Adriana Corrales ha dedicado años de su vida a estudiar un árbol extremadamente raro, el roble negro, y todavía tiene preguntas por resolver. Esta especie, denominada científicamente Trigonobalanus excelsa, se encuentra solo en Colombia y sus “parientes cercanos” (del mismo género) están a nada menos que miles de kilómetros de distancia, en el sudeste asiático.
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Corrales, ingeniera forestal y doctora en biología vegetal, recuerda una de las particularidades del roble negro que la llevó a dirigirle su atención: “Tiene los hongos más extraños”, dice. Pero no se refiere a organismos que se encuentren en su tronco o en sus hojas. Habla de una dinámica de la naturaleza que puede pasar desapercibida, pero que a ojos de científicos reconocidos a nivel mundial, como Toby Kiers (ganadora del premio ambiental Tyler 2026), sostiene la vida en la Tierra.
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Las redes micorrízicas son asociaciones simbióticas entre las raíces de las plantas y los hongos, que por lo general se dan bajo el suelo. Aunque todavía hace falta mucho por estudiar sobre este asunto, se estima que entre el 80 % y 90 % de las especies vegetales del mundo están relacionadas de este modo con el reino Fungi. En pocas palabras, a cambio de carbono, los hongos les proporcionan nutrientes como fósforo o nitrógeno.
Por si fuera poco, hay diferentes tipos de micorrizas. La mayoría de plantas se vinculan con los llamados hongos arbusculares, mientras que existen otras interacciones con las orquídeas o con especies vegetales de la familia Ericaceae. En menor medida se presentan las ectomicorrizas, que se asocian con arbustos y árboles. A diferencia de otras, no penetran las células de las raíces, sino que las rodean.
“Este grupo es muy particular y escaso en Colombia”, explica Corrales, quien además es micóloga (se enfoca en el estudio de los hongos) y hace parte de la Sociedad para la Protección de las Redes Subterráneas (SPUN, por sus siglas en inglés). En el país, apunta, se encuentran menos de diez especies nativas de plantas, entre ellas el roble negro, que forman esta clase de asociación. “Los bosques ectomicorrízicos son superespeciales en los trópicos, sobre todo en el neotrópico”.
Un mundo por descubrir
Hoy, Corrales y su equipo continúan trabajando en un estudio para comprender la ecología y la diversidad de las comunidades de hongos ectomicorrízicos asociados al roble negro. ¿Cómo influye el tamaño de un árbol en la variedad de especies Fungi y de qué manera estas se relacionan con las características del suelo? Esas son algunas de las preguntas que quieren responder.
Desde 2023, con financiación del Join Genome Institute de Estados Unidos, los científicos se propusieron algo que nunca se había hecho en los bosques ectomicorrízicos tropicales en el mundo: secuenciar transcriptomas de los hongos, que significa leer las moléculas de ARN que producen sus células, además de obtener los genomas de las especies.
El equipo de SPUN ha visitado con frecuencia zonas del departamento de Huila, donde se encuentra roble negro, en bosques monodominantes, es decir que sus individuos prevalecen y forman algo así como parches. Allí, los investigadores han analizado el suelo en el que están los árboles más grandes, con el fin de detallar los hongos asociados a ellos.
“Empezamos a recolectar un montón de muestras”, cuenta Corrales. “Tan pronto las tomábamos en campo, las guardábamos en un tanque de nitrógeno líquido porque se tenían que preservar en ese instante”. Conservarlas de esa forma, explica, permite asegurar la calidad del ARN, que es lo que han buscado transcribir para poder entender mejor la función de los hongos y qué están haciendo allí, en municipios como Pitalito.
Aunque los científicos todavía están trabajando en su artículo, Corrales se refiere a algunos hallazgos preliminares. “De los más de 80 árboles que muestreamos, hemos encontrado unas 700 potenciales especies de hongos ectomicorrízicos. Algunas están compartidas con el roble andino (Quercus humboldtii), pero hallamos muchas que son exclusivas del roble negro”, subraya.
Una de ellas fue descrita hace poco por investigadores, entre ellos Corrales, quienes la denominaron Russula esperanzae. Se trata de un hongo que, a ojos de la ingeniera forestal, hace parte de “los más hermosos del mundo”. El estudio, que fue publicado en diciembre de 2025 en la revista Fungal Systematics and Evolution, apunta que esta es la primera especie del género Russula descrita con una asociación ectomicorrízica aparentemente estricta con el roble negro.
Los autores creen que Russula esperanzae pudo haber migrado junto con el árbol desde Centroamérica a Sudamérica durante el Gran Intercambio Biótico Americano, cuando ambas masas continentales quedaron conectadas por el istmo de Panamá. “Esta es una de varias hipótesis interesantes sobre la compleja historia evolutiva de los miembros de la subsección Castanopsidum de Russula, que podrían impulsar una mayor investigación”, se lee en el artículo.
