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29 Jul 2021 - 5:13 p. m.

Así es el primer laboratorio nivel 3 para estudiar virus en Colombia

La Universidad Javeriana construyó un laboratorio donde se podrá realizar investigación de virus altamente infecciosos, como el SARS-CoV-2 y la leucosis bovina. Espera abrir los primeros días de agosto.
Paula Andrea Casas

Paula Andrea Casas

Periodista Vivir

En el cuarto piso de la Facultad de Odontología de la Universidad Javeriana, en Bogotá, está el primer laboratorio universitario que se encargará de estudiar los virus zoonóticos, como el de la leucosis bovina, que es un virus que causa una enfermedad que afecta al ganado y se asocia con el cáncer de seno en las mujeres, y, por supuesto, el SARS-CoV-2, que produce el COVID-19. (Lea: La Universidad de Cartagena cuenta con nuevos laboratorios de investigación)

Este laboratorio, en el que también se podrá monitorear y entender los virus zoonóticos emergentes y reemergentes, es el primero con un nivel de contención muy elevado clasificado como de seguridad biológica (BSL3) que entra en funcionamiento en Colombia. Los laboratorios a nivel mundial fueron clasificados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) según el nivel de riesgo que representen los microorganismos que se investigan en este espacio.

Los que se ubican en el nivel 3 se encargan de estudiar aquellos virus que aún no tienen tratamiento, son poco conocidos y tienen importante grado en la mortalidad, así como lo ha mostrado el SARS-CoV-2 o el del Ébola. Estos espacios, según los parámetros de la OMS, evitan la dispersión de aerosoles, donde pueden ir los patógenos que se estudian allí y que llegarían a ser altamente transmisibles.

En estas cabinas de seguridad biológica se trabaja con los virus “vivos”. Aquí se pueden realizar secuenciación genética, por ejemplo.
En estas cabinas de seguridad biológica se trabaja con los virus “vivos”. Aquí se pueden realizar secuenciación genética, por ejemplo.
Foto: Gustavo Torrijos Zuluaga

Por eso, en este espacio se debe emplear tecnología especializada y, además, los investigadores deben haber recibido un curso relacionado en la gestión de los riesgos biológicos. Adecuar un espacio con los implementos necesarios y con los filtros de aire estipulados por la OMS y los Institutos Nacional de Salud de Estados Unidos es demasiado costoso. Para el caso del laboratorio de la Universidad Javeriana, el primero en estar listo del país, se invirtieron cerca de $1.300 millones.

“Con el problema del COVID-19 el gobierno colombiano se dio cuenta de la poca infraestructura con la que contaba en cuestión de laboratorios para manejar virus patógenos zoonóticos, por eso abrió una gran convocatoria y poder construir laboratorios de biocontención nivel 3”, asegura María Fernanda Gutiérrez, investigadora principal del proyecto. La iniciativa fue liderada por el Ministerio de Ciencia, a través del Fondo de Ciencia, Tecnología e Innovación del Sistema General de Regalías.

La iniciativa de la Javeriana estuvo liderado por las facultades de Ciencias y de Odontología, en donde se venía estudiando en los últimos años las enfermedades de importancia oral y cómo es su impacto con las enfermedades sistémicas. “Entre ellas está por ejemplo la enfermedad periodontal, que tienen bacterias periodontopatógenas y, que al irse por la circulación, puede incidir en otras patologías sistémicas, como la diabetes”, dice Nelly Roa, directora del Centro de Investigación Odontológica. (Puede leer: El laboratorio que produce la Ivermectina niega que funcione contra el COVID-19)

El COVID-19, al ser una enfermedad que se transmite por aerosoles, tiene dos “puertas” de entrada: la nasal y la oral. “Las células de la mucosa incuban el virus y son fundamentales para determinar si una persona es positiva o no, así mismo pasa con las de la lengua y el paladar”, asegura Roa. “De ahí radica la importancia de que nosotros como odontólogos investiguemos ahora como controlar este virus dado que trabajamos en cavidad oral, donde se generan muchos aerosoles”, añade.

¿Cómo funciona el laboratorio?

Para entrar a este laboratorio hay que pasar una serie de espacios. En la puerta de entrada hay un monitor en el que se registran varios datos, como la temperatura del interior, la presión del aire y el estado de cada una de las divisiones del lugar. Estas separaciones se clasifican por colores, si están en verde autoriza el paso; cuando el color amarillo resalta significa que algo no está bien, pero que no genera peligro para entrar; y si la pantalla es roja nadie puede ingresar a la zona. Alerta de un peligro.

