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Así viví el lanzamiento de un cohete de SpaceX en vivo

En las próximos días se espera que despegue la misión Artemis II, que busca llevar, nuevamente, a los humanos a la Luna. Para calentar motores, aquí una crónica de cómo se vive un lanzamiento de uno de esos artefactos que prometen, algún día, que más personas puedan conocer el espacio exterior.

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Estefanía Díaz
31 de enero de 2026 - 01:29 a. m.
Captura del lanzamiento del vuelo 11 del Starship desde Starbase, Texas, Estados Unidos.
Captura del lanzamiento del vuelo 11 del Starship desde Starbase, Texas, Estados Unidos.
Foto: Tomada de SpaceX
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Era una tarde muy soleada en Texas, Estados Unidos. De esas en las que el calor parece tener su propio pulso. Dudé entre cubrirme del sol o quedarme ahí, firme, con los ojos bien abiertos, esperando el despegue.

Las aves fueron las primeras en notarlo. Se elevaron de golpe, como si el aire hubiera dado una orden. Y entonces, el silencio: un silencio tenso, expectante, y casi sagrado se apoderó del lugar.

Había leído que debía cuidar mis oídos, así que llevé conmigo la protección adecuada. Pero frente a un ensayo que forma parte del intento más ambicioso por desarrollar un sistema de cohetes completamente reutilizable, todo protocolo pareció volverse secundario. El asombro -esa mezcla de miedo y fascinación- ocupó todo el espacio del cuerpo.

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Y así fue: el suelo vibró, el aire rugió y el cohete Starship, de SpaceX, se elevó con una fuerza que no se parece a nada que yo haya sentido antes. Treinta y tres motores encendidos al mismo tiempo. Treinta y tres rugidos que hicieron temblar el horizonte.

Por un instante pensé que estaba soñando. Pero no: ahí estaba, frente a mí, el undécimo lanzamiento de prueba de la nave más grande que ha construido el ser humano.

Pensé “estoy equivocada, estoy escuchando otra cosa” y recordé cuando era niña y creía que mi bicicleta tenía un motor. Ponía un vasito de plástico entre los radios de la llanta trasera para imitar el ruido de una motocicleta. Y, si quería que sonara “más potente”, ponía otro vaso en la parte delantera. El ruido era estridente.

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Ese día, el sonido regresó multiplicado por treinta y tres motores. Era como si todos mis juegos de infancia hubieran cobrado sentido en este lugar.

El cohete se elevó tan rápido que, si alguien parpadeó, pudo habérselo perdido. Nadie hablaba. Éramos una multitud en Playa Blanca al extremo sur de South Padre Island, y el silencio era total. Solo el rugido del mar, el metal y el viento.

En el cielo, la nave a su paso dejaba una estela blanca, brillante, que parecía hecha de escarcha. Parpadeé, para asegurar que no era una ilusión óptica. No lo era. La ciencia también permite gestos de belleza.

El Starship siguió subiendo. Luego, una parte —la primera etapa, llamada Super Heavy— se separó y regresó al mar. La otra, la nave Starship, siguió su camino por unos minutos más, probando sus motores, su capacidad de resistir y el calor al regresar a la atmósfera.

¡Boom! Y mi compañero —ingeniero y preciso hasta en la respiración— contaba los segundos en voz alta.

—¿Por qué cuentas?— pregunté, sin dejar de mirar al cielo.

—Para calcular a qué distancia caerá la primera etapa— respondió sin despegar los ojos del cronómetro.

Yo, que vivo más cómoda en las preguntas que en los cálculos, pensé que quizás lo que realmente estábamos midiendo era otra cosa: la distancia entre el dato y el asombro. Entre la precisión del ingeniero y la curiosidad de la filósofa.

Ese era, precisamente, el propósito del ensayo: probar que esta nave podrá algún día llevar personas y carga a la Luna, e incluso a Marte.

SpaceX está construyendo un sistema de cohetes completamente reutilizable: una nave que pueda despegar, viajar, aterrizar y volver a hacerlo, como si fuera un avión. La idea es convertir el espacio en un territorio alcanzable.

Desde tierra, yo veía esa pequeña chispa blanca desaparecer. Pensaba en que todo lo que sube vuelve, aunque vuelva transformado. El mar recibió al cohete con su rumor antiguo, sin drama. Los ingenieros aplaudieron. Yo guardé silencio.

—14 kilómetros, cayó a 14 kilómetros de nosotros— dijo mi compañero.

En realidad no había visto solo un cohete. Había visto el intento más reciente de una especie que se niega a quedarse quieta y la sonrisa de ingenieros y curiosos que se alegraban por haber dado un paso más en el espacio.

Y yo, con los pies llenos de arena y los ojos en el cielo, pensé —mientras el cielo recuperaba su calma— que eso somos: una suma de curiosidades que insisten, una colección de preguntas que no se rinden.

A veces construimos telescopios, a veces cohetes, a veces solo palabras. Pero el impulso es el mismo: queremos entender y queremos mirar que hay más lejos.

Quizá por eso, cuando el rugido cesó y solo quedó una capa de humo entre las nubes, el olor a sal y metal en el aire, supe que algo dentro de mí también había despegado. Bajé la mirada y entonces creí la historia de que a mi derecha estaba el próximo aeropuerto interespacial.

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Por Estefanía Díaz

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Lisbeth Fog Corradine(64084)31 de enero de 2026 - 10:44 p. m.
Estefanía, me alegra mucho que dejes plasmada esa vivencia en tus letras. ¡Qué experiencia! Que sigas siendo testigo de los avances de la ciencia y que sigas contándole a los colombianos sobre ellos.
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