A las 4:00 de la tarde, en medio de un clima tibio, derivado del contraste de un intenso sol capitalino de sábado y las ventanas de vidrio grueso del centro de convenciones, un hombre de 70 años atraviesa laberintos de camisetas, que se bifurcan siempre en alguna historia. Lleva un maletín azul que, pese a lo modesto de su forma, carga en su interior el peso de toda una vida de aficionado al noble e incomprendido arte de coleccionar camisetas de fútbol. Se mueve despacio entre las mesas; saluda a viejos conocidos; se detiene frente a una camiseta que no había visto antes y pregunta de qué país viene.
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Lleva una camisa azul del Porto de Portugal, con un logo de campeones, que difícilmente podría tener un aficionado común del equipo europeo. Habla con la tranquilidad de quien no tiene más afán que el de seguir incorporando prendas a su lista y sonríe cada vez que alguien menciona el récord Guinness que obtuvo hace unos meses, por poseer registrada la colección de camisetas más grande del mundo.
Se trata de Gustavo Arbeláez, uno de los coleccionistas más longevos y quien, a viva voz, casi siempre con un chascarrillo para rematar el giro dramático de una anécdota, bien podría ser la epopeya humana que representa con más fidelidad al coleccionista. Y en ella se leen 20 años de búsquedas, intercambios y viajes.
A su alrededor, la Convención Camisetera Mundial, un evento de aficionados a las indumentarias deportivas que, durante un fin de semana, convierte un salón de Bogotá en una geografía improbable. Hay acentos de México, Argentina, Brasil, Guatemala y otros países latinoamericanos, confluyendo en una torre de Babel futbolera. Sobre las mesas descansan camisetas de selecciones desaparecidas, clubes centenarios, equipos de barrios remotos y torneos que apenas sobreviven en fotografías amarillentas.
La escena tiene algo de mercado y de archivo. Cada prenda parece contener una historia que su dueño está dispuesto a contar. “Estos espacios son de convivencia ciudadana y convivencia deportiva de manera pacífica. Creo que eso también representa un respiro en un país con mucha división”, menciona Juan Pablo Jaramillo, uno de los organizadores del evento junto a Dewdney Prada, Joan Gallego y Francisco Garzón.
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El hombre que ordenó nueve mil camisetas
La historia del Guinness comenzó mucho antes de que el nombre de Gustavo Arbeláez apareciera en un registro internacional. Empezó, como empiezan casi todas las historias de coleccionistas, con una búsqueda aparentemente inofensiva. Durante años se propuso comprar más de una camiseta diaria y registrar cuidadosamente cada adquisición. La meta terminó creciendo hasta convertirse en una colección que hoy supera las 9.000 piezas.
El proceso para obtener el récord fue mucho menos romántico que la búsqueda de las camisetas. Gustavo recuerda que debió fotografiar, clasificar y documentar miles de prendas una por una. “Las exigencias que ellos hacen son razonables. Lo grave es que cuando usted tiene 8.538 camisetas, hágalas una por una”, cuenta entre carcajadas. El trabajo fue tan complejo que terminó invirtiendo más de 25.000 libras esterlinas en la organización de la colección. Incluso rechazó una opción que le ofrecía Guinness para enviar verificadores desde Londres. “Por 10.000 libras venían a mi casa. Yo dije: no, eso me lo gasto en camisetas”.
Pero detrás de la cifra hay algo más que volumen. Gustavo organiza su colección en cuatro grandes universos. El primero está dedicado al Deportivo Independiente Medellín, el club de su vida, del que conserva más de 200 camisetas y con el que mantiene una relación familiar: su padre fue presidente de la institución durante los años setenta.
El segundo reúne camisetas de selecciones nacionales afiliadas a la FIFA. Tiene 211 y todavía persigue dos ausencias que menciona como quien habla de una cuenta pendiente: Chad y Tíbet. El tercero está compuesto por camisetas de torneos organizados por FIFA y UEFA. El cuarto, el más ambicioso y también el más difícil de explicar, reúne equipos de todos los rincones del planeta, incluidos algunos que la mayoría de aficionados jamás han escuchado nombrar.
Mientras habla de las Islas Malvinas, de equipos que juegan en territorios remotos o de camisetas compradas en países donde nunca ha estado, Gustavo parece menos un coleccionista que un cartógrafo. Cada camiseta es una coordenada y cada escudo representa un lugar al que probablemente nunca viajará, pero cuya historia ya forma parte de su archivo personal.
Lo que hay detrás de una camiseta
Las conversaciones avanzan y poco a poco aparece una coincidencia. Casi nadie recuerda cuánto pagó por una camiseta. De hecho, el valor económico y el intrínseco de una camiseta siempre se dividen. En cambio, casi siempre recuerdan quién se la regaló, dónde la encontró o qué momento de su vida representa. Jaramillo (quien organizó el evento junto a Dewdney Ivan Prada, Joan Gallego y Miller Francisco Garzón) evoca una camiseta de Francia 98 que conservaba su padre.
Por su parte, Mauricio Hernández, oriundo de México y seguidor de los Rayados de Monterrey, comenzó guardando las camisetas que heredaba de su hermano hasta que se dio cuenta, casi por inercia, de que ya era un coleccionista. Hernández llegó desde Monterrey con 280 camisetas en las maletas y otras cientos que quedaron en sus tiendas de México.
