El sistema cumple 25 años y Bogotá se prepara para debatir su futuro en un congreso internacional sobre movilidad. Pero antes de que comiencen los paneles y las presentaciones técnicas, en las estaciones ya circulan las preguntas más importantes: las que hacen los usuarios que a diario viajan en bus.
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A la salida de cualquier estación de Transmilenio (TM) la escena es casi siempre la misma. Ciudadanos que corren de un lado a otro con automatismo e indiferencia para alcanzar el bus, vendedores ambulantes que se acomodan en la acera, un flujo constante de gente por los torniquetes y los que prefieren ingresar sin pagar. En medio de ese movimiento aparece un mosaico de opiniones del funcionamiento del sistema que, más allá de las cifras o los informes técnicos, revela algo más profundo, y que es lo que realmente quiere la gente saber sobre el transporte de la ciudad.
Las preguntas llegan justo cuando Bogotá se prepara para ser sede del Congreso Internacional “Transmilenio 25 años: innovación que transforma ciudades”, que será hasta el 6 de marzo en el Ágora Bogotá Centro de Convenciones. El encuentro reunirá a académicos, autoridades y especialistas del transporte urbano para discutir temas como la planificación de sistemas sostenibles, la financiación y la transición a cero emisiones.
La agenda incluye paneles sobre equidad, seguridad urbana, movilidad limpia y modelos financieros para sostener el transporte en las ciudades del futuro. También discusiones sobre gobernanza del transporte, innovación tecnológica y su papel como herramienta de inclusión social. La discusión llega en un momento particular: TM cumple un cuarto de siglo siendo uno de los sistemas “Bus Rapid Transit” (BRT) más conocidos del mundo, pero también en un escenario de permanente debate. Entre el crecimiento de la ciudad, las obras del metro, los episodios de congestión, los bloqueos y su enorme déficit financiero, hay interrogantes sobre su futuro.
Algunas de las preguntas coinciden con los temas que el investigador y experto en movilidad Darío Hidalgo considera centrales: la conversación debería ir más allá de la operación diaria y concentrarse en su futuro tecnológico, desde flotas eléctricas y nuevas formas de carga hasta buses de hidrógeno. También plantea la modernización del recaudo y avanzar hacia plataformas abiertas que permitan pagar con celular o tarjetas bancarias, algo que en muchas ciudades ya es común.
Lo que los usuarios quisieran corregir
La primera preocupación que aparece en las conversaciones de los ciudadanos es la seguridad. El usuario Dylan Herrero habla sin rodeos: “Muchas veces uno se sube al bus con miedo, mirando a todos los lados para evitar un robo”. No es una sensación aislada. Otros usuarios coinciden en que la presencia de policías o vigilancia dentro de estaciones y buses todavía es insuficiente.
Igual aparece la congestión. Francisco Restrepo, de 76 años, quien acaba de salir de una cita médica, lo explica con la paciencia de quien ha visto pasar demasiados buses llenos: “Muchas veces los articulados llegan tan repletos, que es imposible subir. Además, los trancones o bloqueos pueden dejar a los usuarios detenidos en los buses por largos períodos, sin una solución clara”.
En otras voces aparece una preocupación más estructural. David Fernández cree que el problema no es solo del sistema, sino de la ciudad. Bogotá, dice, “creció de manera desordenada y el transporte quedó atrapado en esa expansión. Las troncales llegan a ciertos puntos, pero muchos usuarios deben tomar dos o tres buses para completar su trayecto”.
El precio del pasaje también entra en la conversación. Para Jacqueline Buitrago, el costo puede ser una barrera diaria. “Hay días en los que simplemente no alcanza el dinero para pagar el transporte”, una realidad que atraviesan miles de usuarios. En medio de esas críticas aparece otro tema recurrente: la cultura ciudadana. Varios mencionan que el problema no es solo de infraestructura, sino la forma como se usa. La gente que empuja al subir, que no respeta filas o que se cuela en las estaciones son parte del panorama.
Lo que sí funciona
Entre las críticas también hay matices. Algunos usuarios hablan del sistema con una mezcla de resignación y reconocimiento. Marcela, estudiante universitaria, cuenta que todos los días toma el mismo servicio para llegar a clase y que el recorrido le funciona bien. Dice que puede mejorar, pero que cuando el bus llega a tiempo y el carril exclusivo funciona, el trayecto es más rápido que en cualquier otro medio de transporte. Por su parte, Ángela Escudero asegura que, pese a las críticas, Transmilenio sigue siendo una de las formas más rápidas de cruzar la ciudad, en especial cuando se trata de trayectos largos.
Otros usuarios miran el futuro con expectativa. Muchos creen que la llegada del metro cambiará la manera en que se mueve Bogotá. Algunos imaginan un sistema más articulado en el que los trenes y los buses funcionen como piezas de una misma red. Silvia Castaño lo resume con una frase sencilla: “El sistema es bueno, pero necesita más buses o más rutas para evitar que la gente viaje apretada”.
Las preguntas que la gente tiene
Cuando se les pregunta qué les dirían a los expertos internacionales que llegarán a Bogotá, las respuestas revelan un tipo distinto de inquietud. Julieta García se pregunta cómo se puede construir una cultura del transporte en las ciudades latinoamericanas. Dice que en Europa la gente respeta las normas básicas de circulación y que algo tan simple como caminar por la derecha podría cambiar la manera en que se mueve una ciudad.
Esteban Manrique tiene otra duda. Quiere saber qué pasará cuando el metro empiece a operar y si Transmilenio seguirá siendo atractivo para los usuarios. Se pregunta si la competencia entre sistemas terminará reflejándose en el precio del pasaje.
David Fernández plantea una inquietud más amplia. Quiere saber cómo se puede construir un sistema nuevo sin afectar lo que ya existe y sin repetir los errores de planificación. Y Francisco Restrepo lanza quizá la pregunta más directa de todas: le gustaría saber si las soluciones que se discuten en estos encuentros realmente se van a convertir en acciones concretas. Es una pregunta sencilla, pero resume una inquietud que atraviesa muchas conversaciones en las estaciones y portales de la ciudad.
A lo largo de 25 años, TM no solo transformó la movilidad, sino que ha sido un ejemplo. Desde su puesta en marcha, el modelo de carriles exclusivos, estaciones intermedias y operación por troncales lo replicaron decenas de ciudades de América Latina, África y Asia. Bogotá pasó de ser una ciudad atrapada en buses tradicionales a ser referente internacional. Sin embargo, la expansión urbana y el aumento sostenido de la demanda desbordaron un sistema que no creció al mismo ritmo.
Ese es precisamente uno de los debates que se espera abordar por estos días. Los expertos coinciden en que el futuro no depende solo de ampliar troncales o más buses, sino de mejorar la gestión tecnológica, la integración con otros modos de transporte y la experiencia del usuario, así como el uso de datos en tiempo real para optimizar la operación y la transición a buses cero emisiones. En una ciudad donde TM sigue siendo el principal medio para millones de personas, la pregunta no es solo cómo expandir el sistema, sino cómo hacerlo más eficiente, equitativo y confiable.
Mientras los expertos se preparan para discutir modelos financieros, tecnologías de cero emisiones y nuevas formas de gobernanza del transporte, en las plataformas del sistema la conversación es más simple. La gente quiere buses menos llenos, trayectos más seguros y un sistema que funcione todos los días. En una ciudad que no deja de crecer, esas preguntas pueden ser tan importantes como cualquier otra en el panel académico.
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