En los últimos años, el consenso en el mundo científico y entre los investigadores sociales señala que vivir en un país o una región con una alta desigualdad de ingresos perjudica el bienestar y la salud mental de las personas, independientemente de sus ingresos.
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Es una idea que ha prevalecido, pero un estudio publicado en Nature y liderado por Nicholas Sommet, doctor en psicología social de la Universidad de Lausanne (Suiza), acaba de mostrar que no hay tanta certeza detrás de esta afirmación. Al examinar con detalle las investigaciones existentes sobre la desigualdad, así como grandes conjuntos de datos internacionales, se llevó una sorpresa.
“Lo que descubrí era que los resultados no muestran una relación muy clara. Algunos estudios indican que una mayor desigualdad está relacionada con una peor salud mental, otros no encuentran ninguna relación y algunos, incluso, concluyen lo contrario. Mis propios análisis a menudo son igualmente contradictorios. Dada la inconsistencia de las pruebas, consideré que era necesario realizar un análisis exhaustivo y sistemático para recopilar todos los estudios elegibles y estimar la asociación general de la forma más fiable posible”, le contó Sommet por correo a este diario.
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Su investigación fue publicada hace poco en la revista Nature. Sommet, junto con un grupo internacional de colegas, analizó 168 estudios que utilizaron datos, tomados entre 2000 y 2022, de más 11 millones de personas en 38.335 unidades geográficas, entre las que había colombianos.
Uno de sus principales hallazgos es que, hasta ahora, no hay datos que expliquen cómo la desigualdad afecta la salud mental de las personas.
Somos más desiguales, ¿pero más infelices?
Si hay algo en lo que no hay debate en el mundo es que la desigualdad —definida como la distribución no equitativa de los ingresos y la riqueza en una población— ha aumentado. Como indican los autores del estudio, esto ha ocurrido de manera “considerable desde principios de los años ochenta en la mayoría de los países del mundo”. Para 2020, según un informe de las Naciones Unidas, más del 70 % de la población vivía en un país en el que la desigualdad incrementó desde 1990.
Colombia tiene un papel especial a la hora de hablar sobre desigualdad. Durante décadas ha sido denominado como uno de los “países más desiguales del mundo”. Según el más reciente informe del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), para el 2024, el coeficiente de desigualdad de ingresos Gini registró una ligera disminución al pasar de 0,551 frente 0,553 en 2023 a nivel nacional (0 equivale a una sociedad totalmente equitativa, mientras que 1 representa la desigualdad máxima). En este indicador, Eslovaquia es el país más “equitativo” con un coeficiente de 0,232 (para 2024).
Esta realidad ha hecho que las ciencias sociales hayan tratado de entender qué ocurre en la mente de alguien que, mientras lucha por llenar la nevera cada mes, observa, al otro lado de la calle, a su vecino estrenar un auto o presumir de un viaje al extranjero. Y los resultados de estas investigaciones impactan, a su vez, en las decisiones se deben tomar desde la política pública para atender este asunto.
El problema, como delinean los autores del estudio publicado en Nature, es que “el 82 % de los estudios analizados presentan un riesgo grave de sesgo”. Según los autores, este patrón concuerda con el conocido problema del “cajón de archivos”. Los estudios con resultados estadísticamente significativos y claros tienen más probabilidades de ser publicados, mientras que los estudios con resultados nulos, mixtos o inconclusos suelen quedarse en los cajones de los investigadores.
Por su parte, los metaanálisis sobre esta relación —es decir, investigaciones que reúnen y analizan la evidencia disponible— incluyeron relativamente pocos estudios y no ajustaron sus sesgos de publicación. Esto, en su conjunto, tiene sus implicaciones, pues estos “estudios de balance” han sido utilizados como respaldo de documentos y lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).
En síntesis, el nuevo análisis, reveló que no había ninguna relación entre la desigualdad y el bienestar o la salud mental. Fue una relación básicamente nula. Según los datos recopilados, “las personas que viven en lugares más desiguales no declaran un menor bienestar subjetivo y, en promedio, no son más propensas a sufrir problemas de salud mental”, sostiene Sommet. Para él este trabajo es una lección de que se requieren actualizaciones sistemáticas de este tipo de estudios.
En un punto en el que Sommet y su equipo son enfáticos es que, “este debate no debería distraer la atención de lo que ya está claro: existen pruebas empíricas sólidas y consistentes de que la pobreza y las privaciones materiales perjudican el bienestar y la salud mental”.
¿Qué nos hace infelices?
Al revisar algunos de los estudios, se encuentra que el impacto en la salud mental de la desigualdad depende de factores más complejos. Una de las pistas que ofrece el nuevo estudio es que existen dos factores dentro del contexto económico que sí complican los impactos en la salud mental de las personas: la inflación y el nivel de pobreza.
“Lo más revelador del estudio es que confirma que en los países de menor ingreso sí existe la asociación de desigualdad y los indicadores de bienestar subjetivo y de salud mental. Y eso es replicado con los datos de la encuesta Gallup, que mide este último indicador. Entonces, a pesar del mensaje negativo de la investigación, creo que resalta mucho el hecho de que esta asociación sí está dependiendo la composición de la muestra”, indica William Jímenez, doctor en Psicología Cognitiva de la Universidad de Warwick e investigador de la Universidad de los Andes, quien no participó en el estudio.
“Para un país como Colombia, que combina una elevada desigualdad con una pobreza significativa, aunque en descenso, y presiones inflacionistas, nuestros hallazgos sugieren que la desigualdad puede entenderse mejor como un factor que amplifica el estrés cuando las condiciones económicas son adversas, en lugar de actuar como una causa psicológica independiente”, concluye Sommet. “Desde el punto de vista de las políticas, esto sugeriría que los beneficios más inmediatos para la salud mental y el bienestar pueden provenir de la reducción de la pobreza y la protección de los hogares contra la inflación, en lugar de centrarse únicamente en la reducción de la desigualdad”.
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