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Memorias del Bronx en cuatro actos: una década de la intervención que abrió una nueva grieta

Este especial reconstruye la memoria de un lugar marcado por la violencia, las desapariciones y la exclusión, pero también por los esfuerzos de recuperación y transformación que hoy intentan darle un nuevo significado.

Juan Camilo Parra

02 de junio de 2026 - 12:40 p. m.
10 años de la toma del Bronx.
Foto: Juan Camilo Parra
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Era 28 de mayo. A las 6:00 a. m., el amanecer llegó con el rumor de un gran operativo. Era sábado de madrugón en San Victorino y, mientras avanzaban las tanquetas del Esmad, las motocicletas con patrulleros de la Policía y los camiones llenos de soldados del Ejército rumbo al temido Bronx, en la “olla” sucedían simultáneamente estas cuatro escenas:

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Alexánder estaba frente a la pantalla de una máquina tragamonedas, pasando los efectos del bazuco; Alejandro reciclaba para conseguir con qué comprar “merca”; Rafael se encontraba en una zona conocida como “la escalera”, y el parche de William se alistaba para darse un “pipazo macabro”, lo que provocaría que el pánico que generaba la droga se confundiera con la realidad de las granadas aturdidoras y la toma definitiva del sector más peligroso de Bogotá.

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Foto: Juan Camilo Parra

Aquella madrugada de 2016, Bogotá fue testigo de un megaoperativo en la que 2.500 policías, militares, agentes del CTI y personal del Distrito y del ICBF retomaron el control de una zona, hasta ese momento, dominada por el crimen. Lo que vino después fue un proceso de reconstrucción de memoria, visibilización de los horrores que allí se vivieron y denuncias contra el Estado por las irregularidades durante la intervención.

Hoy, el único edificio en pie es La Casa Redonda, un inmueble que funcionó como jardín infantil incluso cuando el Bronx era un consolidado centro de operaciones criminales y que, actualmente, refuerzan su estructura para convertirlo en un espacio de memoria. En este lugar, diez años después de la toma, se reunieron sobrevivientes y gestores de memoria, quienes reconstruyen los vestigios de una historia que aún abre heridas. Lo hacen en una ciudad que continúa luchando contra el fenómeno de la adicción y el narcotráfico, aunque ahora bajo una forma menos terrorífica de lo que alguna vez representó este lugar.

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Foto: Juan Camilo Parra

Alexánder: la doble vida del ‘bazuco’

Alexánder, de 60 años, duró más de 14 consumiendo ‘bazuco’. “Provengo de una familia paisa. Mi madre era luchadora. Tenía negocios en San Andresito de la 38. A los 14 años me inicié en el consumo”. Dice que llegar al Bronx no fue tan fuerte, “porque venía de habitar el Cartucho”.

Alexander, 60 años.
Foto: Juan Camilo Parra

Recuerda el olor de la droga desde niño, el cual se esparcía por su casa cuando un familiar consumía. Luego de cumplir 15 años, en billar en Santa Isabel, uno de sus amigos llegó fumando algo que olía similar. “Le pregunté: ‘Hermano, ¿qué es eso? Me encanta ese olor’ y él respondió: ‘es motopecoso...Es bazuca. ¡Pruébelo! Es una chimba’. Después lo hice por presión de grupo, pero llegó el momento en que sentía la necesidad de consumir. A medida que me fui haciendo adicto, dejé de lado la marihuana y el perico, y la sustancia de impacto, como se le llama, pasó a ser el bazuco. Duré 14 años consumiendo y llevando una doble vida”.

Alexánder abandonó a su esposa y a su hija, y tuvo que regresar a la casa de la familia, porque ya no conservaba ningún empleo a causa de su adicción. “Hasta que en la casa me pusieron un ultimátum y me dijeron: ‘O se interna o se va. No podemos soportar más esta situación’. Decidí coger calle y llegué al Cartucho”. Para él era una vida desconocida. “Siempre trabajé en el área comercial, en buenas compañías”. Cuando se quedó sin dinero, empezó a robar en almacenes y luego a hacer lo que hacen muchos habitantes de calle: reciclar. Los sábados de madrugón también ayudaba a su familia a descargar camiones, lo cual, era el único contacto con ellos, para financiar la droga.

