Bogotá

Muestra sobre la transformación urbana

31 Mar 2018 - 2:00 a. m.

Una exposición para mirar a Bogotá desde “arriba”

Los planos más antiguos, el crecimiento urbano, la transformación de la nomenclatura de las calles, los cerros y su mirada divina, son algunos de los elementos que conforman la muestra “Bogotá desde arriba”, que se encuentra en el Museo de Bogotá.

Yorley Ruiz M / yorley.ruizm@gmail.com

Cotidianamente miramos la ciudad desde los lugares que recorremos, reduciéndola a esos trayectos y olvidando, tal vez, que cada uno hace parte de la masa que compone sus casi 8 millones de habitantes; que el barrio en el que vivimos es solo una porción de los 1.587 kilómetros cuadrados que comprende su territorio, y que a pesar de que Bogotá es una de las ciudades más altas del mundo, al estar a 2.640 metros del nivel del mar, es la más poblada a esa altura.

“Casi nunca vemos la ciudad desde arriba, ni descubrimos sus facetas. El museo es la ciudad”, expresó el secretario de Cultura y Patrimonio, Mauricio Uribe, al presentar la exposición “De la tierra al cielo, Bogotá desde arriba”, en el Museo de Bogotá, en el centro de la ciudad. La muestra contempla diferentes espacios, a través de las cuales el espectador podrá mirar la urbe desde diferentes perspectivas, alturas, dimensiones y épocas.

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Lo primero que verá será una línea horizontal que ubica la altura de 30 ciudades del mundo con respecto al nivel del mar. Luego, en la primera sala podrá ver las cartografías más antiguas de Bogotá, los primeros planos y la ubicación de sus primeros pobladores. “Tenemos muchos arriba: fotografía, cartografía. En esta exposición comenzamos por el suelo. En esta primera sala se muestran las primeras técnicas topográficas. La mayoría de ciudades tienen planos desde los años 1600, pero en Bogotá, el primer plano que conocemos es de 1791, a finales de la colonia. No tenemos una representación de la ciudad antes de eso”, señaló la curadora de la exposición, María Camila Gracia.

Desarrollo

Los planos con los que cuenta la ciudad fueron de los pocos documentos que se rescataron del archivo después del incendio de los almacenes Arrubla en 1900, fecha en la que Bogotá prácticamente se quedó sin memoria.

Cuando se avanza en la exposición, la segunda sala muestra cómo en 1900 avanzaba el desarrollo de la capital. Ese año se dio una discusión para definir si se podía modernizar la ciudad y construir un acueducto nuevo. Pero hacerlo implicaba realizar nuevos planos, que solo se hicieron en 1930. Mientras tanto, entre los años 1920 y 1940, la ciudad comenzó a crecer por ‘parches’, con un aumento poblacional irregular, con casas sin agua y sin luz”, describió la curadora.

Debido a la falta de fotografía y de aviones en el país, los planos se realizaban midiendo calle por calle. La representación de los ríos y de los “vacíos” en los mapas reflejaba incluso la concepción política de la ciudad, por ello, eran firmados por los ingenieros o los militares que los hacían. Eran obras de arte, porque además eran hechos a mano, línea por línea, con una exactitud asombrosa. Lograban una mirada cenital desde abajo.

“Uno de los retos era mantener el plano actualizado. Se hacían borradores hasta confirmar todo. La nomenclatura de la ciudad ha sido otro tema clave, pues al principio la gente se guiaba por los nombres populares de las calles como ‘la calle de la fatiga’ o ‘la calle de los amigos’; luego por nombres de próceres, como la Plaza de Bolívar, hasta llegar a una nomenclatura cartesiana, por números”, relató García.

Más alto

A medida que se avanza en la exposición, la mirada comienza a ascender. Se hace una comparación de los edificios más altos de la ciudad con los más altos del mundo, partiendo desde el observatorio astronómico construido en 1803, que era de cuatro pisos, lo cual era toda una novedad para la época, pues la mayoría de casas eran de un solo nivel. Desde allí, se veía un “mar de tejas”.

Desde entonces comenzaron las construcciones de altura. En 1823 se edificó la Catedral Primada; en 1960, el edificio del Banco de Bogotá, con 22 pisos; en 1969, el edificio Avianca, con 41 pisos; en 1979 la Torre Colpatria, con 50 pisos; para el 2016, la Torre B de Bacatá, con 67 pisos, y próximamente el edificio Torres de Atrío, que está en construcción y tendrá 59 pisos. “En cada momento ha habido lo que es más alto. En muchas ciudades del mundo esto es sinónimo de progreso. En Bogotá no tenemos interés de construir un edificio más alto que el Bacatá, porque los rascacielos tapan la vista de la ciudad y el paisaje urbano”, aclaró el secretario Uribe.

En otra zona de la exposición se muestra la evolución de la cartografía, gracias a la llegada de los primeros aviones y de la fotografía. Con estas herramientas la elaboración de los planos se hicieron más rápidos y ya no se hacía necesario contratar firmas extranjeras. Quien se encargaba de esa labor era el Instituto Gráfico Militar, que luego fue reemplazado por el Instituto Geográfico Agustín Codazzi, que desde 1935 se encarga de la cartografía de las ciudades y mantenerlas actualizadas.

Para tener una panorámica de la capital desde los barrios más altos, la exposición reservó un espacio para que el visitante pueda apreciar fotografías tomadas desde sectores como Bella Vista, Miraflores, Los Cerros, Lucero Alto, desde donde se adquiere diferentes rostros de la urbe.

Las críticas a la ciudad y la aparición de la caricaturas, es otra perspectiva que se suma al recorrido, pues le permite al visitante documentarse sobre el impacto que tuvo el acelerado crecimiento de la ciudad después del Bogotazo y “el descubrimiento” del sur de la ciudad, entre otros. “Bogotá era representada como una mujer que comenzaba a engordarse, llena de contrastes entre lo que se planeaba y lo que se hacía”, agregó García.

Por último, después de haber hecho un acercamiento a las panorámicas de Bogotá a través de drones y georreferenciación que aportan las nuevas tecnologías, el visitante se topa con la mirada suprema, la mirada divina que se esconde en los cerros más altos de la ciudad, Monserrate y Guadalupe.

“El arriba desde un sentido espiritual ha dejado huellas en la historia de las ciudades. En el caso de Bogotá, unos cerros llenos de vírgenes que miran hacia la urbe, unas cimas de montañas coronadas por iglesias y una arquitectura religiosa que nunca ha tenido que competir con los rascacielos. Yendo más allá, la huella más notoria está en vivir bajo la idea de que Dios nos mira desde arriba, que nos vigila pero también nos cuida”, se lee en la última sala de la muestra, en cuyas paredes se ubican vírgenes y templos representativos de la ciudad. Una exposición que les permite a los habitantes reconocer su territorio, su desarrollo y los rostros que se dibujan desde las alturas.


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