Bogotá

8 May 2020 - 3:29 a. m.

Taxistas de Bogotá también enfrentan estragos del COVID-19

Es común que tras una jornada vuelvan a casas con menos de lo que ganaban antes. Les alcanza para comer, pero pagar el arriendo, en muchos casos, es imposible. Esta es su realidad.

Laura Ospina Herrera - @LaurisOspina

Las vías de Bogotá están irreconocibles. Los trancones, la contaminación y el ruido desaparecieron desde que la Alcaldía estableció un simulacro de aislamiento. La soledad continuó, en una ciudad caracterizada por un transporte saturado y caótico, cuando el presidente Iván Duque decretó la cuarentena en todo el paíspara contener el contagio del virus SARS-CoV-2. La foto de la capital por estos días es con avenidas casi libres, salvo por algunos carros(particulares y públicos) que transitan al lado de las bicicletas. En un tramo de la carrera Séptima, donde el Distrito dispuso un carril para bicicletas, no se ven más de cinco taxis por el corredor. Cinco, en una ciudad de casi ocho millones de habitantes en la que, por momentos, era complicado conseguir un servicio. Cinco, en una urbe con 52.000 taxis afiliados a 59 empresas.

El distanciamiento social para cuidar la vida trajo su propio afán para el gremio amarillo: la previsible disminución de los servicios y, por ende, la significativa reducción del dinero que llega a sus hogares. Los conductores ahora no solo están preocupados por terminar su jornada laboral con pesos en el bolsillo, sino también por el posible contagio de un virus que ya reporta más de 8.000 casos y cerca de 400 muertes en el país.

Los taxistas están expuestos al contagio, resistiendo y trabajando, a pesar de la mala cara que les hace la realidad. Aunque cada trabajador tiene dificultades, varios coinciden en que tienen la posibilidad de salir y buscar ingresos, pero también en que es complejo cumplir con las responsabilidades. Según comentaron, si antes de la cuarentena producían $190.000, de los cuales se quedaban con $70.000, ahora ganan unos $80.000 de los cuales les queda menos de 40 %.

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José Arenas, taxista hace 20 años, lo explica de esta forma: “Antes transportaba a unos 40 usuarios. Ahora, en un día bueno, hago 10 carreras. Pasé de ganarme $70.000 en una jornada a $20.000 o $30.000, trabajando de 2:00 p. m. a 7:00 p. m. La aplicación está en automático para aceptar servicios, pero no suena hace media hora”.

Otros, para complementar el sueldo diario, realizan otras actividades. Como Freddy Sarria, taxista que por lo general trabaja en Chapinero. Hace 13 años ejerce el oficio y dice que este ha sido el peor momento. “El servicio de taxi bajó, pero estoy trabajando 12 o 14 horas, porque complemento con carreras de Rappi. Solo con el taxi sería complicado porque en ese tiempo me hago $120.000, pero me quedan $30.000 o $40.000”, relata, mientras un rappitendero se sube a su vehículo y le indica una dirección para llevar un mercado.

En su familia, Sarria es el único que percibe algún ingreso. Su esposa e hijo no trabajan. Con un tapabocas cubriéndole la mitad del rostro cuenta que, aunque el dueño del taxi le rebajó $12.000 a la cuota, el acuerdo no soluciona el golpe a sus finanzas. “Hay que buscar qué hacer. Creo que domicilios, es lo único que está dando”, afirma.

El panorama es más gris para José Yesid Mora, un hombre de 46 años que maneja con guantes, habla pausado y en voz baja. Son las 10:00 a. m., Mora lleva cuatro horas de jornada y apenas ha hecho tres carreras, que le dejaron $45.000. Saca los billetes de una gaveta y los muestra, mientras recuerda que es sobreviviente de un cáncer de laringe y que tiene un tubo en el cuello para respirar por cuenta de una traqueostomía.

