Nunca he entendido la necesidad de crear figuras como la de consejero presidencial para Bogotá o, como ha preferido llamarla el presidente Abelardo De La Espriella, gerente para Bogotá. Más allá del nombre, se trata de un cargo cuya utilidad práctica resulta, como mínimo, cuestionable.
La razón es sencilla: quien tiene la competencia constitucional y legal para gobernar a Bogotá es el alcalde mayor. Es él quien toma las decisiones sobre la ciudad, dirige la administración distrital y define las políticas públicas. Además, el alcalde mantiene una relación institucional directa con el presidente de la República y con cada uno de los ministros del gabinete. No necesita intermediarios, mensajeros ni representantes del Gobierno Nacional para ejercer unas funciones que la Constitución le atribuye de manera exclusiva.
Por eso sorprende que Clara Lucía Sandoval se preste para semejante show. Debe saber que, en la práctica, ese cargo carece de capacidad de decisión sobre los asuntos de la ciudad. Podrá coordinar programas sociales del Gobierno Nacional, entregar ayudas repartiendo regalos o mercados a nombre de la Presidencia de la República, pero nunca podrá decidir sobre el rumbo de Bogotá ni impartir instrucciones a la administración distrital. Esa facultad pertenece exclusivamente al alcalde Carlos Fernando Galán.
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Pensar que desde esa gerencia podrá ejercer una especie de “alcaldía paralela” sería desconocer el orden institucional del país. Carlos Fernando Galán no está obligado a consultar sus decisiones con la gerente para Bogotá ni a solicitar su autorización para ejecutar proyectos, celebrar contratos o definir prioridades de gobierno. Pretender lo contrario no solo desconoce la autonomía del Distrito Capital, sino que crea una falsa expectativa sobre un cargo que jurídicamente carece de las atribuciones para influir en las decisiones del alcalde.
La historia reciente demuestra, además, que esta figura ya fracasó. Durante el gobierno de Juan Manuel Santos se creó la Alta Consejería Presidencial para Bogotá y se designó a Gina Parody al frente de esa dependencia. Al final, su margen de acción se redujo a coordinar algunas campañas sociales y programas impulsados por la Presidencia de la República para población vulnerable. Nunca pudo convertirse en una autoridad sobre la ciudad porque el entonces alcalde Gustavo Petro le recordó al Gobierno Nacional una verdad elemental: quien gobierna Bogotá es el alcalde elegido por los ciudadanos, no un delegado del presidente.
Todo indica que ahora ocurrirá exactamente lo mismo. Más allá del entusiasmo con el que se anuncie el cargo o de los discursos sobre una mayor presencia del Gobierno Nacional en la capital, la realidad institucional seguirá siendo la misma. La denominada “gerencia para Bogotá” difícilmente pasará de ser una oficina más en la presidencia sin capacidad real para transformar la administración de la ciudad. Ni siquiera en la llamada “patria milagro” es posible modificar mediante un decreto el reparto constitucional de competencias.
En el fondo, esta designación parece responder más a una estrategia política que a una necesidad administrativa. Se crea un cargo, pero sin herramientas jurídicas para cumplir las expectativas que genera. El riesgo es que termine convirtiéndose en una vitrina para producir titulares, mientras los problemas estructurales de Bogotá continúan siendo responsabilidad exclusiva del alcalde y del Distrito.
Por esa razón, Clara Lucía Sandoval, debería tener claro que tiene una mayor capacidad de incidencia permaneciendo en el Concejo de Bogotá, donde cuenta con facultades de control político, iniciativa normativa y representación ciudadana. Desde allí podría influir realmente en las decisiones de la capital. En cambio, desde la denominada gerencia para Bogotá corre el riesgo de ocupar un cargo con nombre bonito, pero con escasa incidencia real, convirtiéndose en una funcionaria cuya principal función será representar políticamente al Gobierno Nacional en una ciudad que, por mandato constitucional, seguirá siendo gobernada por su alcalde y por nadie más.
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