Lleva más de una década dedicado a la compraventa de indumentaria deportiva y asegura que el coleccionismo cambió cuando los aficionados empezaron a perder el miedo de mostrar sus colecciones. “Antes era muy de yo tengo, pero tú no sabes qué colecciono. Ahora la gente comparte más”. Mientras acomoda camisetas de la selección mexicana y de los Rayados de Monterrey, observa cómo padres e hijos recorren los pasillos del evento. “Lo más bonito es ver niños pequeños empezando en esto. Aquí no importa la edad”, explica.
A pocos metros, en una esquina remota del evento, Jonathan Calcagno, de ceño fruncido, cejas negras azabache prominentes, una camiseta de Almagro, de Argentina. Vigila una colección mucho más pequeña, pero igualmente significativa. Tiene cerca de 250 camisetas de Almagro, un club del ascenso argentino que para él ocupa un lugar casi familiar. Habla de una camiseta de 1995 entregada por un jugador después de un ascenso y explica que nunca vendería las prendas más importantes de su colección. “La de Almagro es sagrada. No se toca, no se vende”, sentencia.
Cuando habla de los viajes que le ha permitido hacer el coleccionismo, la conversación se desplaza rápidamente hacia las amistades. Cuenta que cuando llegó a Colombia fue recibido por otros coleccionistas que apenas conocía de encuentros anteriores. “Si vienen a Argentina, hago exactamente lo mismo. Les presto mi casa, los llevo al estadio. Eso es la amistad que genera el coleccionismo”.
Calcagno, mientras vende unas estampas clásicas de Maradona, no pierde la oportunidad de recalcar que su pasión no se trata de una fiebre por acumular, sino por preservar momentos únicos, siguiendo a su club y compartiendo la pasión por la indumentaria deportiva en todo el continente.
Mientras el fútbol profesional cambia de figuras, uniformes y contratos comerciales cada temporada, las camisetas permanecen como una prueba material de algo que ocurrió. Un ascenso, una final, un viaje, una tarde cualquiera en la tribuna. En cada mesa hay menos nostalgia de la que podría suponerse y más voluntad de conservar fragmentos de una memoria que suele escaparse con facilidad. “Yo no me considero acumulador. Me considero coleccionista y resguardador de historia”, explica con seriedad el argentino Calcagno.
¿Cómo piensa el coleccionista?
La lógica del coleccionista funciona como un impulso innato difícil de explicar, al punto de que algunos lo comparan con una enfermedad huérfana. “Es algo que a uno lo pica como un virus o como una enfermedad que no tiene cura”, dice entre risas Gustavo. Quizás por eso los coleccionistas hablan de sus prendas como si fueran personas conocidas. Las reconocen a la distancia, identifican detalles mínimos y reconstruyen trayectorias completas a partir de una costura o de un patrocinador que desapareció hace años.
El brasileño Enrique Oliveira conoce bien esa dinámica. Durante los últimos años ha recorrido casi toda Sudamérica participando en convenciones similares. Lo sorprendente, asegura, no son las camisetas, sino la capacidad que tienen estos encuentros para seguir generando descubrimientos. Minutos antes había visto por primera vez una camiseta del Tauro de Panamá y todavía hablaba de ella con entusiasmo. “Colecciono hace muchos años y sigo encontrando cosas que nunca había visto”. Para él, las camisetas son objetos culturales capaces de contar la historia de pueblos enteros.
Gary Méndez, llegado desde Guatemala, colecciona para agrandar su colección, pero también para atesorar instantes de fútbol difíciles de capturar en una foto. Entre las piezas más valiosas de su colección conserva una camiseta utilizada por Carlos “El Pescado” Ruiz, el futbolista más emblemático de su país. Hace pocas semanas logró que el exjugador la firmara y la reconociera al instante. Cuando recuerda el encuentro, todavía sonríe. “Se sorprendió de verla”. Para Gary, la importancia de las convenciones radica precisamente en eso: en la posibilidad de aprender historias que difícilmente aparecen en los libros o en las transmisiones deportivas.
Un lugar para encontrarse
Fuera del salón, el fútbol acostumbra dividir. Dentro, la conversación transcurre en otro tono. Los coleccionistas intercambian contactos, recomiendan vendedores, comparan hallazgos y recuerdan encuentros en distintas ciudades del continente. Algunos se conocieron por redes sociales y terminaron hospedándose en las casas de personas a las que nunca habían visto en persona. Otros emprendieron viajes de miles de kilómetros, siguiendo la ruta de convenciones similares. Las camisetas funcionan como una contraseña silenciosa que abre puertas y acorta distancias.
La tarde avanza entre fotografías, intercambios y negociaciones. Gustavo sigue recorriendo las mesas. Observa una camiseta recién llegada de otro país y sonríe con el entusiasmo de quien todavía encuentra algo nuevo después de tantos años. A unos metros, otros coleccionistas hacen exactamente lo mismo. Buscan una pieza difícil, cuentan una historia o simplemente conversan. El ruido del salón crece y las camisetas continúan colgadas una junto a otra, como si por unas horas hubieran conseguido reunir lugares, épocas y personas que de otro modo jamás se habrían encontrado.
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