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Los humanos regresan a la Luna

Este miércoles 1° de abril despegó la misión Artemis II desde el Kennedy Space Center, en Florida (Estados Unidos). Lo hizo a las 5:35 p. m. (hora en Colombia), con cuatro astronautas a bordo, entre ellos la primera mujer que viajará a la Luna. Si no hay mayores contratiempos, se espera que regresen a la Tierra en nueve días.

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Juan Diego Soler*
02 de abril de 2026 - 12:08 p. m.
Se trata de la primera vez que astronautas vuelan en un cohete SLS, el más poderoso de la historia de la NASA.EFE/EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
Se trata de la primera vez que astronautas vuelan en un cohete SLS, el más poderoso de la historia de la NASA.EFE/EPA/CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
Foto: EFE - CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
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En estos momentos, cuatro humanos dentro de un cascarón de aluminio se alistan para aventurarse más lejos de la Tierra que cualquier otro vehículo tripulado en más de medio siglo. Para un observador en la Tierra, se mueven doce veces más rápido que una bala disparada por un fusil, más de treinta veces más rápido que el sonido, pero ellos no lo perciben mientras realizan maniobras para verificar el estado de su cápsula espacial. Confinados en un habitáculo apenas más grande que el espacio ocupado por una camioneta todoterreno, comprueban el funcionamiento de los sistemas que regulan la temperatura y la humedad y les suministran aire para respirar y agua para beber. Si los sistemas de alimentación de energía y control funcionan correctamente, algunos de ellos incluso podrán recuperar algunas horas de sueño antes de la maniobra crucial que los pondrá rumbo a la Luna.

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La última vez que los humanos visitaron la Luna, en diciembre de 1972, los Estados Unidos y la Unión Soviética seguían enzarzados en una rivalidad que se extendía por todo el planeta. Estados Unidos había ganado la carrera espacial tras poner a los primeros humanos en la Luna, en julio de 1969 con la misión Apollo XI, un hito insuperable a pesar de que los soviéticos se les hubieran adelantado poniendo el primer satélite, el primer ser vivo y la primera persona fuera de la atmósfera terrestre.

Lo invitamos a leer: Artemis II, el regreso tripulado hacia la Luna, en imágenes.

Sin embargo, el futuro deparaba enormes desafíos para la potencia norteamericana. Su intervención militar en Vietnam se había empantanado y el presidente Richard Nixon había iniciado el retiro de las tropas. Unos pocos meses después de último alunizaje, el apoyo militar de Estados Unidos y otros países occidentales a Israel, tras un ataque sorpresa de Egipto y Siria durante la festividad judía del Yom Kippur, provocó una reacción de las naciones árabes productoras de petróleo (principalmente Arabia Saudí, Irak y Kuwait), que, usando el precio como herramienta de presión, desencadenó la inflación en las potencias industriales y una desaceleración económica mundial.

La historia no se repite, pero rima, como dice el adagio atribuido erróneamente a Mark Twain. Pero hoy, cuando la intervención militar de Estados Unidos e Israel en Irán mantiene en suspenso a la economía mundial por la interrupción en el suministro de gas y petróleo a través del Estrecho de Ormuz, los humanos buscan regresar a la Luna. Sin embargo, a diferencia de la travesía del Apollo XVII, el vuelo de la misión Artemis II rumbo a nuestro satélite natural no es el cierre de un capítulo de la carrera espacial sino el inicio de otra mucho más ambiciosa.

En diciembre de 2017, al final de su primer año de mandato, el presidente estadounidense Donald Trump presentó en una ceremonia el pilar de su política espacial. “La directiva que firmo hoy reorientará el programa espacial estadounidense hacia la exploración y el descubrimiento tripulados […] Esta vez, no solo plantaremos nuestra bandera y dejaremos nuestra huella, sino que sentaremos las bases para una futura misión a Marte. Y quizá, algún día, a muchos otros mundos más allá”.

