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4 Feb 2022 - 1:27 p. m.

Homenaje: vida y obra de Ángela Restrepo Moreno y su estudio del hongo misterioso

Este perfil cuenta algunos apartes de la vida de Ángela Restrepo Moreno, destacada científica y microbióloga colombiana que dedicó la mayor parte de su vida a estudiar el hongo que produce la enfermedad paracoccidioidomicosis, rara condición que afecta, principalmente, a los trabajadores de campo. Fue publicado originalmente en un Boletín Cultural y Bibliográfico dedicado a mujeres en las ciencias, del Banco de la República.

Lisbeth Fog Corradine

Ángela Restrepo Moreno, científica antioqueña que dedicó toda su vida a estudiar  el hongo causante de una enfermedad con síntomas similares a los de la tuberculosis.
Ángela Restrepo Moreno, científica antioqueña que dedicó toda su vida a estudiar el hongo causante de una enfermedad con síntomas similares a los de la tuberculosis.
Foto: Colección particular - cortesía

Una guacamaya llega como Pedro por su casa a la terraza del apartamento de la científica antioqueña Ángela Restrepo Moreno. Se posa en la baranda y nos mira, como saludando y reclamando al mismo tiempo. Ahora son dos.  Interrumpen las horas de conversación que llevamos esa tarde. Soy una afortunada, pienso, por ser testigo de su emoción que me contagia con facilidad. Les damos la bienvenida. Cada una se gana un buen pedazo de plátano. (Puede leer: Murió Ángela Restrepo Moreno, una de las grandes científicas de Colombia)

Esta microbióloga de ochenta y tantos años ha montado en la terraza de su apartamento  una  “selva” –a  la  que  hay  que  entrar  con  machete,  exageran  sus amigos y colegas– para recibir permanentemente la visita de azulejos, canarios, colibríes, guacharacas, pájaros carpinteros. Es un homenaje a su padre, don Gabriel Restrepo, quien disponía todo en el jardín de su finca para que llegara la mayor cantidad de aves de la región. Ella hace lo mismo en su terraza y se siente acompañada en medio de su aparente soledad. La doctora Angelita —no puedo decirle solo Ángela, pero tampoco puedo dejar de tutearla— trabaja en su computador con ellas revoloteando a su lado. Las alimenta con pedazos de fruta y granos de arroz. Ellas lo agradecen. Son su compañía después de toda una vida rodeada de jóvenes investigadores en la sede del Laboratorio de Micología de la Corporación para Investigaciones Biológicas (CIB), donde trató de conocer un hongo que aún la desvela por su capacidad de esconderse. “Es inteligentísimo”, me dice, porque si bien pudo descifrar muchos de los misterios de este hongo de nombre impronunciable —enigmático y repelente—, él le puso todas las trampas cuando trató de encontrar su dirección de residencia.  “Aún no sabemos si está en el aire, en el suelo, en los animales”, pero cuando contagia al ser humano es capaz de matarlo.

Pertenece al género Paracoccidioides y produce una enfermedad, la paracoccidioidomicosis, que a veces se confunde con la tuberculosis por presentar síntomas similares. Duré varios días tratando de aprender a pronunciar la palabra, pero la doctora Angelita la menciona continuamente, pues fue su objeto de estudio por más de medio siglo.  Le interesó porque  es  una  enfermedad latinoamericana  y porque el 75% de los pacientes son agricultores. Con sus colegas del grupo de investigación  en  la  CIB encontró  que  no  es  solamente  una  sino  que  hay  cinco  especies, desde la más generalizada, la Paracoccidioides brasiliensis, hasta llegar a la más frecuente en Colombia y que sus alumnos bautizaron en su honor: Paracoccidioides restrepiensis. Pese a que se opuso, ya quedó registrada así en los anales de la literatura científica.

Así es ella. Poco le gustan las celebraciones, los homenajes, los reconocimientos. Que a nadie se le ocurra desearle feliz cumpleaños un día de octubre, ni que los medios la llamen a entrevistarla y menos para tomarle fotos, ni que la hagan pasar al escenario a entregarle trofeos. Pero todo se lo merece porque ha sido una de las investigadoras colombianas con más publicaciones científicas nacionales e internacionales de citación permanente, y “mamá” de muchos estudiosos colombianos que hoy en día están regados por todo el mundo haciendo ciencia en laboratorios de importancia global.

