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Con la misión Artemis 2, la NASA busca regresar a la Luna después de más de 50 años, preparándose así para su siguiente gran paso: Marte. Este miércoles 1° de abril se lanzará el cohete tripulado, un hito significativo en la conquista del espacio que sucede al éxito de Artemis I en 2022. Esta misión enviará a cuatro seres humanos a orbitar en torno a la Luna.
Es innegable que ver a la primera mujer (Christina Koch) y a la primera persona de color (Victor Glover) viajar hacia la Luna salda una deuda que la humanidad arrastra desde hace décadas. Sin embargo, después de que la presidencia de Estados Unidos haya eliminado las políticas de diversidad, equidad e inclusión en sus agencias federales, el enfoque de la misión parece distanciado de aquella visión de 2019. Antes, la web de la NASA destacaba que Artemis llevaría a la “primera mujer, la primera persona de color” a la Luna. Hoy, una búsqueda rápida no muestra huellas de ese compromiso o de esa narrativa.
Vale la pena reflexionar sobre lo que esta misión representa en el contexto político actual y cuál es su objetivo real. ¿Estamos explorando la Luna por un deseo genuino de conocimiento o es esto simplemente un trampolín hacia metas más ambiciosas como la minería espacial o una demostración de fuerza frente a potencias como China?
El programa espacial chino avanza a pasos agigantados. Tras el éxito de sus misiones robóticas, China ha fijado 2030 como meta para el alunizaje de sus primeros astronautas. No estamos solamente ante una misión de exploración, sino ante una nueva carrera espacial donde la prioridad es llegar antes que el rival, no necesariamente de la forma más eficiente o ética para la humanidad.
Por otro lado, poner a una mujer y a una persona de color en la Luna parece ser un acto hipócrita a la luz de las injusticias sociales actuales. Mientras celebramos el avance tecnológico de Artemis, persisten en EE.UU las deportaciones masivas de ICE, la discriminación racial y los recortes presupuestarios a la ciencia que afectan la astronomía y otras áreas fundamentales, tanto a escala de la NASA, como a nivel mundial.
Aunque este “gran salto” inspirará (y espero que así sea) a las nuevas generaciones, tal como ocurrió en 1969, debo admitir que no comparto el entusiasmo generalizado de mi comunidad. En 1967, el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de las Naciones Unidas estipuló que ningún país puede apropiarse de la Luna y que su uso debe ser estrictamente pacífico. No obstante, Artemis III (programada para 2027) y los proyectos que la siguen, parecen dar prioridad a la actividad extractiva en la Luna y a la dominación estratégica sobre la genuina colaboración internacional.
Como científica y espectadora, me cuesta celebrar un proyecto que parece convertir el espacio en un bazar o un trofeo. Emocionarme ciegamente sería aceptar que la diversidad y la representación pueden ser sacrificadas frente a la ambición política.
* PhD en Astrofísica.
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