Una vez el tablero esté en verde, las personas autorizadas pueden ingresar. Al pasar la primera puerta se encuentran unos casilleros para dejar todas las pertenencias, luego, deben seguir a unas duchas, que solo se utilizan cuando se haya registrado posibles fugas de material contaminado. Una vez se pasen, los investigadores llegan al lugar de trabajo, donde deben colocarse un traje especial, con un casco de plástico, botas de caucho blancas, un par de guantes hasta el codo y un motor con un sistema desde donde se suministra oxígeno. Los ocho trajes que tiene este laboratorio cuestan $8 millones.

Al ponerse el traje, las personas ya podrán ingresar al laboratorio, que para que entre en funcionamiento debe cumplir dos requisitos: tener un oficial y un comité de bioseguridad. “El actual oficial está certificado a nivel internacional y es el encargado de monitorear 24/7 este lugar para asegurarse que nada se vaya a salir de control. Este comité revisa que el proyecto cuente con un patógeno clasificado para ser de BSL3”, señala Gutiérrez. (Le puede interesar: Liberación de patentes de vacuna anticovid: esto dicen la UE y los laboratorios)

El encargado actual de monitorear 24/7 este laboratorio y de velar porque todas las normas de bioseguridad se cumplan es Sebastián Velandia, asistente de investigación del proyecto de regalías. Él conoce cada rincón del laboratorio y los detalles del funcionamiento de sus equipos. “El corazón del laboratorio es el sistema de aire, porque todo está basado en cómo las presiones se mantienen negativas, es decir, hacemos que el aire vaya de afuera hacia adentro, lo succionamos para que salga por los filtros”, cuenta Velandia.

Con este manejo del aire, se consigue que la presión se convierta en negativa cada vez que se pasa una puerta. Por eso, ninguna puerta se puede abrir sin que la otra esté completamente cerrada. “No importa tanto que el aire dentro del laboratorio esté limpio porque estamos siempre protegidos con los trajes, lo relevante es que el aire que salga al ambiente no esté contaminado y no contamine a las personas”, dice Velandia.

Estos filtros garantizan que si se presenta un accidente, como que se riegue un frasco con virus, el aire salga limpio. El proceso se hace por medio de unas turbinas y unos ventiladores, que están ubicados dos pisos arriba, justo en el pasillo que conecta a la universidad con el Hospital San Ignacio. “Estos ductos es lo más asombroso del laboratorio. Está perfectamente diseñado para que las investigaciones no representen un riesgo”, aclara Gutiérrez. (Vea también: Laboratorio en Wuhan: ¿Origen del coronavirus?)

Otro de los instrumentos fundamentales son las cabinas de seguridad biológica, que cuentan con un sistema de aire propio y unos filtros hepa - que se encargan de succionar todos los aerosoles que se originen allí y el aire salga limpio -. “Aquí es donde se trabaja con los virus “vivos” y me mantiene el espacio estéril. Se pueden realizar secuenciación genética, por ejemplo”, sostiene Velandia, quien aclara que por seguridad biológica en el lugar solo pueden estar dos personas aparte de él.

Elaborar vacunas y desarrollar tratamientos, el futuro del laboratorio

Al mes, el mantenimiento puede costar entre $10 y $12 millones, por eso los investigadores están buscando alternativas para que sea autosostenible. Gutiérrez explica que la importancia de conservar un laboratorio BSL3 radica en que este es el lugar en el que se pueden desarrollar vacunas u otras actividades que requieren grandes cantidades de virus vivo. “La vacuna de Sinovac, por ejemplo, se basa en unos virus que están completos y que inactivaron. Cuando se necesita mucha cantidad de un virus patógeno se necesita trabajar en uno de estos laboratorios”, asegura.

Además, como cuenta Roa, los expertos buscan conocer las variantes que puede haber de los diferentes virus a nivel regional, por ejemplo Bogotá, Cundinamarca, Chocó. “Les vamos a tomar muestras de saliva, purificamos el virus, hacemos una secuenciación genómica y determinamos que tipo de virus es y a futuro podemos crear terapias dirigidas a nivel regional contra las cepas virales que son más comunes en esa zona”.

También buscan crear un banco de células y virus de distintas cepas. “La idea es ir armando con los que vamos a ir descubriendo dentro de la población para que no se repita algo como lo del COVID-19”, confiesa Velandia. La idea es que el laboratorio comience a funcionar la primera semana de agosto, y aunque inicialmente estudiarán el virus SARS-CoV-2 y la leucosis bovina, esperan poder analizar más patógenos que puedan “saltar” de los animales y contagiar a los humanos. Su objetivo es iniciar un plan piloto en Chocó, donde la mayor parte del territorio es selva húmeda.

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