Por decisión de vida, resolvió dedicarse al mundo científico cuando esa no era una opción para las jóvenes de Medellín de comienzos de los años cincuenta que se graduaban del colegio y debían decidir qué camino seguir. Ella lo tenía claro desde muy pequeña, desde que se asomaba a la farmacia de su abuelo médico, don Julio Restrepo, graduado en la Universidad de Antioquia en 1875, y veía con gran curiosidad ese aparato que sus tías le decían que se llamaba microscopio y se usaba para ver lo infinitamente pequeño. ¿Cómo qué? Lo descubriría unos años más tarde leyendo el libro Cazadores de microbios, del bacteriólogo y escritor Paul de Kruif, por cuyos capítulos aprendió sobre Pasteur, Koch y Ehrlich, y afianzó su pasión por desentrañar cuáles y cómo eran esos pequeños  “asesinos invisibles”,  causantes  de  enfermedades  en  el  ser  humano.  “Yo  me  sentía  en  la  gloria leyendo aquello porque era lo que yo quería hacer, los pasos que yo quería seguir. Este libro, sin lugar a dudas, marcó mi camino; todavía lo tengo por ahí, lo leo de vez en cuando. Es una maravilla... muy bello”.

Así que poco le interesaban las fiestas, los pretendientes, la moda o la vida social. No  aprendió  de  su  madre,  doña  Tulia  Moreno,  el  don  de  la  coquetería,  ni  quiso pertenecer a ninguna comunidad religiosa, como se lo proponían las monjas del Colegio de la Presentación donde estudió. “Yo quería trabajar tratando de contestar preguntas sobre los microbios”, eso lo tenía claro, y entró a estudiar en la Escuela de Tecnología Médica del Colegio Mayor de Antioquia, donde se convirtió en técnica de laboratorio clínico.

Su primer trabajo fue en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia,  que  por  ese  entonces  tenía  convenio  con  la  Universidad  de  Tulane,  en  Nueva Orleans, Estados Unidos. En una visita del jefe del Departamento de Microbiología de esta institución, la doctora Angelita con su inglés de colegio fue la encargada de hacerle el recorrido por laboratorios y aulas, con lo cual se ganó una propuesta que no pudo despreciar: viajar a Estados Unidos a estudiar “bichitos”. A pesar de ser hija única y tener a sus padres ya entrados en años, fueron ellos mismos los que la animaron a viajar a Nueva Orleans a hacer la maestría y luego, becada por la Agencia para el Desarrollo Internacional, el doctorado. Esa experiencia implicó muchos retos, como por ejemplo tener que tomar cursos adicionales para nivelarse, encerrarse los domingos a leer y a estudiar conceptos y fórmulas que “eran griego para mí”, dice. “Definitivamente es que a uno si lo armaron distinto; a estos compañeros norteamericanos no había manera de salirles adelante”. Pero ese choque cultural le enseñó el valor de la solidaridad, no solo de sus compañeros estadounidenses, sino gracias a la integración que vivió con  la  colonia  latinoamericana.  Esa  estancia  en  Estados  Unidos  le  abrió  dos caminos a los que dedicó el resto de su vida: el de la investigación propiamente dicha y el de la formación de futuros investigadores.

A  su  regreso  fue  conquistando  espacios.  Cuando  organizaba  las  prácticas  de  microbiología para los estudiantes de medicina, les mostraba la relación entre lo que se veía a través del microscopio y las enfermedades que sufrían sus pacientes. Se ganó el respeto de casi todos los profesionales hombres, quienes solo en contadísimas ocasiones intentaron hacerla a un lado por ser mujer. Eso nunca la amilanó. Daba vuelta y seguía pensando, primero en los microbios y los virus, pero después en ese hongo tan especial, que reside entre México y Argentina, “que no sabemos dónde se esconde y se burla de nosotros los científicos cuando lo buscamos donde no corresponde”. Ese microorganismo fue el que sedujo su intelecto y su corazón, y la conquistó para siempre.

¿Cómo detectar jóvenes talentos?

El  biólogo  molecular  Juan  Guillermo  McEwen  Ochoa,  uno  de  sus  discípulos,  el más querido, el que todavía está pendiente de ella, el que le enseñó a usar el computador, el que aún la visita en su apartamento para leer juntos los últimos artículos científicos sobre el Paracoccidioides, el que le explica las últimas novedades de la ciencia y con el que intercambia opiniones, es uno de los culpables de haber bautizado al hongo colombiano con el apellido de la doctora Angelita. Es él quien ha seguido sin descanso el estudio del hongo, el más leal.

