No es un reproche: el ICBF ha sido durante décadas garante de los derechos de la infancia en este país, y es justamente por eso que su forma de nombrar importa tanto. La pregunta que quiero hacer es otra: ¿qué hemos ganado como sociedad al aprender a nombrar a las niñas?
Durante siglos, el masculino se asumió como universal. Se suponía que las mujeres estábamos incluidas cuando se hablaba de “los ciudadanos”, “los trabajadores”, “los colombianos” o “los niños”. Pero estar incluidas en la gramática no es lo mismo que estar reconocidas: ni en las cifras, ni en las políticas, ni en la vida real.
Y ese patrón no se ha quedado solo en el lenguaje. Durante años, la medicina probó fármacos y calculó dosis pensando en un cuerpo “estándar” que, en la práctica, era el cuerpo de un hombre; solo después se supo que muchos tratamientos funcionaban distinto en las mujeres.
Algo parecido pasó con los cinturones de seguridad de los automóviles: se diseñaron y probaron con maniquíes de tamaño masculino, y durante años nadie se preguntó por qué las mujeres tenían más riesgo de lesiones graves en un choque. Nombrar, diferenciar, desagregar: parece un detalle, pero tiene consecuencias que se sienten en el cuerpo. Por eso nombrarnos también ha sido parte de una conquista larga por la igualdad.
UNICEF advierte que las niñas y las adolescentes tienen necesidades específicas por dos condiciones que se cruzan: ser mujeres y ser menores de edad. Y esas experiencias no son iguales a las de los niños; los datos lo dejan ver con claridad. En Colombia, 7 de cada 10 víctimas de violencia sexual entre los 0 y los 17 años son niñas.
El 23,4 % de las mujeres colombianas entre los 20 y los 24 años estuvieron casadas o en unión antes de cumplir los 18, según cifras que citan tanto UNICEF como ONU Mujeres. Estas cifras no son solo números: son la base para tomar decisiones que resultan definitivas en la vida de las niñas —qué política pública se diseña, cómo se priorizan estrategias, a dónde se destinan los recursos,—. Diferenciarlas no es un capricho estadístico. Es lo que permite a cualquier institución, el ICBF incluido, actuar donde más se necesita.
Las desigualdades de género no empiezan a los 18 años. Empiezan mucho antes. Desde niñas aprendemos qué comportamientos se esperan de nosotras, cuánto espacio podemos ocupar, quién debe cuidar, qué sueños parecen posibles y cuáles no. Y desde ahí, desde la infancia, también pueden empezar las discriminaciones y las violencias que después acompañan la vida de muchas mujeres.
Reconocer esto no significa desconocer que los niños también enfrentan violencias y vulneraciones que merecen toda la protección del Estado. Tampoco se trata de poner en competencia sus derechos con los de las niñas. La igualdad es justamente eso: los mismos derechos para todos, entendiendo que no todos enfrentan las mismas barreras para ejercerlos.
La Declaración y Plataforma de Acción de Beijing y la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer coinciden en algo que vale la pena recordar: proteger a la infancia y avanzar hacia la igualdad de género no son caminos distintos. Van juntos.
La Plataforma de Beijing, de hecho, fue el primer documento normativo mundial en dedicar un capítulo específico a los derechos de las niñas, con metas propias frente a la violencia, la salud y la discriminación que las afecta. Treinta años después —se cumplieron en 2025—, sigue siendo la prueba de que nombrar no divide: protege.
El lenguaje, claro, no resuelve estas desigualdades por sí solo. Nombrar a una niña no evita una violencia ni le garantiza sus derechos automáticamente. Pero sí dice algo de cómo una sociedad entiende su realidad. Y las políticas públicas necesitan ver las diferencias para poder actuar sobre ellas.
Por eso le pido al ICBF que reconsidere esta decisión. No hay que elegir entre “niñez” y “niñas”. Podemos decir niñas y niños. Podemos hablar de niñez cuando corresponda. El español nos alcanza para incluir sin borrar, y para reconocer sin excluir.
Nombrar a las niñas no les quita nada a los niños. Y nombrarlas —después de siglos de ser el “universal” que nadie nombraba— también es reconocer sus derechos.
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*Laura Tami, Secretaria de la Mujer.
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