Esa iniciativa revivía varios componentes importantes de programas y misiones de la NASA que habían sido cancelados por otras administraciones e incorporaba iniciativas del sector privado para reducir los prohibitivos costos que llevaron a la descontinuación del programa Apollo y a la finalización de los vuelos del Transbordador Espacial. Era también una movida para poner de nuevo a los Estados Unidos a la vanguardia de la exploración espacial ante la aparición de una potencia que comprometía su supremacía tecnológica.

El programa espacial de China se remonta a la década de 1950 con el desarrollo de sus misiles balísticos y cohetes, motivado por las tensiones con Estados Unidos y luego con la Unión Soviética. En 1970, China fue la quinta nación en poner un satélite en órbita. Para el año 2003, China se convirtió en el tercer país en enviar seres humanos al espacio por sus propios medios, después de la Unión Soviética, cuyo desarrollo espacial fue heredado por la Federación Rusa, y los Estados Unidos. Durante las primeras décadas del siglo XXI, el programa espacial chino logró la primera caminata espacial de un taikonauta (equivalente chino al termino astronauta o cosmonauta), instaló su primer laboratorio espacial (Tiangong-1) y completó su primer acoplamiento tripulado en órbita, incluyendo a la primera mujer taikonauta (Liu Yang). China regresó la Luna a los titulares de prensa en 2013, cuando su sonda Chang’e 3 completó el primer alunizaje controlado de una sonda no tripulada en 37 años, un hito tecnológico que no pasó desapercibido y devolvió a los Estados Unidos el interés que parecía haberse desvanecido tras sus seis alunizajes tripulados.

La Luna tiene una superficie comparable al territorio de África. La mayor parte es un yermo cubierto por un fino polvo de regolito, el mineral resultante de miles de millones de años de impactos de meteoritos. Los depósitos de agua congelada que podría sostener cualquier actividad humana en la Luna son limitados. Su control es crucial para cualquier potencia que considere la posibilidad de extraer el helio, el titanio o los demás minerales valiosos que se pueden encontrar en la Luna o usar el satélite como una base para la exploración tripulada de otras regiones del Sistema Solar. Esa posibilidad, que parece sacada de la ciencia ficción, tiene una manifestación concreta en los Acuerdos Artemis, un conjunto de principios no vinculantes impulsado por la NASA y el Departamento de Estado de los Estados Unidos desde 2020 para orientar la exploración y el uso civil del espacio, incluyendo la demarcación de zonas de seguridad para las operaciones lunares y la extracción de recursos. Entre sus más de 60 países signatarios se encuentran Colombia. Por su parte, la Administración Espacial Nacional China (CNSA) y la Agencia Espacial Federal de Rusia (Roscosmos) promueven el proyecto de la Estación Internacional de Investigación Lunar, respaldado por otras 11 naciones, entre ellas Venezuela y Nicaragua. Altos funcionarios de las naciones que lideran estos proyectos niegan que se traten de pasos hacia una nueva carrera espacial.

La mayor cantidad de agua en la Luna se encuentra en sus polos, atrapada en el hielo acumulado en el fondo de profundos cráteres que se mantienen constantemente resguardados de la luz del Sol. El polo sur de la Luna, específicamente el cráter Shackleton, nombrado en honor al explorador antártico Ernest Shackleton, es el objetivo de las siguientes misiones Artemis, que esperan posar un vehículo tripulado en la superficie lunar a partir de 2028. El agua en la Luna no solamente puede satisfacer las necesidades de los exploradores lunares. Sus átomos de hidrógeno y oxígeno son la materia prima fundamental para el combustible de los cohetes que lleven a los humanos aún más lejos. El helio capturado en las capas de regolito protegido del viento solar promete ser el combustible para reactores de fusión nuclear que por ahora solamente funcionan en el papel (El precio actual de mercado del helio-3 es de aproximadamente 20 millones de dólares por kilogramo), pero que podrían dotar de energía ilimitada a las primeras colonias humanas fuera de nuestro planeta. Pero esos sueños espaciales dependen de la maniobra crucial que se desarrollará durante las próximas horas.

