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Entre el repique de picas, macetas y pulidoras que intentan quebrar los escombros de un edificio que colapsó a pocas cuadras de la Plaza de Bolívar, en Pereira, rescatistas y voluntarios gritan indicaciones para coordinarse. Son decenas de personas repartidas en cuatro grupos que se encargan de remover grandes escombros, como paredes o columnas, con ayuda de una grúa. Mientras tanto, otro grupo se organiza en cadena para pasar baldes con escombros más pequeños y tirarlos lejos de la zona de búsqueda.
“¡Silencio!”, grita uno de los líderes del grupo de rescatistas. De inmediato, todos los hombres y mujeres que hacen parte del equipo levantan las manos con el puño cerrado. La grúa apaga su motor y se silencia el caos en apenas unos segundos.
“Nadie camine ni haga ruido”, insiste el líder de rescatistas.
Mientras tanto, Jacobo Forero, un sonidista que acompaña las labores de búsqueda junto a dos colegas, dirige una grabadora con un micrófono de alta sensibilidad hacia el suelo. “¡Si hay alguien con vida, por favor haga un ruido!”, grita uno de los rescatistas. A lo lejos, habitantes y trabajadoras del edificio colapsado esperan con los ojos abiertos y aferrándose a la esperanza que les queda después de perderlo todo.
El llamado se repite en medio del silencio: “Si hay alguien con vida, por favor haga un ruido”. Pocos segundos después, se desprende una algarabía de celebración entre los rescatistas. Alguien escuchó algo, pero Jacobo y sus compañeros sonidistas no están seguros de que haya sido una persona. Vuelven a pedir silencio. Repiten el llamado, pero esta vez, tras casi un minuto de espera, no escuchan nada.
Buscar a una persona bajo los escombros no es una tarea fácil. Además de remover toneladas de escombros, los rescatistas tienen que cuidarse de no cortar tuberías de gas o generar más peso sobre los posibles sobrevivientes. La revista UNAM Global, de la Universidad Autónoma de México, cataloga las primeras 72 horas tras el desastre como una “carrera contra el tiempo”, pues cada minuto que pasa significa que se reducen las probabilidades de encontrar personas con vida.
Por eso la prisa de Forero y del equipo de rescatistas. “Hemos hecho varias pruebas de sonido, pero realmente no hemos escuchado nada”, dice el sonidista.
Más temprano, la Policía de Rescate despejó la zona para darle paso a un perro de búsqueda. “No ladró”, cuenta Forero, lo que indica que no encontró nada. “Pero sí se interesó en un punto. La indicación de la Policía es que sigamos quitando escombros en ese lugar”, añade.
“Sigamos”, indica el líder de los rescatistas. Todos retoman la remoción de escombros, incluso Forero, que, mientras no está haciendo pruebas de sonido, ayuda al equipo que trabaja junto a la grúa con los escombros más grandes.
El edificio tenía tres pisos. En el primero funcionaban una cantina, dos comercializadoras de plásticos y una chatarrería. En los dos pisos de arriba había un inquilinato. Diana, una de las propietarias de la cantina, estima que había 15 personas en el edificio a la hora del sismo. Hasta ahora, han recuperado los cuerpos de siete personas sin vida y guardan la esperanza de encontrar sobrevivientes.
El balance oficial de la Alcaldía de Pereira, actualizado por última vez durante la mañana de este martes, indica que hay 73 personas fallecidas (aunque Asocapitales elevó el número a 79), 37 desaparecidas, 15 personas atrapadas y 85 heridas recibiendo atención.
Más allá de las cifras, en la capital de Risaralda la situación es crítica. Una gran parte de la ciudad se encuentra sin los servicios de energía eléctrica y agua. Durante la noche del lunes, menos de 24 horas después del terremoto, familias enteras dormían en la calle, armando camas y cambuches improvisados, ya sea porque sus casas resultaron afectadas o porque temen dormir al interior de sus viviendas.
El reporte de 68 edificaciones colapsadas totalmente y 26 en colapso parcial no refleja otra información: la que ha sido imposible de contabilizar hasta ahora y que, de acuerdo con la Alcaldía, se estima en “cientos de viviendas afectadas”. Alrededor de la plaza central de la ciudad hay pocas vías funcionando; en algunas los semáforos no sirven y, aunque se anunció día sin carro y sin moto, por las calles se movilizan vehículos sin ninguna restricción.
También han llegado cientos de personas a sus locales comerciales para recuperar mercancía y enseres. En un local a siete cuadras de la Plaza de Bolívar, Luz Amanda acompaña a su hermana a retirar lo que quedó de su local de venta de tuberías. La infraestructura está gravemente fracturada y no pueden trabajar allí.
“Ella se demoró en llegar al local y gracias a eso no le pasó nada. Donde ella se sienta normalmente cayeron muchos escombros”, señala la hermana de la comerciante. Desde el segundo piso de ese mismo edificio, una mujer tuvo que saltar tras el sismo, pues la escalera de salida colapsó. La trasladaron a un centro asistencial, “pero allá no daban abasto y tuvimos que cuidarla en la casa”, dice Eliécer, esposo de la mujer lesionada.
Mientras tanto, en la Plaza Victoria, a una cuadra de los locales comerciales, están desmontando una tarima cuya construcción quedó a medias, pues Pereira se preparaba para recibir las tradicionales Fiestas de la Cosecha este fin de semana, pero fueron suspendidas por la Alcaldía tras la emergencia.
Ahora, la ciudad se concentra en las labores de rescate en los lugares más afectados, con el objetivo de incrementar una de las tantas cifras que ha reportado la Alcaldía: entre rescatistas y voluntarios, han logrado rescatar a 243 personas, pero aún restan 15 reportadas como atrapadas y 37 desaparecidas.
En los puntos de búsqueda se necesitan guantes de construcción, gafas, tapabocas y herramientas livianas, como barras metálicas o macetas, para ayudar en la remoción de escombros. “Lo demás puede esperar. Tenemos que entender que hay personas que necesitan la ayuda más que nosotros”, dice Luz Amanda.
Tras un breve receso para tomar agua, Jacobo Forero, el sonidista, se prepara para volver sobre la montaña de escombros que dejó el sismo en la esquina de la carrera 9 con calle 5. Cuando los rescatistas lo indiquen, volverá a pedir silencio con el puño al aire y apuntará el micrófono de su grabadora en búsqueda de un sonido de vida.
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