A las 9:00 p.m. Juan Carlos Rivera Cerón estaba en el condado de Yuma (estado de Arizona), al costado sur de los muros de hierro que separan a México de Estados Unidos. La temperatura era de apenas cinco grados centígrados, pero el calor que le generaba la adrenalina no le permitía pensar en otra cosa que no fuera el plan para cumplir el llamado “sueño americano”.
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“Bajarse del carro, caminar unos 300 metros en línea recta, cruzar un angosto puente y esperar la llegada de Migración. Iniciar el proceso de solicitud de asilo político y, después de un par de días de encierro, poner los pies en tierra norteamericana”. Esa era la instrucción del coyote que lo estaba guiando. No obstante, la mezcla de ansiedad y necesidad le jugaron una mala pasada.
Rivera solo tenía que esperar una hora, pero en esa zona desértica cualquier minuto parece una eternidad. Entonces, decidió trepar las estructuras de hierro de casi nueve metros. Cuando estaba en la cúspide del segundo muro, dejando atrás a sus tres hijos y esposa, y teniendo por delante el “país de las oportunidades”, un mal paso lo mandó al suelo. Murió al instante.
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Su sueño no se materializó. Y en vez de llegar a su destino, lo que dejó fue un nuevo problema a su familia. Su cuerpo sigue en Estados Unidos y en los próximos días llegaría a Bogotá, tras un millonario gasto por la repatriación. La última morada de Juan Carlos será la capital colombiana, el lugar de donde salió con apenas una maleta y un puñado de billetes, para ir pagando el alto costo de avanzar cada metro.
Casos como estos son más recurrentes de lo que parece. El mes pasado, la Oficina de Aduanas y Protección de Fronteras de Estados Unidos publicó un detallado informe que evidenció la cantidad de migrantes colombianos que llegan a la frontera de México y EE. UU. sin visa y buscando asilo en ese territorio para cambiar su situación económica. En 2020 cruzaron la frontera 404 connacionales, de estos 63 eran padres o madres cabeza de hogar y seis eran menores de edad, que intentaron llegar solos a Norteamérica.
El año pasado, a pesar de la pandemia, esa cifra se multiplicó por quince. Las cifras de la Oficina de Aduanas revelan que 6.202 colombianos pasaron por la frontera en busca de asilo político en 2021. De esos, 2.794 eran cabeza de familia, mientras que el número de menores de edad que llegaron solos a la frontera aumentó a 86. Eso sin contar a quienes alcanzaron a pasar de manera ilegal y no integran las listas conocidas por las autoridades.
Esta situación, explica la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA por sus siglas en inglés), podría responder a la pandemia y cómo afectó seriamente la economía en buena parte del país, los índices de desempleo y, por qué no, “la violencia”, dice la organización.
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A principio de este año, el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) señaló que el año pasado la cifra de desempleados alcanzó el 13,7 %, lo cual indica que cerca de 3,35 millones de personas no ejercían una labor remunerada. Pese a que fue el año en el que el coronavirus restringió buena parte de las actividades, hubo una reducción de 2,2 puntos porcentuales con relación al índice de desempleo del 2020, que llegó a 15,9 %.
A pesar de que el país, y sobre todo la capital, pasa por una etapa de reactivación y las oportunidades laborales vuelven a surgir, Juan Carlos no tuvo esa misma suerte. Desde finales del año pasado, empezó a rondar en su mente la idea de cruzar las fronteras y emprender el camino del migrante hacia el norte, el cual no es sencillo, pero algunos lo toman por la ilusión y la ambición de ganar en dólares.
El “sueño americano”
Juan Carlos trabajó en la carnicería de su papá por una larga temporada, pero los altos costos del mercado no le permitían obtener muchas ganancias. Estaba casado y tenía tres hijos, de tres, seis y ocho años, por lo que la economía en su hogar se veía afectada. Rivera, como buena parte de los colombianos, desarrolló una habilidad para desempeñar cualquier empleo. Fue así como terminó trabajando en una aplicación de transporte con su carro.
