La capital dio un paso clave en uno de los proyectos patrimoniales y de memoria histórica más discutidos de los últimos años: la restauración de los columbarios del Cementerio Distrital Central y la renovación de la obra Auras Anónimas, de la artista Beatriz González.
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El proceso se adjudicó el 6 de marzo, tras la culminación de la licitación pública que tiene por objeto la consolidación estructural de las cuatro edificaciones funerarias y la recuperación de la intervención artística que las cubre, una de las obras de arte público más emblemáticas del continente en cuanto a memoria histórica y reconocimiento de víctimas se refiere.
Esta semana el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural (IDPC) anunció que la adjudicación quedó en manos del Consorcio Virrey Central, que obtuvo el 100 % de la calificación dentro del proceso de evaluación técnica y financiera. El proyecto cuenta con un presupuesto cercano a $14.430 millones y un plazo de ejecución de 18 meses, una vez se firme el acta de inicio.
De acuerdo con el Instituto, el proceso despertó un amplio interés en el sector de restauración patrimonial: 38 oferentes participaron y 32 quedaron habilitados tras la revisión de requisitos técnicos y jurídicos.
Para la administración distrital, la intervención busca garantizar la preservación de un lugar que durante décadas ha condensado múltiples memorias sobre la ciudad. El alcalde de Bogotá, Carlos Fernando Galán, señaló que la decisión representa un paso importante para la recuperación de este espacio.
“El compromiso de la ciudad es recuperar los columbarios como un lugar de memoria y reflexión. El proceso se adelantó con transparencia y con estándares técnicos rigurosos, para garantizar que la intervención esté a la altura del valor simbólico de este espacio”, afirmó el mandatario.
Un monumento centenario enclavado en el centro de la ciudad moderna
Los columbarios forman parte del complejo funerario ubicado sobre la calle 26. Su origen se remonta a finales del siglo XVIII, cuando en 1791 el virrey José Manuel de Ezpeleta ordenó la construcción de un cementerio en las afueras de la entonces Santafé.
Con el crecimiento de la ciudad y la consolidación del Cementerio Central durante el siglo XIX, los columbarios se convirtieron en el lugar destinado a quienes no podían costear lotes funerarios privados. Allí terminaron no solo personas pobres, sino también mendigos, víctimas de epidemias y, con el paso del tiempo, muertos de episodios violentos, que marcaron la historia del país.
Entre ellos, los fallecidos durante el Bogotazo y, décadas después, víctimas anónimas del conflicto armado colombiano. Crónicas de la época dan cuenta de que era tal la cantidad de muertos durante el estallido del Bogotazo, que a los lotes del cementerio llegaban volquetas cargadas de cuerpos ante la desbordada capacidad funeraria de una ciudad
Así, en contraste con los mausoleos de mármol y las tumbas monumentales del Cementerio Central, los columbarios terminaron representando la memoria funeraria de los sectores más vulnerables.
Con el paso del tiempo, el conjunto también dio origen a oficios y dinámicas económicas vinculadas a este mundo: marmolerías, floristerías, venta de velas y pequeños comercios que, durante décadas, funcionaron alrededor del cementerio. A comienzos del siglo XXI, sin embargo, el destino de los columbarios entró en debate.
Un patrimonio en disputa
En 2003 el conjunto funerario del barrio Santafé fue declarado Bien de Interés Cultural, reconocimiento que resaltaba su valor histórico y simbólico dentro de la ciudad. La declaratoria señalaba que el conjunto era una pieza urbana única en Bogotá y en el país, al concentrar una parte importante de la memoria social e histórica.
Sin embargo, distintos planes urbanísticos posteriores plantearon la posibilidad de transformar el sector como parte del desarrollo del eje urbano de la calle 26. En ese contexto surgió el Plan Maestro del Parque Urbano Calle 26, que incluyó la creación del Parque El Renacimiento y del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, inaugurado en 2010.
El debate sobre el destino de los columbarios se intensificó cuando algunas propuestas plantearon su demolición parcial o total para ampliar el parque. Incluso en febrero de 2025 el exalcalde Enrique Peñalosa cuestionó la destinación de recursos para la recuperación del conjunto funerario y calificó la intervención como una decisión “clasista”.
Según el exmandatario, los recursos públicos deberían priorizar la construcción de un parque con canchas deportivas y juegos infantiles, destinado como espacio público para la recreación de los habitantes del sector de Los Mártires, en lugar de mantener las antiguas estructuras funerarias.
