Hace 50 años estábamos viviendo lo que se conoció como la explosión demográfica. Bogotá crecía a la tasa más alta de su historia, cercana al 7%, impulsada por las enormes migraciones que llegaban de diferentes regiones del país. La ciudad absorbía población debido a que servicios como la educación, la vivienda y la salud, progresaban admirablemente. El proceso de urbanización avanzaba con todo vigor.
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Entonces, empezamos a hablar por primera vez de conservación ambiental y una palabra se abrió paso entre las demás: ecología. Las nociones fundamentales de esta nueva ciencia estaban siendo concebidas y formalizadas en los grandes centros de pensamiento, pero ya advertíamos que la naturaleza estaba sufriendo por nuestras acciones, que los recursos naturales podían agotarse, y que el clima del planeta sufría transformaciones de inmensas consecuencias para el bienestar de todos los seres vivos, entre estos, los asentamientos humanos urbanos y rurales.
Advertimos, como era inevitable, que existía una delicada y sensible relación entre el crecimiento poblacional y el bienestar del planeta, y por primera vez salió de nuestros labios una palabra aterradora: extinción. En efecto, o nos pensábamos bien esta relación, o la analizábamos con mayor certidumbre y precisión, o la visualizábamos y la planeábamos con mayor sentido e inteligencia, o nuestra propia supervivencia y la de todos los seres vivos estaba en vilo. Nada más y nada menos.
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Al entendimiento y la capacidad de los seres humanos de hacer síntesis, correlaciones e inferencias, es decir, de producir conocimiento científico y técnico, su sumarían unos nuevos aliados: los primeros computadores, unas máquinas enormes, aparatosas, que entonces tenían una capacidad de procesamiento precaria, pero cuyo desarrollo iba a ser revolucionario hasta el punto de transformar las sociedades humanas de una manera jamás concebida.
Se trataba, entonces, de la tensión entre tres elementos vitales: el crecimiento poblacional, la finitud de los recursos naturales, y nuestro propio entendimiento de la compleja relación entre uno y otro. Y yendo aún más lejos, surgía un cuestionamiento esencial: ¿cuál era nuestra verdadera capacidad de modular y controlar, en beneficio de la vida y la supervivencia, los términos de esa relación?
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Pasados 50 años, nuestro entendimiento de este problema, necesariamente, se ha ahondado y sofisticado, entre otras cosas, porque las variables claves se han modificado, siendo la más notoria, quizá, la dinámica poblacional, la demografía. El espectacular descenso de la tasa de natalidad está produciendo una transición sociocultural de enormes proporciones, cuyos efectos aún no hemos podido dimensionar cabalmente. Y es verdad, somos menos personas en cada momento del tiempo, en términos relativos, pero nuestra capacidad de destrucción de la naturaleza es hoy en día, la mayor en la historia de la humanidad.
Los extraordinarios avances tecnológicos nos sorprenden cada día, aunque su impacto en la vida social y política de la sociedad moderna, aun lo desconocemos en toda su complejidad. La crisis climática es una realidad ya y sus consecuencias están generando incertidumbres sin precedentes en el devenir de nuestra especie.
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Estas nuevas realidades imponen a los planificadores, políticos, ambientalistas, demógrafos, economistas, la obligación de construir un nuevo paradigma que oriente el desarrollo de nuestro país y del mundo entero, hacia un puerto seguro. Un puerto que, honradamente, aún no se avizora.
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