Está con ella desde que estudiaba medicina y, al conocer el laboratorio que la doctora Angelita lideraba en la CIB, quedó enganchado con el trabajo que allí se hacía. McEwen, quien lleva casi treinta años estudiando ese “bicho”, confiesa que la doctora Angelita es su “mamá académica”. “La doctora es una excelente maestra en el campo de la investigación”, continúa, “por la metodología que utiliza para generar preguntas, buscar posibles respuestas y llevar a cabo la parte experimental”. Ese entrenamiento lo fortaleció para continuar sus estudios de posgrado en Estados Unidos e Israel, sin tener que tomar cursos extras.

Ella lo tiene muy claro. “La investigación es un proceso paso a paso, con muchas etapas, y cada una de ellas juega un papel importante en la conducción del proyecto y los resultados que se obtienen”. Ese método, que aplicaba e iba desmenuzando con cada uno de sus alumnos, con paciencia y generosidad, casi de manera personalizada de acuerdo con los sueños e intereses de cada uno, fue el sello de calidad que, tras el paso por su laboratorio, quedó entre los que tuvieron la fortuna de vivir esa experiencia.

Ha tenido un ojo clínico para buscar al investigador del futuro desde que inició su  actividad  como  científica  en  la  Universidad  de  Antioquia,  que  luego  afinó  cuando fue nombrada la única mujer de la Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo (1993-1994), también llamada “Misión de Sabios”, y se ingenió un método para detectar jóvenes con talento para dedicarse a la investigación.

A mediados de los años noventa lo aplicó en una muestra pequeña, buscando la “marca  de  investigación”  en  jóvenes  que  estaban  por  terminar  el  bachillerato,  con un enfoque en el área biológica. En el proceso inspiró —sin proponérselo— el Programa de Jóvenes Investigadores de Colciencias para todas las disciplinas científicas, por medio del cual, de acuerdo con el entonces subdirector de Programas  Estratégicos  de  la  entidad,  el  economista  Hernán  Jaramillo,  “Colciencias  construye al becario de doctorado”.

Lo que hizo la doctora Angelita fue adaptar a la ciencia el cuestionario de los 16 factores de personalidad (16 PF) creado por el psicólogo Raymond Cattell, en un diseño que abarcara tanto a científicos reconocidos del país como a profesores no investigadores. “Lo que buscábamos era encontrar a ese individuo que podía cruzar montañas solo, sin guía ni mapa”, explica la científica. Una persona cuyas cualidades incluyeran “ser cabeciduro, es decir, meter la cabeza por donde se le ocurriera,  así  todas  las  señales  indicaran  que  por  ahí  no  había  camino;  ser  muy  estudioso,  tener  buenas  relaciones  interpersonales, ser alguien que pudiera hablar con la gente, entusiasmarla y transmitirle el gusto por la ciencia”.

Así  que  escalaron  el  proyecto  y  lo  convirtieron  en  uno  más  robusto  que  se  llamó  “En  búsqueda  del  investigador  del  futuro”,  apoyado  por  Colciencias,  la  Asociación  Colombiana  de  Universidades  (Ascun)  y  la  CIB.  Los  dos  estudios  (1994  y  1997)  demostraron que un 5% de los jóvenes encuestados contaba con aquellas características de personalidad que los convertía en potenciales  investigadores  científicos.  Entre  ellas,  el  factor  de  la  tolerancia a la frustración, comenta Jaramillo, “porque la ciencia es una apuesta improbable”.

Entre  los  resultados  se  destacaron  dos:  que  el  talento  está  distribuido  en  toda  Colombia, independientemente del nivel de desarrollo de las regiones, y que si se hubiera extrapolado la muestra y promovido a este 5% de todos los universitarios del país, de quinto semestre en adelante, “con ello Colombia habría resuelto su problema de recurso humano para ciencia, investigación y desarrollo”, afirma Jaramillo.

Veinte años más tarde, en 2014, a estos estudiantes con perfil de investigadores —convertidos ya en profesionales— se les invitó a un evento en Medellín en el que  participó  Astrid  Elena  Montoya,  amiga  y  colega  de  la  doctora  Angelita,  ocasión en la que comprobaron la eficacia de la metodología en la detección de talentos para la investigación. “Nos sentimos muy contentas al saber que este estudio no había sido en vano y que un buen número de ellos había encontrado en la investigación un camino”, asegura. Ese trabajo, cuya autora intelectual fue y siempre será la doctora Angelita, constituyó la semilla del Programa de Jóvenes Investigadores de Colciencias.