Daniel Mejía, exsecretario de Seguridad, señaló que al 30 % de la limpieza, sacaron la cantidad de basura que produce un municipio de 10.000 habitantes en un mes. Foto tomada un día después del operativo el 29 de mayo de 2016.
Foto: Cristian Garavito / El Espectador

Recuerda que cuando acabaron la calle del Cartucho, tardó en trasladarse a la calle del Bronx. La zona la había conocido, cuando solo había tres sitios donde expendían y permitían consumir, “pero no se veían habitantes de calle”. La situación cambió cuando trasladaron a ‘La L’ algunas bodegas de reciclaje. “Y llegué al Bronx, donde viví experiencias, peores que en el Cartucho. Allá me torturaron, me partieron los dedos de los pies, me quemaron los testículos y las piernas con ácido”.

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Por ese ataque, duró casi un mes botado frente a una obra que llamaban ‘la oficina de la Warner Bros’, vistiendo falda de mujer, pues, debido a las heridas, no soportaba siquiera la ropa interior. Se recuperó y no tardó en volver a la olla. Pero a su adicción al bazuco le sumó otra: las tragamonedas. “No podía consumir si no jugaba”, dice. De la madrugada del 28 de mayo de 2016 recuerda que fue a buscar la “liga” en el madrugón y cuando volvió con dinero para droga y juego, “todas las puertas estaban, por decirlo así, a media asta. Solo abiertas a la mitad”.

Los organismos de seguridad capturaron a tres personas, entre ellas alias Teo, presunto jefe de finanzas del Bronx, que tenía orden de captura; y condujeron a 508 personas a las Unidades Permanentes de Justicia de la Policía. Sin embargo, los capos de 'Los Ganchos', no fueron capturados. Foto tomada el 1 de junio de 2016.
Foto: OSCAR PEREZ

El sitio donde apostaba era de un sujeto que pertenecía a los llamados “sayayines” y su esposa dio la orden de subir la reja y él empezó a jugar. “Como a las 6:00 a.m. sonó algo fuerte. Pensé que era un cilindro o un petardo. No entendía qué era, pero me zumbaban los oídos y no podía moverme. Luego empezamos a escuchar que entraban los ‘tumbapuertas’”. Cuando Alexánder salió, todo estaba inundado de Policía. Aunque los operativos eran regulares, no pensó que este fuera definitivo. “Era una situación esporádica. Los allanamientos eran normales, entre comillas, en la calle del Bronx. En muchas ocasiones llegaban, pero todos estaban avisados”.

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“Y finalmente fue el fin. Ese día, a partir de ahí, se acabó el Bronx”.

Alexander, exhabitante de calle.

“Después de que acabó el Bronx, toda esta zona se volvió un consumidero. Los comerciantes se quejaban. Mucha gente se fue, porque la gente ya no venía a comprar. Todas estas calles eran de consumo. Y como cogió más auge el Sanber, me pasé para el Sanber”. Y así permaneció Alexánder hasta que un día, durmiendo en un andén en Teusaquillo, por la calle 32 con 15, un señor llegó en una camioneta y, sin fijarse, pasó la llanta izquierda por encima de su mano y le partió tres dedos.

Esa experiencia fue la última que soportó en calle. Luego accedió a los programas de Integración Social y enderezó su camino. “Para mí, el consumo es una decisión propia, así como la recuperación. Pero algo que hoy me funciona es vivir el ‘solo por hoy’. Lo que sucedió en el pasado ya quedó. El futuro no existe para mí. Yo no sé si mañana esté o no esté. Vivo el presente”.

