Yenifer García Valencia, el 15 de agosto, murió durante una sesión de tatuaje a domicilio, luego de que le aplicaron medicamentos para evitar el dolor. Hoy terminar un tatuaje extenso en una sola jornada y sin horas de dolor es una oferta cada vez más visible. En redes sociales, algunos estudios promocionan el uso de cremas anestésicas, “bombas de dolor” y sedaciones, presuntamente, acompañadas por personal médico, pero ninguno advierte los riesgos.
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Según la familia de Yenifer, ella habría recibido varios medicamentos vía intravenosa antes de su muerte. Medicina Legal y la Fiscalía deben determinar qué sustancias le aplicaron y si fue la causa de su fallecimiento. Por su parte, la Secretaría de Salud insiste en que un tatuaje no es un procedimiento médico y no debería incorporar sedaciones ni anestésicos.
Sobre este tema, El Espectador habló con cuatro tatuadores, que coinciden en que estas prácticas han ganado terreno. Todos rechazan la sedación completa en viviendas o estudios, pero discrepan sobre el uso de cremas y otros métodos.
Práctica que gana terreno
Cristian Vesga, tatuador bogotano con cerca de 14 años de experiencia, asegura que los propios artistas o estudios suelen ofrecer estos servicios. “Últimamente se ha visto un gran crecimiento de salas de tatuajes que ofrecen sedaciones completas, bombas de dolor y cremas tópicas. En mi opinión, no debería hacerse”, señaló.
Daniel Mejía, quien lleva ocho años dedicado al tatuaje en Bogotá, comenzó a escuchar sobre sedaciones completas hace aproximadamente año y medio. Después, explica, aparecieron las llamadas “bombas de dolor”. “Cada vez es más común y se hace de manera más informal. Genera curiosidad, porque hay personas a las que les gustan los tatuajes, pero cuyo mayor impedimento es el dolor”, afirmó.
Mejía asegura que ha visto estos procedimientos en convenciones y ha recibido ofertas de supuestas empresas de enfermeros o médicos. Sin embargo, para un cliente resulta difícil comprobar si quienes prestan el servicio tienen la preparación necesaria.
Verónica Lourdes Álvarez Arriagada, tatuadora y propietaria de un estudio, agrega que las redes muestran el resultado “sin dolor”, pero omiten la valoración previa, las contraindicaciones, el cálculo de las dosis y la respuesta ante una emergencia. “Que alguien tenga conocimientos básicos de salud o utilice uniforme y oxígeno no significa que esté capacitado para administrar anestesia”, advirtió.
El dolor también marca el límite
El dolor depende de la zona, la técnica, la duración, el estrés, el cansancio y el umbral de cada persona. Mejía observa señales como temblores, palidez, caída de la tensión o mayor sensibilidad de la piel. Cuando el cuerpo muestra agotamiento, sostiene, el tatuador debe pausar o terminar.
Juan Drako Ortega, tatuador y perforador, agrega que las máquinas, las agujas y la técnica pueden aumentar o reducir el traumatismo. La primera alternativa, afirma, debe ser trabajar con equipos adecuados y dividir los proyectos grandes en varias sesiones. Algunos clientes buscan terminar diseños extensos rápidamente para reducir costos. Ese afán puede prolongar el procedimiento más allá de lo que tolera la persona y su piel. “Si una persona no tolera el dolor, la sesión debe detenerse o dividirse”, resume Álvarez.
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Las cremas dividen al gremio
La mayor diferencia aparece frente a los anestésicos tópicos. Mientras algunos descartan su uso, otros reconocen que los aplican bajo ciertas condiciones. Mejía calcula que entre el 30 % y el 40 % de sus clientes pregunta por cremas. Aunque prefiere trabajar sin ellas, admite que, cuando una persona insiste, le pide que compre y lleve el producto. Lo utiliza únicamente para prolongar un poco la sesión.