Y ahora que Colombia tiene una nueva Misión de Sabios, la científica hace su propio balance y no duda sobre los resultados positivos —por lo general no reconocidos— que se lograron:  “Se vio el progreso, se posicionó la investigación como método deseable en el ambiente universitario, lo que a su vez incidió en el número de nuevos investigadores. Si fuera posible auspiciar el desarrollo científico  de  una  forma  generosa,  es  muy  probable  que  los  próximos  veinte  años permitirían un país más competitivo”.

Mientras termina de contarme la historia de su proyecto en la Misión, resuelve hacer una pausa. Se queda pensativa y me confiesa: “Nunca quise presentar yo misma el 16 PF; de pronto no calificaba. ¡Qué vergüenza!”.

El hongo que no se deja pillar

El nombre de Ángela Restrepo es sinónimo de investigación científica en hongos desde  el  día  en  que  el  dermatólogo  Gonzalo  Calle  Vélez,  su  amigo  de  juventud, llegó de Michigan con dos maletas llenas de cajitas de Petri con cultivos de hongos y se las puso en su escritorio con una propuesta perentoria: montar un laboratorio  de  diagnóstico  de  micología.  Era  necesario  actuar  rápido  porque  los hongos habían estado guardados varios días en esas maletas, pero también tenían que conseguir dinero y espacio. Lo lograron por triplicado porque el laboratorio empezó a atender pacientes, y a actuar como aula para enseñar a los estudiantes de medicina y formar otros profesionales de carreras afines.

En 1970, ella y un grupo de colegas fundaron la CIB en la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia. Empezaron a crecer, a traer conferencistas extranjeros  para  estar  actualizados,  hasta  que  debieron  buscar  otra  sede  para la naciente CIB. En 1978 se instalaron en tres cuartos del Hospital Pablo Tobón Uribe, donde además de hacer investigación abrieron un centro de diagnóstico especializado en enfermedades parasitarias y micóticas (producidas por hongos). Pero debido a la necesidad de expansión de este centro hospitalario fue necesario abandonarlo e iniciar una vez más la búsqueda de otra sede para la CIB.

Como no hay mal que por bien no venga, consiguieron un préstamo, algunas donaciones y, en 1995, construyeron la actual sede de la CIB. Comenzaron a ofrecer servicios e investigaciones en parasitosis, micosis, tuberculosis y leishmaniasis; se fueron haciendo un nombre y cada vez recibían más pacientes. Lograron que Colciencias clasificara a la CIB como centro de excelencia.

Nunca fue la directora de la Corporación, ni le interesaba serlo. Pero sí era la capitana de ese barco, pendiente de todo, desde el más mínimo detalle en el aseo, por ejemplo, hasta los diferentes espacios como el Fondo Editorial, los comités de búsqueda de fondos, la selección de personal, los cursos que se dictaban y, por supuesto, de los seminarios permanentes de investigación. “Con frecuencia, y como fui una de las fundadoras, me creía con derecho de hablar duro”, dice, aunque es difícil creerle por su temperamento generoso, tranquilo, ecuánime y conciliador.

Fue jefe del Laboratorio de Micología de la CIB por más de dos décadas.  El  Paracoccidioides  brasiliensis  había  sido  descrito  en  1908 y, aunque grupos de investigación brasileños y venezolanos realizaron trabajos al respecto, la doctora Angelita y sus alumnos escribieron más de trescientos artículos científicos dando cuenta de los avances conseguidos en sus investigaciones.

Los pacientes con paracoccidioidomicosis vienen, por lo general, desde  zonas  pertenecientes  al  bosque  húmedo  tropical,  con  tos,  fiebre, decaimiento, pérdida de peso y lesiones en el pulmón, órgano primario de ataque; y si la enfermedad está avanzada, también tienen afectados los ganglios linfáticos  y  las  mucosas.  Igualmente  sucede  que  el  hongo  puede  permanecer  inactivo en el organismo de una persona y manifestarse décadas después, si bien aún  no  se  sabe  qué  dispara  su  multiplicación.  “¿Pero  qué  es  lo  que  tiene  ese  bicho que le permite esconderse tantos años sin decir aquí estoy?”, todavía se pregunta la doctora. “No lo sabemos”. Lo que sí saben es por qué afecta más a hombres que a mujeres. Me lo explica. El hongo tiene unos receptores especiales para la hormona femenina que le impiden expresar uno de los elementos que lo hacen virulento. “Desde ese punto de vista, las mujeres no somos el sexo débil”, dice con esa picardía que, aunque trate de disimular, la caracteriza. “Nos infectamos por igual pero, en Colombia, por cada 75 hombres con la enfermedad hay solo una mujer”.