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Alejandro y Rafael: Sanando Mentes

Alejandro y Rafael no son hermanos, pero comparten algo más que el apellido Gómez. Nacieron en zonas deprimidas del sur, uno de Bogotá y otro en Soacha, y vivieron a su manera la toma del Bronx, tras atravesar una juventud de adicciones. “Nací en el barrio Quiroga, que para la época era ‘zona roja’. Empecé a consumir en el barrio cuando tenía 11 años. La mayoría de los muchachos consumían”, dice Alejandro. En ese tránsito duró 33 años, de los cuales ocho fueron viviendo en la calle. “Después vino mi proceso de recuperación de las adicciones”, añade.

Alejandro Gómez, codirector de Sanando Mentes.
Foto: Juan Camilo Parra

Rafael creció en el barrio San Mateo, en Soacha. “Probé las drogas a los 18 años, en una fiesta. Estaba tomado y no sabía qué estaba consumiendo. Por seguir el círculo de amistades, al principio, fui un consumidor social. Conocí el Cartucho a los 19 años y, se puede decir, que me enamoré. Allá se podía consumir 24/7. La droga era económica y de mejor calidad. Así fueron 22 años en las drogas y siete años en la calle”.

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Rafael Gómez.
Foto: Juan Camilo Parra

Y agrega: “hay historias trágicas, muy trágicas. De mucho dolor personal y familiar. Personas que llegaban a preguntar por sus familiares desaparecidos y uno, estando parado al lado de la gente de seguridad, sabía que esas personas habían desaparecido ahí. Y uno no podía decir nada”.

“Independientemente del lugar donde uno consumiera, la olla más grande era esta: La República Independiente del Bronx. Era 24 horas, siete días a la semana. Era la zona de confort”, dice Alejandro.

Alejandro Gómez.

El 28 de mayo, Alejandro, estaba consumiendo. “Se me acaba la droga como a las 4:00 de la mañana. Entonces raspé la pipa, terminé el alcohol que tenía y salí como a las 5:00 de la mañana. Era día de reciclar. Cuando salí, todavía el operativo no se había efectuado. Pero cuando regresé, tipo 9:00 de la mañana, ya con mis monedas para comprar mis dosis y entrar otra vez a la pieza, estaba la operación”.

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Rafael estaba en la parte de “escalera”. “Se sentía la energía de la alerta de que venía un operativo, pero uno pensaba que era normal. Y, de repente, suena la sirena. Empiezan los golpes, las lacrimógenas y todo. Intento salir por Escalera, pero ya estaba cerrado con gente del ESMAD. Entonces me devuelvo, me consumo lo que tenía para coger fuerza, guardo todo y salí hacia San Victorino”.

Casi llegando a Plaza España le ganó el cansancio. “Cai rendido. Nos tuvieron ahí, contra el piso, como ‘Cristos’, unas tres o cuatro horas. Después nos subieron a unos camiones y nos llevaron hacia la UPJ, pero en el paso del camión a la estación, me les volé”. Sobre las desapariciones, agrega: “Eso no se puede ocultar. Así como muchas personas lograron salir vivas, otras nunca volvieron. Muchos amigos desaparecieron. Incluso ese día. Y queda la duda de si fue de un lado o del otro. Nadie tiene la verdad, pero sabemos de qué estamos hablando”.

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Para ambos el perder “La L” les abrió los ojos. “Me hizo entender que necesitaba un cambio. Entonces sí, la intervención sirvió. No solo para mí, sino para muchas personas”. Hoy tienen la fundación ‘Sanando Mentes’, con la cual brindan atención a personas vulnerables, “retribuyendo un poquitico el favor que la sociedad nos dio. Contribuimos al bienestar de personas, especialmente en situación de consumo, personas que están en tratamiento de recuperación de adicciones”.