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Así habló de cómo su vida se transformó con la pandemia: “Después de unas horas de trabajo me voy para la casa porque tengo que cuidar a mi mamá de 90 años. En una semana solo trabajo dos días. No me puedo exponer por mi condición. No hay mucho por hacer, pero se cumple con el deber. Tengo susto porque las personas que pasamos por quimioterapias tenemos bajas defensas. A mí me llega a dar ese virus y no duro dos días”. Añade que sale solo para abastecerse. “Soy el único que genero ingresos en mi casa y para el pago del arriendo toca que esperen. Para comprar la comida voy a Corabastos porque allá la plata alcanza. Solo puedo comer verduras y pescado, pero el pescado no me gusta”, dice.

- ¿Qué dicen sus compañeros sobre la crisis?

- La verdad yo del carro no me bajo. Hago mis $50.000 y me devuelvo para la casa.

- ¿Está intranquilo con la situación?

- La verdad con esto toca tener paciencia y cuidarnos porque qué más vamos a hacer.

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La realidad económica de Ángel Amortegui no se distancia mucho. Maneja taxi hace ocho años y hace un par de meses compró su vehículo. Aunque eso significa que es su jefe y no tiene que dividir el producido, no es mucha la diferencia con quienes sí se deben a un patrón. Es el único que trabaja en su hogar, pero ha salido poco a prestar el servicio y, por tanto, tampoco ha podido pagar el arriendo. Amortegui dice que al final del día recibe una retribución mínima y, al igual que los demás taxistas entrevistados, carga los implementos de limpieza para reducir el riesgo de contagio.

“Mientras trabajo, mi esposa se encarga del cuidado de mi mamá. Son las 11:00 a. m. y este es apenas el segundo servicio desde las 6:00 a. m. Como el trabajo está tan flojo, no he pagado la cuota del carro, cuya factura se venció el 4 de abril. Hay gente que pide que el Gobierno colabore, yo me doy por bien servido desde que me permitan salir a hacerme aunque sea $30.000 diarios y que me aplacen las cuotas del carro”, dice.

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En su taxi lleva gel antibacterial y alcohol, que aplica cuando una persona se sube y baja del carro. Cuando llega a su casa se despoja de su ropa en la entrada, se baña y luego saluda a su esposa. Todos lo hacen porque ninguno se quiere enfermar. Algunos tienen protocolos de protección más estrictos. Por ejemplo, los conductores asociados a la empresa Tax Colombia cuentan con una desinfección del carro con amoniaco, que provee la compañía. Ángel Oviedo, taxista afiliado a la empresa lo relata así: “Se hace la limpieza interna y externa, varias veces en la jornada si se requiere. También nos dieron guantes y tapabocas”.

Aunque ese tipo de medidas, de carácter privado, aminoran el desasosiego de los taxistas, hay otras de carácter público que les molestan. Es el caso de la determinación que los obliga a aceptar únicamente carreras solicitadas por medio de llamadas o aplicaciones. “No todo el mundo tiene acceso a un smartphone o a datos. Los más adultos no saben cómo utilizarlo”, dice Oviedo, y reitera que le parece injusto que les impongan comparendos por no hacer caso a la medida. “Le solicitamos a la Alcaldía y al Gobierno que nos permitan recoger gente en la calle. Necesitan ir a hacer mercado o ir al médico y estamos prestando un servicio de calidad con todas las medidas”.

Según la Secretaría de Movilidad, del 25 de marzo al 5 de mayo, la Policía de Tránsito impuso 4.046 comparendos a taxistas por diferentes infracciones en medio de la coyuntura. Sobre la medida y el resultado de la misma, Movilidad manifiesta que ello responde a la necesidad de recolectar datos sobre pasajeros para armar el mapa epidemiológico, en caso de un positivo para COVID-19.

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En este contexto de restricciones, y pocos clientes, labora un gremio que vive del día a día y al que, como a otros, le pesa la incertidumbre de los próximos meses. Sin auxilios estatales, pues no pertenecen a los grupos vulnerables, estos conductores están a la espera de una respuesta, un incentivo o un programa que les permita resistir.

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