Describir tantas de las especies que se han topado Corrales y su equipo no es tarea sencilla; ella misma reconoce que es un proyecto a largo plazo, especialmente en un país tan biodiverso como Colombia. Aquí ha venido un par de veces Slavomír Adamcík, micólogo de Eslovaquia y experto en el género Russula, sumándose a los esfuerzos de conocimiento científico y conservación. De hecho, participó en la investigación que se publicó hace unos meses. Tras sus visitas, el especialista ha estimado que en el país pueden haber más de 100 especies de rúsulas nuevas para la ciencia.
Cuidar el árbol, cuidar los hongos
Los hallazgos preliminares de SPUN, por un lado, son pistas muy dicientes del gran mundo de hongos bajo nuestros pies que aún queda por conocer. Pero, por otro lado, son un llamado de atención. En estos casos, el roble negro actúa como una “especie sombrilla”, ya que al conservarlo se protege el ecosistema y las especies de hongos asociadas a él. Si este árbol se pierde, advierte Corrales, también se pierden las ectomicorrizas, “y se irían sin nombres porque la mayoría no están descritas. Es súper urgente empezar el trabajo de nombrarlas”.
El escenario se torna preocupante teniendo en cuenta que el roble negro está catalogado como ‘En Peligro’, según la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Una de sus amenazas latentes es el cambio climático, pues los patrones de lluvia se han alterado y, por tanto, hay menos humedad en los bosques de niebla, donde suele vivir. De acuerdo con registros del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi), el árbol se ubica a altitudes entre los 1.500 y 2.200 metros sobre el nivel del mar.
La especie, además, se enfrenta a desafíos como la fragmentación de su hábitat y la competencia por espacio, sobre todo en la zona cafetera colombiana. Es por ello que “tenemos que trabajar muchísimo de la mano de campesinos”, afirma Corrales. Justamente, un ejemplo de las apuestas que se han adelantado con las comunidades locales se remonta a 2020, cuando, en Huila, surgió una iniciativa para la conservación del roble negro.
Con apoyo de la Corporación Autónoma Regional del Alto Magdalena (CAM) y financiación de la Fundación Franklinia, de Suiza, surgió la idea de sembrar cientos de árboles en el Distrito Regional de Manejo Integrado Serranía de Peñas Blancas, puntualmente en los municipios de Acevedo, Pitalito y Palestina. Por aquel entonces, Corrales era profesora de la Universidad del Rosario, la cual, junto con la Universidad Distrital, lideró el proyecto.
Sin embargo, en principio, no hubo éxito en reproducir el roble negro. “Todo se moría”, cuenta Corrales. Para que la siembra prosperara hacían falta las micorrizas. Dora Ruiz Castro, gestora de la Fundación Vida al Río y propietaria de la Reserva Natural Ecofinca el Recreo, recuerda que estos hongos no eran tan conocidos por las comunidades locales: “No sabíamos qué función y qué misión cumplían”.
Pero luego, con apoyo de los investigadores, los habitantes fueron “volteando la mirada al suelo y a ver esas sombrillitas hermosas, de colores”, dice Ruiz. “Aprendimos sobre la trascendencia que tienen estos organismos. Es absolutamente interesante porque son ellos los que llevan la información de un lado a otro de manera subterránea”.
Al final, cada semilla de roble negro fue sembrada con un pequeño inóculo de suelo nativo, buscando incluir los hongos. Corrales recuerda que este método dio frutos y lograron producir más de 1.500 plántulas del árbol, que sembraron entre todos. Se ha involucrado a “toda la comunidad, a chicos y visitantes para que entiendan la importancia de cuidar estos suelos, de mantener los ecosistemas intactos para que la vida prospere ahí y que sean recuperados nuestros bosques nativos”, afirma, por su parte, Ruiz.
Laura Natalia Quina, bióloga oriunda de Pitalito, se ha dedicado al trabajo de campo y a obtener información sobre estos hongos. Además, a través de proyectos como el de Franklinia, dice, las familias se han capacitado y recibido apoyos para la experimentación, para lograr la germinación del árbol y hacerle seguimiento. Quina recuerda que una de las primeras personas de la región en unirse a estos procesos fue Nelly Salazar, quien vive en una vereda en el municipio de Acevedo.
Su finca cuenta con casi 15 hectáreas de roble negro, que Salazar cuida con empeño. Allí, según ha caracterizado la CAM, se encuentran árboles de más de mil años. Corrales tiene la hipótesis de que precisamente son esos, los robles más antiguos, los que podrían albergar la mayor diversidad de hongos.
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