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Foto: Juan Camilo Parra

El ‘pipazo’ macabro

La historia de William Moncada, exhabitante de calle, hoy trabajador en un centro comercial (también dice que es poeta y escritor), no difiere de las otras, pero sí es el único que no estuvo en el Bronx ese 28 de mayo. Para él la historia de la intervención se resume en la búsqueda de sus amigos que habitaban la olla y de un ‘pipazo macabro’. Dice que, al momento de la toma del lugar, llegó a recorrer las calles del Cartucho y el Bronx. “A ocupar apartamentos a la intemperie, a dormir en colchones de cemento y taparme con una térmica de papel”.

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William Moncada.
Foto: Juan Camilo Parra

“Fui desplazado por la violencia en 1966, de una finca llamada La Tolda, en Armero. Nací el 11 de febrero de 1957, tengo 69 años y llegué a una Bogotá que me vio crecer y donde la aceptación en grupo me llevó al consumo. Fueron más o menos 15 o 16 años como consumidor social, funcional y recreativo. “Trabajé con el Ministerio de Hacienda y Crédito Público durante nueve años, desde 1974 hasta 1983. Del 83 para acá fue cuando toqué el fondo del trasfondo”.

Recuerda que en 2006 “muere el Cartucho y cierran la 15 y ‘La L’. Pero a los 15 o 20 días la vuelven a abrir y ya estaban los “sayayines” invadiendo la zona, con pistolas y fusiles. Ahí comenzó esa transformación y se le dio el renombre de Bronx. Una cosa que siempre se ha cuestionado William es por qué, cuando intervinieron el Cartucho, no hicieron lo mismo con el vecino, que era “La L”. “¿Por qué la cierran y la vuelven a abrir? Eso llevó a nueve años más de toda esa historia, entre 2007 y 2016”.

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Antes de la intervención, William había iniciado un proceso de rehabilitación. Además de su trabajo en Mosquera, en un centro comercial, se convirtió en escritor y poeta. Así acabó escribiendo una crónica titulada El pipazo macabro. “Encuentro a unos amigos que estaban el día de la toma. Le pregunto a Mayorga: ‘Hermano, ¿dónde estaba usted durante la intervención?. Y me responde: ‘Ahí, al pie de la chatarrería de don Salomón, en la novena con 15, aplicándome un pipazo’. Y cuando se lo aplicó sonaron las alarmas. Me dijo: ‘No sé si fue el consumo o el pánico de la intervención, pero eso me subió’”.

“Regresé del viaje a la droga y su mundo, donde las penumbras de la soledad se confunden con las sombras que daban a mi andar. Hace 5.250 días… los minutos y las horas, las dejo al lector”, escribió.

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Reconstruir la memoria genera un espacio para no olvidar una historia que marcó un antes, piensa Moncada. “Y ahora se está viendo un después con todo esto de la Esquina Redonda y de cómo, donde se vivió la muerte en vida y la destrucción, hoy se construye a través del arte. A pesar de que persiste el problema de la drogadicción y la habitabilidad de calle”. Hoy William hace parte de ‘Sanando Mentes’ con Alejandro y Rafael, en ese esfuerzo por hacer por otras personas lo que alguien hizo por ellos: creer en que podían tener otra vida.

Después del Bronx

Después del Bronx la historia no terminó. Orlando Beltrán, dirige el Banquete del Bronx, organización sin ánimo de lucro, que nació por iniciativa de su madre. Ella, una campesina que, al llegar a la ciudad, no soportó la imagen de los “gamines” o niños habitantes de calle de los años 70 en Bogotá y comenzó a atenderlos. “Cuando ella faltó, seguimos la fundación”, recuerda Beltrán. La organización atiende población habitante de calle desde hace décadas, incluso antes del operativo. Por eso dice que, los días después de la toma, fueron los más difíciles.