El  hongo  es  tan  hábil  para  no  dejarse  pillar  que,  cuando  está  a  temperatura  del  cuerpo  humano,  se  presenta  como  levadura.  Pero, a temperaturas por debajo de los 24 °C, el microorganismo cambia  su  apariencia  y  se  convierte  en  un  peludo  moho  blanco  que se reproduce por esporas, también llamadas conidias. Eso ha complicado la búsqueda del tratamiento ideal. Tradicionalmente, se ha tratado con sulfonamidas, pero en épocas más recientes se vienen utilizando derivados azólicos, que tienen la capacidad de “asfixiar” al hongo, aunque no lo matan.

Así que al laboratorio llegaban las muestras de tejido y los investigadores  empezaban  a  detectar  el  hongo  y  a  estudiarlo:  allí  lo cuidaban —y aún lo cuidan— como al mejor huésped de un hotel, porque conocen sus gustos y saben, por ejemplo, que prefiere ambientes húmedos.  “Yo digo que al hongo le van a salir aletas uno de estos días. Para mí el hábitat va a ser muy cercano a una zona acuática porque el hongo requiere del agua; este microorganismo toma agua todo el día y a todas horas”.

Entre los aportes que lideró en la CIB, la doctora Angelita menciona  la  ruta  de  infección:  era  común  pensar  que  la  gente  se  infectaba  al  chuzarse  con  algo  en  el  campo;  en  experimentos  con ratones, ella demostró que la inhalación de aerosoles es una posibilidad  de  contagio.  También  demostró  en  2008,  cien  años  después de identificada y descrita la paracoccidioidomicosis, que primero afectaba al pulmón y luego se manifestaba externamente —en la piel o en las mucosas—, un aviso de alerta a los médicos para identificar la enfermedad en sus pacientes.

En  el  laboratorio  de  la  CIB  descubrieron  que  esas  pequeñas  estructuras  producidas por el moho, las conidias, eran las que infectaban; que el hongo podía permanecer  latente  en  el  organismo  durante  años.  Y  prepararon  un  producto  derivado del hongo que permite el diagnóstico de la enfermedad de forma muy sencilla y efectiva, una prueba que da resultados en 48 horas y puede hacerse en cualquier laboratorio.

Pero quedan aún muchas preguntas. El hábitat, por ejemplo, o sea “la dirección postal de su residencia”, como lo expresa la doctora. En Colombia han detectado una zona del Viejo Caldas con casos frecuentes de la micosis y, aunque han tomado muestras del agua, del suelo, del aire, todavía no saben a ciencia cierta dónde es que vive. Tampoco es claro por qué la virulencia se da en diferentes niveles, ¿es que acaso el hongo tiene un gen que lo determina? Y no hay manera de  prevenirlo  hasta  que  se  conozca  más  sobre  su  origen.  “Ese  bichito  es  muy,  muy avispado”, concluye la doctora Angelita.

Afrontar las tristezas

La investigación científica es un proyecto de vida en el que cada vez surgen más preguntas que respuestas y eso mantiene muy ocupados a los investigadores. En un  país  como  Colombia,  dedicarse  a  esta  actividad  no  solamente  implica  una  formación de excelencia, sino adaptarse a las condiciones económicas y políticas, sortear épocas de vacas flacas y aprender a tocar puertas buscando aliados que no permitan que los trabajos de los científicos se vayan desdibujando hasta desaparecer.  Por  falta  de  fondos  suficientes,  la  CIB  ha  estado  a  punto  de  cerrar sus puertas y con ello dejar la investigación y los servicios que ofrece a la comunidad.  Esas  épocas  las  han  debido  afrontar  sus  directivos  y  fundadores,  entre ellos William Rojas, a quien la doctora admira y respeta profundamente; muchas veces tuvieron que colgar sus batas blancas y salir a buscar soluciones financieras.  Esos no son obstáculos  nuevos...  de una u  otra  manera se vienen superando.