“Yo recomiendo no usar nada, porque todo conlleva un riesgo. Las cremas pueden generar reacciones alérgicas, tener un efecto contrario o aumentar el dolor”, explicó. Que el producto lo lleve el cliente no elimina los riesgos ni define quién responde por su aplicación. El propio Mejía reconoce que existen cremas falsificadas o de composición incierta.
Vesga recomienda evitar cremas, sedaciones y bombas de dolor. También sostiene que los anestésicos se consiguen fácilmente en comercios de insumos para tatuajes en Bogotá y pide controlar su venta. Álvarez, por su parte, tampoco permite anestésicos tópicos en su estudio. Le preocupan los productos comprados por internet o sin trazabilidad, pues sus componentes, concentraciones y efectos pueden ser inciertos.
Ortega, en cambio, considera que algunas cremas podrían utilizarse bajo protocolos y con conocimiento de la piel, aunque reconoce que los tatuadores no tienen preparación suficiente para identificar todos sus riesgos. También advierte que, al dejar de sentir dolor, el artista puede insistir sobre un tejido que ya alcanzó su límite. Las respuestas muestran una zona gris: las cremas se normalizaron como una alternativa menor, pero no siempre existe certeza sobre su contenido, procedencia o aplicación.
“El gremio lo sabe”
La Secretaría de Salud sostiene que ni la sedación ni los medicamentos anestésicos deberían incorporarse al servicio. Vesga asegura que el sector conoce esa posición. “El gremio lo sabe, pero generalmente no le importa”, afirmó. Para él, algunos artistas conocen los riesgos y aun así ofrecen estos servicios para responder a la demanda de tatuajes extensos sin dolor.
Mejía considera que la responsabilidad principal recae sobre quien administra los medicamentos y sobre el artista que permite o promociona el procedimiento, aunque el usuario también acepte el riesgo. Ortega pide reconocer esa responsabilidad compartida. Relata que hace unos años una clienta consumió por su cuenta un medicamento durante una sesión y sufrió una descompensación. Él desconocía lo que había tomado hasta la emergencia.
El episodio, dice, demuestra que el tatuador debe preguntar qué productos utilizó el cliente y el usuario lo debe informar. Aun así, el artista controla el espacio, define cuánto prolonga la sesión y decide si permite productos para reducir el dolor.
Un estudio no es una clínica
Ninguno considera seguro realizar una sedación completa en una vivienda, convención o estudio. “Un estudio puede estar preparado para tatuar con medidas de higiene, pero eso no lo convierte en un establecimiento clínico que pueda responder ante una convulsión, una reacción alérgica grave o un paro cardiorrespiratorio”, explicó Álvarez.
Vesga señala que una sedación necesita personal certificado, monitoreo y capacidad inmediata de reacción. Mejía agrega que la formación básica en primeros auxilios permite atender un mareo o un desmayo, pero no una complicación respiratoria o cardíaca.
Ortega sostiene que tendría que realizarse en un espacio clínico habilitado, con anestesiólogo, personal médico y equipos de emergencia. Los demás cuestionan que, incluso bajo esas condiciones, se justifique el riesgo para completar un procedimiento estético. “Un tatuaje no debería costarte la vida”, resumió Mejía.
¿Qué debe cambiar?
Vesga propone controlar la venta de anestésicos; Mejía plantea prohibir sedaciones y bombas de dolor en estudios y convenciones; Ortega reclama mayor formación para artistas y usuarios, y Álvarez pide excluir los productos de composición desconocida. También recomiendan revisar la trayectoria del tatuador, preguntar cómo manejará el dolor, informar cualquier medicamento utilizado y desconfiar de las promesas de procedimientos extensos indoloros.
Cuando el cuerpo llega a su límite, la respuesta no debería ser aumentar una dosis, prolongar la jornada o dormir al cliente. Debería ser parar. El caso de Yenifer obliga a preguntar por qué esta práctica ganó espacio pese a las advertencias, quién controla a quienes la ofrecen y por qué muchos clientes solo conocen sus riesgos cuando ya están frente a la aguja.
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