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¿Por qué las orejas de algunos perros son anchas y cuelgan, como las del basset hound, mientras que las de otros, como el rottweiler, son rígidas y erguidas?
Los científicos creen que el tamaño de la oreja externa varía mucho entre los animales y una de las razones apunta a su papel en la termorregulación: las orejas pequeñas ayudan a conservar el calor corporal, mientras que las grandes facilitan su disipación. Aunque en varias especies domesticadas ya se habían identificado factores genéticos que influyen en el tamaño de las orejas, en los perros este aspecto seguía siendo poco conocido, casi que un misterio para la ciencia.
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Para intentar llenar ese vacío, un grupo de investigadores analizó genomas completos de distintas razas caninas mediante un estudio de asociación de genoma completo (GWAS), comparando perros con orejas erguidas y caídas. Los resultados fueron presentados el pasado 11 de enero en la Conferencia del Genoma Vegetal y Animal en San Diego, California y se han publicado en Scientific Reports.
El análisis permitió identificar una región importante en el cromosoma 10 del perro (CFA10), ubicada entre los genes MSRB3 y HMGA2. La variante más significativa encontrada en esa zona es evolutivamente conservada y, en humanos, se sabe que interactúa con un potenciador que regula MSRB3, un gen implicado en el desarrollo de tejidos. Los resultados mostraron que en esa región existen dos variantes genéticas independientes asociadas tanto al tamaño de la oreja como a su posición.
Sin embargo, solo cuando ambas variantes aparecen juntas en un mismo haplotipo recombinante se produce el rasgo característico de las orejas caídas. Cada variante, por separado, puede contribuir a que la oreja sea más grande, pero no basta para que pierda su rigidez. Así, las razas que conservan el haplotipo ancestral suelen presentar orejas pequeñas y erguidas, mientras que aquellas en las que predomina el haplotipo recombinante (con ambos alelos derivados) desarrollan orejas más grandes y colgantes. El estudio sugiere, entonces, que el tamaño de la oreja, determinado por la combinación de variantes genéticas, es el factor clave que influye en si las orejas de un perro se mantienen erguidas o terminan cayendo.
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En otras palabras, los científicos encontraron que una zona específica del ADN del perro funciona como una especie de “interruptor” para el tamaño y la forma de las orejas. Esa zona está en el cromosoma 10 y se ubica entre dos genes, MSRB3 y HMGA2, que participan en el desarrollo de los tejidos. En ese “interruptor genético” aparecen dos cambios distintos del ADN (variantes). Cada uno, por separado, tiende a hacer que la oreja crezca un poco más. Sin embargo, ninguno por sí solo logra que la oreja se vuelva caída: solo aumenta su tamaño de manera limitada.
La más importante está en la combinación. Cuando ambas variantes se heredan juntas, lo que los científicos llaman un haplotipo recombinante, la oreja crece lo suficiente como para volverse pesada y perder rigidez, y entonces termina colgando. Por eso, las razas que conservan la versión genética más antigua suelen tener orejas pequeñas y erguidas, mientras que las razas con esa combinación “doble” de variantes desarrollan orejas grandes y caídas.
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