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La explicación que hacía falta sobre la grave sequía en los Llanos Orientales

En 2014 ocurrió en Colombia un fenómeno que puso a todo el país a hablar de los Llanos Orientales: una “intensa sequía” estaba causando la muerte de miles de animales en Casanare. Muchos buscaron culpables y hasta intervinieron los entes de control. Pero, tras años de estudio, un grupo de científicos encontró una explicación que nadie consideró en su momento

Sergio Silva Numa

09 de enero de 2026 - 06:58 a. m.
Imagen de 2014, cuando se presentó la sequía que hubo en Paz de Ariporo, Casanare.
Foto: Sergio Silva Numa
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Hace un par de días, un viejo amigo volvió hacerme la misma invitación que me ha hecho en los últimos años: “¿Cuándo planeamos el viaje a Casanare?”, me preguntó, con la esperanza de que alguien le ponga atención a la tala de los morichales (“¡se nos van a acabar!”), como consecuencia de la expansión de cultivos de arroz. Como en tantas otras ocasiones, dije que sí. “Pero tiene que ser en abril, cuando ya no esté tan seco”, respondió. Como es usual, él, sus vecinos y su familia esperan que la lluvia llegue después de los tiempos de “sequía” que hay entre febrero y marzo.

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La conversación nos dio pie para recordar lo que sucede en esas sequías en Paz de Ariporo, en Casanare, a donde esperamos ir: desde 2014, las “sequías” que ocurren en ese municipio captan, con cierta frecuencia, la atención de noticieros, pues muchos chigüiros resultan muriendo. Ese año fue particular: las imágenes de los cadáveres de esos roedores y de vacas puso a todo el país a hablar de los Llanos Orientales. Algunos cálculos que se hicieron después del episodio indicaron que fallecieron unos 20 mil animales.

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Entonces, Paz de Ariporo se llenó de periodistas que trataban de buscar una explicación a la “sequía” (las comillas son a propósito, pues no hay una definición universal de sequía). El Ministerio de Ambiente tuvo que responder preguntas, la Procuraduría pidió explicaciones y otras entidades (la Policía, la Gobernación, el Instituto Humboldt…) intervinieron para sortear la situación. Desde una orilla del sector ambiental, culparon a las petroleras, aunque, al final, quedó claro que esos episodios de muertes de chigüiros son más usuales de lo que creían quienes hacían reproches desde su sala en Bogotá.

Pero una pregunta quedó dándole vueltas en la cabeza a algunos científicos: ¿Hubo alguna causa que permitiera explicar qué ocurrió ese año? Entre ellos estaba Rubén Molina (PhD), hoy científico asistente de investigación en la facultad de Ingeniería en la Universidad de Iowa (Estados Unidos), y Juan Salazar, doctor en Recursos Hidráulicos e investigador de la U. de Antioquia. Junto con otros colegas, entre los que está el brasilero Antonio Nobre —una autoridad en investigación sobre la Amazonia—, publicaron hace unos meses un estudio en la revista Environmental Research Communications, que demuestra que en 2014 hubo una particularidad que se nos estaba escapando del radar.

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“Los científicos necesitamos más tiempo para investigar del que se toman las noticias”, dice Salazar en una llamada telefónica.

Imagen de los chigüiros, en Paz de Ariporo en 2014.
Foto: Sergio Silva Numa

La idea de estudiar lo que había ocurrido en Paz de Ariporo ese año surgió mientras Rubén Molina hacía su doctorado en la U. de Antioquia. Se les ocurrió indagar ese episodio como parte de su tesis. “Queríamos estudiar si ese año había sido más ‘seco’ que otros”, asegura Molina, desde EE.UU.

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Pero, ante la ausencia de datos que ayudaran a comprender el clima en esa región, tuvieron que mirar mucho más atrás para entender qué había ocurrido: reconstruyeron el comportamiento de las “sequías” entre 1979 y 2019. Para hacerlo, saltándose muchos detalles metodológicos, tuvieron que hacer mediciones, modelos, explorar bases de datos y reconstruir una especie de mapas que les indicaban cómo se comportaba del viento, porque en el viento, precisamente, podía estar parte de la explicación de lo que había sucedido.

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En palabras de Salazar, tras lograr una visión más completa de la atmósfera en esas décadas, hallaron dos resultados valiosos. El primero es que, al observar esa línea de tiempo de los últimos 40 años, las “sequías” (entendidas como períodos en los que las lluvias están por debajo de niveles normales) se han vuelto más comunes y más largas, especialmente desde el año 2000. El segundo, añade, es un poco más “novedoso”: la sequía del 2014 parece estar conectada con la Amazonia.

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“Nuestros resultados revelan un mecanismo físicamente plausible que vincula la Amazonía con la ocurrencia de sequías en las sabanas vecinas” escribieron en el artículo. Ese mecanismo “puede explicar la intensificación de las sequías extremas observada en las últimas décadas en Paz de Ariporo”.

A lo que se refieren, explica Salazar, es que detectaron que en ese 2014 el viento que usualmente pasa por el bosque amazónico para luego dirigirse a los Llanos colombianos, pasó menos por la Amazonia. “Fue un año raro en la historia del viento. Cuando un viento muy ‘sediento’ pasa sobre el bosque, ‘calma la sed’ y, al llegar a los Llanos, tiene mejor disposición para producir lluvias. Pero en 2014 eso no sucedió”.

En otros términos, complementa Molina, esas masas de aire que circulan del bosque a las llanuras llevan humedad. “Es la muestra de que esos bosques cumplen un papel ecológico muy importante que tiene que ver con cómo se va a comportar la lluvia en una región remota. Y encontramos que 2014 fue un año que, independientemente de los problemas que había en la superficie, fue seco porque estaba más desconectado de la fuente de humedad de los bosques. La pregunta es: si no hay bosque, ¿perderemos esa agua? No lo sabemos, pero uno esperaría que sí”, agrega.

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En su artículo recogen evidencia de otros colegas que ya han sugerido lo que sucede cuando se pierde el bosque amazónico, a la hora de hablar de precipitaciones. “Las simulaciones muestran que la deforestación en el Escudo Guayanés provoca una prolongación de la estación seca en los Llanos colombianos y en amplias zonas de la cuenca amazónica”, escriben en un apartado. “Los resultados de esta investigación refuerzan la idea de que los bosques del Amazonas son vitales para la seguridad hídrica de regiones vecinas como los Llanos Orientales, incluyendo la disponibilidad de agua”, anotan en otro.

Otro par de cosas detectaron los investigadores. Por un lado, que la sequía no fue culpa del fenómeno de El Niño. Y, por el otro, que, aunque no acaparó tantas noticias como en 2014, hallaron la sequía se prolongó durante 2015 y 2016. Tal vez, conjetura Salazar, porque algunas autoridades tomaron medidas de contención, “pero el análisis de la atmósfera nos indica que esos dos años la sequía continuó”.

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Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar.@SergioSilva03ssilva@elespectador.com
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