eso indignó a la comunidad
Juanita de la Flor, una joven bilingüe que trabaja en un call center, fue quien dio la voz de alerta. Ella y su familia adoptaron a José como un miembro más de la comunidad. Lo dejan bañarse en su casa y le llevan comida. Para la joven, él no es un número en un censo, sino un ser humano que el Estado quiso desterrar. Ocurrió el 17 de marzo, sobre las 9:00 a. m. Fotos y videos muestran a los funcionarios recogiendo en una cobija el reciclaje, para depositarlo en un camión recolector.
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José complementa la historia. Pero antes de recibir la visita, limpia una tabla de madera con un trapo viejo y extiende una cobija. “Para atenderlos como se merecen”, dice. Luego, narra lo que vivió: “Me levantaron para llevarse lo que había conseguido ese día: cartones, plástico, metales y unas maderas que iba a poner en la carreta, como barrera de protección, porque me han apuñalado.
“La razón que me dieron era que no podía estar acá, porque yo era un riesgo... pero no me conocen. Me molestó bastante, porque deberían darnos la oportunidad de sacar las cosas para venderlas. Pero se me llevaron hasta la cédula y la licencia de conducción; los medicamentos, pecheras, platos y todo lo de los perros”, denunció.
José habla de sus cuatro perros criollos: Angelito, el primero que rescató de peleas en Kennedy; Hachi, Mono y Rousan, la más pequeña. Para él, desde siempre, han sido su compañía. No en vano, cuando habla de estos caninos, reafirma su amor por la vida animal, mencionando que incluso rescata a los pichones que caen de los árboles. Tras la difusión del caso en redes sociales, la abogada Laura Sánchez asumió su acompañamiento jurídico y radicó un derecho de petición.
José: el hombre visto por sus vecinos
Pero la visita no se quedó solo en la denuncia. Fue la oportunidad de conocer un poco más de José Francisco, quien es un hombre de contrastes. Nació en el Sumapaz, es hijo de campesinos y tiene 11 hermanos que saben de su situación, pero con quienes tiene poco contacto.
Fue vendedor de libros y hoy atesora libretas donde escribe proyectos de emprendimiento. En una de ellas, fechada en 2022, detalla un plan para reparar prótesis ortopédicas y donarlas a los pobres. Y, en medio del diálogo, deja algo claro: él no se siente un “habitante de calle”, término que asocia al consumo de drogas, vicio que dejó hace años. Se define como un “abandonado y desamparado por el Estado”.
Para subsistir, compra objetos en mercados de pulgas para revenderlos. Algunos días gana lo suficiente para un almuerzo; otros, debe buscar alimentos fuera de los supermercados. “El hambre es atrevida, muy violenta y agresiva”, dice mientras cuenta como ha tenido que hurgar en las canecas de los supermercados. “En las canecas afuera del ARA o D1, a veces, hay pollos, carnes o frutas. Pero entonces, a veces le echan jabón, para que nadie los consuma. He comido hasta arepas o panes con moho”, confiesa.
A medida que avanza el diálogo es inevitable no notar su forma de expresarse. “Me gusta ilustrarme. Por mis ocupaciones no he podido leer mucho, pero trabajé mucho tiempo como vendedor de libros. Y desde pequeño, en vez de juguetes, teníamos que leer el periódico”. Resalta con orgullo que hizo un curso en el Sena de comidas rápidas. De ahí su pasión por la cocina.
Luego de sus perros, sus cuadernos y libretas son otro de sus tesoros. Allí guarda ideas de proyectos de emprendimiento que alguna vez escribió y que, incluso, espera que lo tome en cuenta el presidente de la Junta de Acción Comunal. “Ya lo socialicé con el señor Carlos Miranda. Este, de 2022, dice: ‘Proyecto de emprendimiento para las poblaciones más vulnerables y marginadas’. Recoger todos los aparatos ortopédicos y prótesis. Arreglarlos y adecuarlos para darlos en donación a personas que lo requieran”.
Una comunidad contra la invisibilidad
La conversación la interrumpen dos mujeres, que se acercan para hablar con José. Una de ellas Pilar Muñoz. “Desde niña siempre les he tenido mucho miedo a los habitantes de calle, pero por alguna extraña razón, con José sentí una vibra diferente y más al verlo con sus perritos”. Rocío Castiblanco lo estima de una manera similar: “Es una gran persona. Me parece terrible que le hayan quitado lo poco que tenía. Él se merece una oportunidad”.
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Aunque José reconoce que no todos los vecinos lo aprecian —algunos lo ven como un peligro para el sector—, él prefiere conservar las “miradas angelicales y motivadoras”. Recuerdos como el de su cumpleaños, el 19 de abril , cuando una residente llegó con una torta, gorros y regalos para él. “Eso me hizo sentir que valía en la vida. Fue algo indescriptible. Ese fue el segundo cumpleaños que me celebraron en la vida”.
Entre sus otras “madrinas”, como a él le gusta llamarlas, está Juanita de la Flor, la joven que hizo pública su historia. Sus padres también han entablado una relación solidaria con José, brindándole alimentación y la posibilidad de asearse en su hogar. Así fue como también lo conoció.
Sin embargo, a sus 60 años, la salud de José es frágil. Padece diversas dolencias y desnutrición. Por ello, su anhelo es dejar la calle y encontrar un techo digno junto a sus mascotas. Juanita ha sido clave en ese proceso. “Nos ha dicho que quiere vivir en arriendo, pero ha sido difícil que lo acepten con sus perros. Un amigo está buscando a alguien que cuide una finca, a ver si existe la posibilidad de ayudarlo”.
En su caso, la respuesta institucional es un laberinto de siempre. Mientras la Secretaría de Integración Social asegura que la actividad del 17 de marzo no estaba en su cronograma y que José ha rechazado los albergues que le han ofrecido (donde a menudo no puede estar con sus perros) e, incluso, se inscribió a los comedores comunitarios, pero se retiró, la Alcaldía Local guarda silencio.
No obstante, resalta la entidad que mantienen un acompañamiento activo y persistente, a través de valoraciones de medicina general (talla y peso), seguimiento al esquema de vacunación y generación de remisiones para especialistas. “El señor García continúa participando en espacios de escucha activa y autocuidado, que realiza la entidad periódicamente en la Casa de la Cultura de Arborizadora Alta y siempre con la puerta abierta para la continuidad de su proceso de inclusión social”, concluyó la entidad distrital.
En Bogotá hay 10.478 personas en la calle, de los cuales 431 se concentran en Ciudad Bolívar. Y José no solo es uno de ellos, sino uno de los 1.166 adultos mayores de 60 años, que sobreviven a la intemperie. Sin embargo, su resistencia es distinta. Él no quiere caridad asistencialista; quiere una finca donde pueda cuidar animales y plantas.
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Su historia es una de tantas que reflejan esa tensión entre las instituciones y los ciudadanos sobre el espacio público. Pero esta tiene algo diferente: que, incluso en el abandono, existen lazos de solidaridad que recuerdan su derecho a ser tratados con dignidad. Al final del día, bajo el puente, José Francisco no solo guarda cartón; guarda la esperanza de que, algún día, el Estado lo mire con la misma humanidad con la que lo miran sus vecinos. “Yo aún me veo como una persona útil para aportarle a la sociedad”, dice José. Y mientras el Estado decide si devolverle su identidad, él sigue ahí, cultivando esperanza bajo el puente, protegido por las miradas de un barrio que se niega a dejarlo solo.
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