El lanzamiento de Artemis II ya representa un hito en la exploración espacial. El Space Launch System (SLS), con su bloque central color naranja que incorporó los motores RS-25 usados en el Transbordador Espacial y sus cohetes de combustible solido de color blanco con el logo clásico de NASA bajo el número 250 para marcar los dos siglos y medio desde la independencia de los Estados Unidos, es el cohete tripulado más potente utilizado en la historia de la humanidad. Sus tripulantes representan la élite de las capacidades física, técnicas e intelectuales de nuestra especie.

Reid Wiseman, el comandante de la misión, es piloto de pruebas de la marina estadounidense. Perdió a su esposa a causa del cáncer en 2020 y ha criado solo a sus dos hijas adolescentes. Christina Koch es física, ingeniera eléctrica y tras doce años como astronauta se convertirá en la primera mujer en viajar a la Luna. Victor Glover es piloto de pruebas con maestría en ingeniería de ensayos de vuelo, ingeniería de sistemas y arte y ciencia de las operaciones militares, tras más de una década como astronauta se convertirá en el primer afroamericano en una misión lunar. Completa el grupo Jeremy Hansen, piloto de la Fuerza Aérea Canadiense, que a pesar de sus 16 años de entrenamiento como astronauta viajará al espacio por primera vez para convertirse en el primer no estadounidense en viajar a la Luna. Esas tremendas calificaciones y años de preparación están a prueba en estos momentos ante la naturaleza, un juez que desconoce títulos y condecoraciones.

A lo largo del día de hoy, la cápsula Orión que transporta los cuatro astronautas iniciará la maniobra crucial para su viaje hacia la Luna. En el momento oportuno, la etapa superior del cohete encenderá su motor durante 15 minutos para acelerar el vehículo y alargar su órbita hasta que se cruce con la de la Luna. No es un disparo en línea recta, es más bien una órbita alrededor de la Tierra que llegará hasta la Luna en aproximadamente tres días. A diferencia de las misiones Apolo, Artemis II no encenderá sus motores para frenar al llegar al satélite y entrar en su órbita. Esta misión está diseñada para sobrevolar la Luna, permitiendo que la gravedad lunar modifique su trayectoria y ponga la cápsula en la trayectoria de regreso a la Tierra. Aún a 7,400 kilómetros de la superficie de la Luna, los astronautas se convertirán en laboratorios vivientes de condiciones de gravidez y radiación que ningún humano ha experimentado en 54 años, anticipando los rigores a los que se expondrán los futuros exploradores del Sistema Solar y probando los sistemas que permitirán futuras misiones tripuladas.

Si la misión transcurre sin eventualidades y se mantiene dentro de su programa, algo improbable para una travesía en la que se comprueba tantos sistemas por primera vez, Artemis II emergerá por detrás de la Luna después del mediodía de domingo 5 de abril (hora colombiana). Será un momento crucial para la misión, cuyas comunicaciones serán temporalmente bloqueadas por la Luna mientras sobrevuelan el lado lejano. Cuando las ondas de radio confirmando el éxito de la maniobra lleguen nuevamente a la Tierra, los ojos de los astronautas verán nuevamente nuestro planeta por encima del borde gris de la superficie lunar, repitiendo la célebre imagen capturada durante la misión Apollo 8 en diciembre de 1968: un globo azulado en medio del fondo negro del espacio, el único lugar del universo en que nuestra puede vivir y prosperar. El éxito de esta misión y las imágenes que trasmitan tienen el potencial de impulsar el interés por el espacio e inspirar a una nueva generación de humanos que encuentren en la ciencia y la tecnología soluciones a los problemas que aquejan la sociedad humana y reviertan el deterioro del mundo natural que garantiza la sobrevivencia de nuestra especie. Con algo de suerte, algunos más recordarán que alguna vez prometimos llegar tan lejos en paz y para toda la humanidad.

*Doctor en Astronomía y Astrofísica de la Universidad de Toronto, Canadá. Investigador científico del Departamento de Astronomía de la Universidad de Viena, Austria.

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Por Juan Diego Soler*

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