Las declaraciones reactivaron una discusión alrededor del futuro de los columbarios: si el lugar debe conservarse como un espacio de memoria y patrimonio cultural o si debería transformarse como parte de los procesos de renovación urbana del centro de la ciudad. El resultado de esas tensiones fue una solución intermedia: preservar las estructuras y resignificarlas a través de una intervención artística, que conecte el espacio con las memorias de la violencia en Colombia.
Arte público, memoria del conflicto
Si la restauración arquitectónica busca estabilizar las estructuras de los columbarios, el proyecto también tiene una dimensión simbólica fundamental: la renovación de Auras Anónimas, la intervención de la artista Beatriz González, que desde 2009 transformó el antiguo “cementerio de pobres” en un monumento de memoria pública.
La obra ocupa 8.957 nichos funerarios de los columbarios. Cada uno fue cubierto con placas serigráficas que reproducen la silueta de hombres cargando cadáveres, imágenes tomadas de fotografías de prensa sobre la violencia en Colombia.
La repetición insistente de esa escena construye una imagen colectiva, que remite a uno de los gestos más recurrentes en la historia reciente del país, marcada por un derramamiento de sangre que no cesa: el traslado de los muertos de la guerra por familiares, vecinos o campesinos.
Con el paso del tiempo, la obra terminó convirtiéndose en una de las intervenciones de arte público más reconocidas del país, pues además de su valor simbólico, su ubicación privilegiada sobre la calle 26, el corredor de entrada al centro de la capital del país, definen su importancia en el paisaje urbano de la ciudad.
Sin embargo, la exposición constante a la intemperie también provocó el deterioro progresivo de las piezas. Estudios técnicos del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural identificaron decoloración de las imágenes, corrosión en soportes metálicos y desprendimientos de pigmento.
La intervención prevista se contempla la reproducción completa de las placas, manteniendo el diseño original de la obra, pero utilizando materiales más resistentes a la radiación solar, la humedad y los cambios de temperatura. La propia Beatriz González, fallecida en enero de este año, participó en el proceso de reproducción, supervisando la fidelidad estética de las nuevas piezas.
“Para nosotros era fundamental que la maestra Beatriz González pudiera acompañar este proceso. Afortunadamente, la renovación comenzó cuando ella aún estaba viva, lo que permitió que participara directamente en las decisiones sobre su reproducción y conservación”, explica Diego Parra, director del IDPC.
Antes de reinstalar las placas, el proyecto contempla el reforzamiento estructural de los columbarios, la recuperación de cubiertas y el control de humedades que durante años afectaron tanto la arquitectura como la obra.
Una vez finalizadas estas obras, se realizará la instalación gradual de las nuevas placas en los nichos, respetando el patrón visual original que recorre las fachadas del conjunto.
Debido a la escala del proyecto —casi nueve mil piezas— el montaje se desarrollará de manera progresiva. Además, el proyecto incluye estrategias de conservación preventiva para evitar futuros deterioros, con monitoreos periódicos y mantenimiento programado.
Un lugar donde se cruzan distintas memorias
Hoy los columbarios hacen parte de un corredor simbólico que conecta el Cementerio Central, el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación y el Parque El Renacimiento.
En ese eje urbano convergen distintas capas de la historia de la ciudad: los rituales funerarios del siglo XIX, las memorias del conflicto armado contemporáneo y las discusiones actuales sobre cómo las ciudades recuerdan su pasado.
La intervención que ahora comienza busca garantizar que ese diálogo entre arquitectura, arte y memoria pueda mantenerse en el tiempo. Más allá de la restauración física de los edificios y de las miles de placas que componen Auras Anónimas, el proyecto reabre una discusión más amplia sobre el papel del patrimonio en la construcción de memoria colectiva.
Incluso como parte de los estudios previos al proyecto, se realizaron exploraciones técnicas en el área de los columbarios mediante tecnologías de prospección no invasiva. Según explicó el IDPC, los análisis con escaneo láser y otras herramientas permitieron detectar indicios de más restos humanos bajo el subsuelo del antiguo cementerio. El hallazgo confirmó que el lugar conserva capas funerarias adicionales, por lo que las obras deberán realizarse con acompañamiento arqueológico para documentar y proteger posibles descubrimientos durante la intervención.
Los columbarios recuerdan que la historia de Bogotá no solo se escribe en monumentos y mausoleos. También se construye en lugares donde reposan las huellas de quienes vivieron y murieron en los márgenes de la ciudad. Y donde, todavía hoy, la memoria del duelo y de la violencia sigue buscando un lugar en el espacio público.
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