Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El Día Internacional de los Derechos de las Mujeres “8M”, no es una conmemoración decorativa o una fecha más en el calendario, es un recordatorio de que los derechos de las mujeres no fueron concesiones generosas del poder, sino conquistas que desafiaron estructuras profundamente desiguales muchas de las cuales aún permanecen.
En contexto: Cuando la justicia falla, el riesgo persiste: un sistema que no protege a las mujeres
La desigualdad de género no es un rezago cultural aislado: está arraigada en la forma como se distribuye el poder económico, político y simbólico. Se refleja en brechas salariales persistentes, en la sobrecarga de trabajo de cuidado no remunerado, en la baja representación en los espacios donde se toman decisiones estratégicas y, de manera dramática, en la violencia de género que continúa cobrando vidas y limitando la autonomía de miles de mujeres.
Hablar de igualdad implica hablar de poder y recursos, de decidir quién accede a las oportunidades, quién participa en las decisiones públicas, quién pude redistribuir su tiempo cuando el cuidado históricamente ha recaído sobre sus hombros. Sin decisiones concretas, la igualdad termina diluyéndose en declaraciones bien intencionadas.
En Bogotá hemos buscado enfrentar parte de estas tensiones con acciones específicas: en 2025, se destinó una inversión de 5,97 billones en el presupuesto de la administración distrital para las mujeres, se fortaleció el Sistema Distrital de Cuidado, se conformaron redes seguras por toda la ciudad y se consolidó una apuesta para fortalecer la autonomía de las mujeres brindando herramientas que contribuyen al cierre de la brecha digital y el empleo, entre otras. Son avances importantes, pero insuficientes frente a desafíos estructurales que superan a una sola administración.
La desigualdad es el resultado de decisiones históricas y solo puede revertirse con decisiones firmes. Transformar las raíces culturales del machismo, redistribuir el cuidado, garantizar que más mujeres incidan donde se define lo público y fortalecer su autonomía, exige coherencia, continuidad y voluntad política sostenida.
El 8M no debería ser una conmemoración anual que alivia conciencias, sino una alerta constante. La igualdad no se consolida en un periodo de gobierno ni se garantiza con declaraciones. Se construye enfrentando resistencias, desmontando violencias y sosteniendo decisiones incómodas.
Si asumimos ese desafío, la igualdad puede convertirse en la reforma democrática más profunda de nuestro tiempo.