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No es la radiación, no es el confinamiento, ni siquiera la impresión de observar la Tierra a casi 380 mil kilómetros de distancia. El verdadero desafío discreto pero de peso que afrontaron los cuatro tripulantes de la misión Artemis II, la primera en circunnavegar la Luna en más de medio siglo, resultó mucho más ordinario y a la vez engañoso: la pérdida acelerada de masa muscular. No se trata de variaciones menores de peso, sino de un proceso fisiológico que, en condiciones de microgravedad, puede afectar tanto el rendimiento operativo durante el vuelo como la recuperación posterior de los astronautas.
Para comprender este fenómeno, conviene partir de un principio elemental: el sistema muscular humano está adaptado para oponerse constantemente a la gravedad terrestre. Actividades cotidianas como caminar o mantenerse de pie implican contracciones musculares continuas para vencer esa fuerza. En ausencia de gravedad, el organismo interpreta que esa exigencia ha desaparecido y, bajo su lógica de eficiencia energética, reduce aquello que no considera necesario. De esta manera se inicia un proceso de atrofia que, en microgravedad, puede alcanzar pérdidas cercanas al 1% o 1,5% semanal. Aunque los aproximadamente diez días de duración de la misión Artemis II no implican un deterioro severo, la evidencia acumulada en vuelos previos, incluyendo estancias prolongadas en la Estación Espacial Internacional, indica que los músculos más comprometidos son los de las extremidades inferiores y la región lumbar, esenciales para la postura erguida y la locomoción en la Tierra.
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La agencia espacial estadounidense es plenamente consciente de esta limitación fisiológica. Por ello incorporó rutinas de ejercicio dentro de la nave Orion. Sin embargo, existe una restricción importante: el espacio disponible. A diferencia de la EEI, donde existen equipos sofisticados como dispositivos de resistencia avanzada, en Orion el entrenamiento se basó en bandas elásticas y un sistema de pedaleo. La eficacia real de estas herramientas sigue siendo motivo de análisis. Algunos trabajos en fisiología del ejercicio sugieren que, si se utilizan con suficiente frecuencia e intensidad, podrían reducir la atrofia en un porcentaje considerable. No obstante, el tiempo destinado a estas actividades es restringido, aproximadamente 45 minutos diarios, debido a la multiplicidad de tareas operativas que exige la misión.
Conviene añadir que la pérdida de masa muscular no se limita a la disminución de fuerza. El tejido muscular cumple funciones endocrinas relevantes, liberando numerosas mioquinas implicadas en la regulación metabólica, la inflamación y la respuesta inmune. Su deterioro altera este equilibrio. Investigaciones realizadas con astronautas han mostrado incrementos en marcadores inflamatorios, incluso en misiones de corta duración. Esto implica que, al regresar a la Tierra, los tripulantes pudieron experimentar un estado inflamatorio leve que complicó la readaptación. Fenómenos como la intolerancia ortostática, dificultad para mantener la presión arterial al ponerse de pie o la disminución en la coordinación motora fina son relativamente frecuentes en los primeros días posteriores al aterrizaje.
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Las estrategias de mitigación incluyen, además del ejercicio, intervenciones nutricionales específicas. Se emplean suplementos ricos en proteínas, particularmente suero de leche y leucina, con el objetivo de estimular la síntesis proteica muscular. Sin embargo, la microgravedad también altera la fisiología digestiva y la distribución del flujo sanguíneo, lo que puede reducir la eficiencia en la utilización de estos nutrientes. Algunos estudios experimentales sugieren que la respuesta anabólica a la ingesta proteica podría disminuir hasta un 30% en ausencia de gravedad. Por ello, no solo importa la cantidad ingerida, sino el momento de la ingesta y la combinación con otros nutrientes, como los carbohidratos, para optimizar la respuesta hormonal.
Existe además un componente de variabilidad individual. La respuesta al desuso muscular no es homogénea entre astronautas. Factores genéticos, como la expresión de la miostatina, una proteína que regula negativamente el crecimiento muscular, pueden influir en la magnitud de la atrofia. El famoso caso de los gemelos Kelly (Scott y Mark) mostró diferencias significativas en la expresión genética durante la exposición a la microgravedad. Aunque no se dispone de información pública detallada sobre los tripulantes del Artemis II, es razonable asumir que este tipo de variables genéticas se considera en los procesos de selección y preparación de la tripulación.
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La misión Artemis II representa una etapa preparatoria para proyectos más prolongados, cuyos objetivos incluyen la exploración de Marte en el mediano plazo. La gestión de la pérdida muscular no es un aspecto secundario, sino un elemento crítico para el éxito de futuras misiones de larga duración. Más allá de la ingeniería y la tecnología, el límite sigue estando en la biología humana: un organismo diseñado para vivir bajo la influencia constante de la gravedad, y que debe ser preservado incluso cuando se aleja de ella.
*Nutricionista clínico pediátrico - Presidente de la Asociación Colombiana de Dietistas y Nutricionistas (Acodin)
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