Pero hay dos momentos en la vida científica de la doctora Angelita que nunca se le van a olvidar. El primero, cuando debió retirarse de la Universidad de Antioquia, a la que consideraba su alma máter, porque aunque no estudió allí, fue el lugar donde trabajó por años hasta llegar a ser jefe del Laboratorio de Microbiología. Con ella al mando, cuenta McEwen, este era el departamento con mayor producción científica en Latinoamérica. Pero llegó el movimiento de izquierda y desde sus directivas, incluso uno de los estudiantes que ella había apoyado, les hicieron la vida imposible en parte por haber sido becarios de instituciones de Estados Unidos. “Por lo menos quince de los profesionales que ya veníamos con grado  doctoral  de  la  Facultad  debimos  retirarnos  en  ese  momento,  porque  no  éramos capaces de compaginar nuestros pensamientos con los de las directivas y estudiantes”, recuerda la microbióloga.  “Y se me vino el mundo encima porque yo no había trabajado sino en la Facultad de Medicina”.

La  segunda  gran  tristeza  ocurrió  hace  relativamente  poco,  cuando  le  dijeron,  después de cuarenta años, que en la CIB no se había hecho nada nuevo. “¡Qué horror! Yo me río ahora, pero ese día me encerré en mi laboratorio a llorar. Yo no podía creer que lo dijera alguien que había sido un estudiante de mi grupo”. Y renunció, se marchó y no ha vuelto a pisar la institución a la que todavía considera  su  hija  legítima,  porque  la  fundó,  porque  ella  fue  su  primera  habitante:  “Fue  a  través  del  laboratorio  que  yo  fundé,  y  de  los  servicios  que  ofrecíamos, que la CIB empezó a ganar reconocimiento en la ciudad. Entonces sí, me siento orgullosa de haber obrado así. Por ella trabajé mucho, me llenó de contento y me permitió abrir muchos caminos para otras personas que contribuyeron a las investigaciones, que ayudaron a los pacientes, al entorno, a demostrar que era un centro donde se hacía ciencia de primer mundo. Yo me fui con mucha tristeza, ya que hubiera querido retirarme por propia voluntad, pues era tiempo por mi edad, pero hacerlo con elegancia”.

Y  es  que  la  CIB  lleva  su  sello  y  en  cada  detalle  estuvo  su  mano.  Trabajó  sin  sueldo un tiempo, completaba los escasos salarios que les pagaban a sus investigadores; traían los pacientes de los pueblos, les daban desayuno y los devolvían con “platica”. “Éramos una entidad que atendía al paciente con mucho  amor.  Nosotros  nos  caracterizábamos  por  la  delicadeza  y el gusto con que los atendíamos”. “Lo que pasó fue muy grave”, dice McEwen, “no solo porque la doctora nunca se merecía ese maltrato, sino porque eso tuvo consecuencias para la institución”, como el hecho de que una entidad socia, la Universidad del Rosario, se retirara y con ello se perdieran cuatro investigadores sénior.

Ahora, desde la terraza de su apartamento en Medellín, consulta su computador con frecuencia, se conecta y habla por Skype con amigos y colegas, continúa activa en las redes del conocimiento aportando  su  experiencia,  pero  sobre  todo  maravillándose  con  los  avances  en  las  ciencias  y  las  técnicas  cada  vez  más  sofisticadas  que  permiten  llegar  hasta  donde  nunca  imaginó.  Asiste  semanalmente  a  tertulias  literarias  y  musicales,  lee  libros  en  el  idioma original de sus autores, visita el colegio que por iniciativa del  entonces  alcalde  Sergio  Fajardo  lleva  su  nombre  en  Itagüí. Come poco: vegetariana desde los cuatro años, con decisión afirma: “No como nada que haya sido necesario matar antes de ingerir”.

Y  vuelven  las  guacamayas  a  su  terraza  y  empieza  de  nuevo  el  revoloteo.  ¡Que  dónde está el plátano, que se lo comieron los otros pájaros! Y llama a su empleada, quien vive con ella. Hay que volar a poner más comida para sus visitantes ilustres, mientras llega Astrid Elena, con quien comerá esta noche, y recibe la llamada de Juan. La doctora Angelita sigue activa y adelante. Y seguirá preguntándose dónde es que vive el señor hongo, al que le dedicó su vida.

*Este perfil fue publicado originalmente en el Boletín Cultural y Bibliográfico (Vol. 53 Núm. 96 (2019)) dedicado a mujeres en las ciencias, del Banco de la República.

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