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“La intervención fue difícil, porque la hizo muy secretamente el Estado. Pero fueron los días siguientes los más difíciles, porque nos dimos cuenta de que, sin importar la intervención, no se respetaron a los hermanos de calle, que se fueron a los caños como ratones, como si realmente no tuvieran otra oportunidad”. Orlando dice que el censo de habitantes de calle muestra un aumento de esta población, percepción que él mismo desde el ‘Banquete’, ha notado. “De los 11.200 habitantes de calle que tiene Bogotá, sabemos que Integración Social no alcanza a tener ni siquiera 1.200 camas. O sea, no alcanza a tener ni el 10%”.

Añade que el trabajo de su fundación se ha abierto a todo el país, experiencia que le ha enseñado esta lección en los últimos años: “en Colombia hay unas ollas muy peligrosas e intocables, como las ollas de Medellín y algunas otras ollas del Cauca y del Norte de Santander. Y definitivamente ollas como San Bernardo, donde hay bandas transnacionales, donde cada vez nos damos cuenta de que es muy difícil el acceso para personas que quieren investigar un poco más o hacer algún tipo de ayuda humanitaria, es casi imposible”.

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El mural de la memoria

Otro capítulo posterior a la toma del Bronx se ubica en 2019. La ciudad no acababa de entender qué sucedió luego de las imágenes estruendosas del operativo, la degradación fue digerida entre un horror que parecía esparcirse en lugar de haber terminado. El gran vacío estaba en contar todo lo que pasaba entre una población excluida como son los habitantes de calle, consumidores y trabajadoras sexuales. Por esto, desde el Distrito se impulsaron ejercicios de memoria, así como la puesta en marcha del proyecto Bronx Distrito Creativo, el primer distrito cultural inducido en la ciudad.

Ximena Castillo ha liderado desde entonces el grupo de memoria Esquina Redonda. “A mediados del 2019, entramos a lo que antes era conocida como la L. Lo primero que hicimos fue hablar con los habitantes de calle, con las trabajadoras sexuales, con los jóvenes que todavía seguían en el espacio habitándolo, tratando de estar allí. La primera pregunta que salió y la más importante fue, ‘¿dónde están mis parceros?’. Tras el desalojo hubo muchas personas que no se volvieron a encontrar, no las volvieron a ver, no se sabe de su paradero".

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Con esas entrevistas se hicieron retratos hablados de cada una de las personas que desaparecieron. “Además de darle rostro, hicimos una biografía de cada una de ellas, para entender cómo se relacionaban adentro del Bronx; cuáles eran sus afectos; cómo habitaban el espacio, y este que se llama El Muro de la Presencia”.

10 años de la toma del Bronx.
Juan Camilo Parra
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10 años de la toma del Bronx.
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Blanca Andrea Sánchez, directora de la Fundación Gilberto Alzáte Avendaño (FUGA) destaca: “Lo que uno guarda realmente en el corazón no se olvida y lo que no se olvida intentamos que no se repita. Por eso es tan importante hacer memoria. Porque esto fue parte, sin duda, de un ADN de la ciudad, de una cicatriz y de una marca que quedó”.

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Pese a que las obras del Distrito Bronx Creativo están a 10 % de terminar su fase uno, la directora reconoce que aún persisten los retos de seguridad y habitabilidad en calle en la zona de la antigua olla. “Aún tenemos seguir trabajando la seguridad y el consumo. Persisten algunas dinámicas complejas en el espacio. Aún hay paradores, aún la habitabilidad de calle y la venta ambulante siguen siendo instrumentalizadas por las economías ilegales. Y eso es algo que tenemos que manejar como retos.

Ximena añade: “yo creo que una de las características fundamentales de la memoria es que es polifónica. La memoria tiene muchas voces que recuerdan, que se contradicen y que interpretan desde distintos lugares. Procesos que también nos permitan ser críticos y analizar de una manera más profunda lo que fue el Bronx. No desde una mirada maniqueísta de buenos y malos, sino entendiendo todas las complejidades que existen dentro de esa realidad”.

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Por Juan Camilo Parra

Periodista egresado de la Universidad Externado de colombia con experiencia en cubrimiento de orden público en Bogotá.jparra@elespectador.com
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