Si bien los ingresos se estabilizaron, el dinero seguía siendo insuficiente, por lo que a mediados de enero le contó a su hermano que la situación por la que pasaba no era la mejor. “Me dijo: ‘Estoy pasando por un mal momento. Estoy muy mal económicamente’. Después de contarme sus problemas, yo, con el deseo de ayudarle, le hice una pregunta: ‘¿No le gustaría irse del país?’. Él me dijo que sí, que lo había pensado y que estaba dispuesto a hacerlo de una vez”, rememora John Escudero, su hermano.
Pasaron contados días y Juan Carlos ya tenía el pasaporte en mano. Dos semanas más tarde su viaje estaba programado y como era un camino que no tenía retorno, o por lo menos pronto, los últimos días fueron en familia. El pasado lunes 21 de febrero, a las 6:00 a.m. estaba en Cancún (México), en donde pasó dos días, previo a su camino a Estados Unidos.
La ruta era viajar de Cancún a Mexicali, haciendo una escala de dos horas en Guadalajara y luego llegar al condado de Yuma (Arizona) para pisar la frontera. El miércoles 23 de febrero arribó, como estaba estipulado, a Guadalajara. Allí, como si el destino le estuviera dando señales, por poco se trunca el sueño.
“Los problemas se podían presentar con la Policía de México, y por poco ocurre. En Guadalajara estuvo dos horas, más o menos, y hubo mucha tensión, porque había Policía de Migración para abordar el vuelo hacia Mexicali. La persona que estaba coordinando todo su viaje le propuso que, para mayor efectividad, se fuera del aeropuerto y lo mandaba, al otro día, por otro lado”, agregó John.
Pero desistir del plan inicial nunca fue opción para Juan Carlos, por lo que se las ingenió y abordó el vuelo sin mayor contratiempo. Una foto vía WhatsApp con la frase: “No puedo hablar mucho, familia” fue uno de los últimos mensajes que envió.
La tarde de ese mismo miércoles, el vuelo en el que iba el bogotano aterrizó en Mexicali y a las afueras del aeropuerto estaba uno de los coyotes que lo iba a llevar hasta la frontera. La dinámica consistió en pagar US$800, para que un hombre lo transportara en carro hasta el condado de Yuma, en donde debía esperar, en una zona desértica, a que pasara una patrulla fronteriza para entregarse.
“Cayendo la noche de ese miércoles, a eso de las 9:00 p.m., él estaba en el punto donde tenía que esperar a que lo recogiera Migración de los Estados Unidos y luego adelantar la solicitud de asilo político. A él se le apagó el celular llegando a ese lugar, entonces no pudimos hablar. Dimos por hecho que había cruzado y que tocaba esperar los días que iba a estar encerrado mientras se presentaba a un juez y luego una ONG, que normalmente se hace cargo de los migrantes en ese país”, dijo John.
Sin embargo, otra era la historia que se estaba escribiendo en la frontera. Confundido por la ansiedad, Juan intentó cruzar los muros, pero en el segundo se cayó. Mientras su familia en Bogotá, incomunicada, oraba por su bienestar, sin saber el desenlace, en la frontera las autoridades estadounidenses hallaban el cuerpo.
El 25 de febrero, dos días después del viaje, los Rivera Cerón recibieron un correo electrónico desde el Consulado, en donde les notificaban que a Juan Carlos lo habían encontrado sin vida, intentando entrar a Estados Unidos. De acuerdo con la Comisión Mexicana de Ayuda al Refugiado, en 2020 ese país recibió 496 solicitudes de asilo de colombianos mientras que en 2021 la cifra aumentó a 1.272, lo que evidencia un aumento en la intención de migrar en búsqueda de un mejor futuro.
Además del vacío que Juan dejó en su familia y el golpe económico por los $25 millones que costará su repatriación, existe un sinsabor. Su muerte es la prueba de lo incierto que puede ser ir tras el “sueño americano”. Durante la pandemia (aunque con la suerte de volver con vida) 785 colombianos fueron deportados desde los Estados Unidos.