1 May 2021 - 12:22 a. m.

Álvaro Herrera: de desplazado por el conflicto a uno de los más brillantes cornistas

El joven de 25 años, quien fue víctima de un “falso positivo judicial” cuando querían imputarle cargos por “empleo o lanzamiento de sustancias” y vandalismo el pasado 28 de mayo en Cali, habló sobre sus esfuerzos para profesionalizarse como músico de la Universidad del Valle y de la guerra que ha vivido en carne propia. Por su talento, ha representado el país en festivales folclóricos en México y Perú.

Álvaro Herrera Melo, de 25 años, dice que su deseo más grande en la vida es estudiar música y dirección orquestal en Alemania. Sueña con perfeccionar su técnica con el corno francés y aprender canto. “Yo no necesito ni quiero ser famoso, pero sí quiero que mi trabajo sea reconocido algún día”, asegura sin dimensionar que su nombre ya es reconocido, aunque por otras circunstancias. El pasado 28 de mayo en Cali, en el marco del paro nacional, fue víctima de un “falso positivo judicial” tras ser capturado ilegalmente cerca de la Universidad del Valle, según la fiscal del caso.

Ese día, cuando se cumplía un mes desde que empezaron las manifestaciones, Cali se tiñó de sangre tras registrar 13 homicidios, según la Policía Metropolitana, y 14, de acuerdo con las organizaciones de derechos humanos. Los dos puntos más caldeados fueron La Luna, en el centro, y Ciudad Jardín, un exclusivo sector al sur, contiguo a la Universidad del Valle y en el que precisamente se llevaba a cabo un cacerolazo sinfónico por parte de estudiantes de música, entre ellos, Álvaro.

Al caer la tarde, su rostro se difundió por redes sociales luego de que se hiciera público un video en el que aparece ensangrentado, sin camisa y tirado en el piso. En la grabación le respondía a un policía que era un vándalo y que fue golpeado por los manifestantes. Se veía temeroso y angustiado. “La voz le temblaba y quienes lo conocemos, sabíamos que lo estaban torturando para mentir”, contó su madre, desde su casa en zona rural de Cali y a quien le guardaremos la identidad por seguridad.

En entrevista con El Espectador, Álvaro Herrera Melo narró los momentos de terror que vivió mientras fue detenido, según él, por personas civiles que luego lo entregaron a la policía en la estación de La María, al sur de la ciudad. “Cuando comenzaron los disparos yo salí corriendo hacia la calle 16, ahí vi que había civiles con armas y saqué mi celular para grabar. En ese momento un civil me cogió por la espalda y comenzó a ahorcarme, me golpearon en el suelo y destruyeron mi celular (…) luego me llevaron a la estación de policía”, relató el músico.

Después, contó que vio una camioneta blanca justo delante de la patrulla de la policía del sector. “Uno de los civiles dijo que por qué no me subían a esa camioneta y luego un policía dijo que por qué no me desaparecían”, narra con la voz entrecortada. Álvaro recordó que alcanzó a gritar y suplicar para no ser llevado en el vehículo particular blanco.

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Fue en esa estación en la que un uniformado, después de golpearlo contra una pared blanca junto a otros oficiales, lo intimidaron para que hablara. “Me dijeron que yo dónde estaba y qué estaba haciendo, respondí que en un cacerolazo sinfónico, pero el policía paró la grabación, me golpeó y me volvió a preguntar, como haciéndome entender que esa no era la respuesta que querían escuchar”, denunció.

En pocos minutos, el video se había replicado en grupos de Whatsapp, Facebook y Twitter. Fue a través de él que sus familiares y amigos se enteraron de lo que había sucedido. A sus compañeros de clase, que lo perdieron de vista en la tarde cuando comenzó la balacera, les llegó a través de un mensaje y de inmediato crearon varias piezas gráficas para desmentir que su amigo fuese vándalo o terrorista.

Fue gracias al contacto del representante a la Cámara Inti Asprilla que el abogado Sebastián Caballero se puso en contacto pronto con la familia para representarlo en el proceso judicial, en el que no alcanzó ni siquiera a ser llevado a audiencias preliminares por la Fiscalía “porque cuando llegué a la URI, la fiscal inmediatamente determinó que había sido una captura ilegal porque ni siquiera me leyeron los derechos”, asegura. Esa misma tarde, del sábado 29 de mayo, después de 24 horas de captura, los cinco jóvenes que habían sido detenidos fueron dejados en libertad con arengas y cánticos de manifestantes que se ubicaron a las afueras de la Fiscalía en Cali para recibirlos.

Uno de sus compañeros de clase y estudiante de música de la Universidad del Valle, quien también fue testigo de la captura ilegal, le dijo a este diario cómo sucedieron los hechos: “Cuando comenzó la balacera, interrumpimos nuestros toques y salimos a correr. Fue muy confuso para todos y yo salí hacia el Pepe Ganga a subirme a un bus que estaba esperándonos, pero sólo vi que Alvarito corrió hacia el lado contrario, supongo, para ir a tomar fotos que sirvieran para denunciar lo que estaba pasando”.

De hecho, en el celular de Álvaro, según contó, estaban todas las evidencias del cruce de disparos de personas civiles que ha quedado registrado en varias fotografías a través de las redes sociales. “También había alcanzado a grabar a la persona que me apuntó”, señaló la víctima. Pero su celular fue destruido por los civiles armados que lo detuvieron.

Cuando era llevado hacia la estación de policía, y como quedó registrado en varios videos en redes sociales, Álvaro ya no llevaba su corno. Ante las autoridades reveló que fue en la estación de policía donde se lo quitaron. “Apenas me detuvieron los civiles, abracé mi instrumento para no perderlo, pero luego me lo quitaron los policías y no me lo regresaron”.

Esa no era la primera vez que él se unía al paro nacional a través de su música y su corno. Su primera intervención, junto a sus compañeros, fue el 16 de mayo en la Loma de la Cruz (rebautizada por la comunidad como la Loma de la Dignidad) y la segunda vez fue el 23 de mayo en la glorieta de Siloé, donde también montaron una tarima para interpretar canciones como “Para la guerra nada”, “El Aguante” y “Latinoamérica”. El viernes 28 de mayo, cuando detuvieron a cinco jóvenes que participaban del cacerolazo sinfónico, Álvaro estaba interpretando junto a sus compañeros el himno de la Guardia Indígena.

Entre el conflicto y el rebusque

Si alguien ha buscado huirle a la guerra desde pequeño y puede hablar con conocimiento de causa es precisamente él. Álvaro es víctima del conflicto armado desde 2001, cuando fueron desplazados forzosamente de la zona rural del corregimiento de Pance, donde se enfrentaban guerrillas del Eln y las Farc contra grupos paramilitares que se disputaban el control de la zona desde la década de los noventa. Hasta el 2000, el Frente 30 de las Farc tenía control único de la subcuenca alta del río Pance hasta que el Eln entró a disputar ese territorio minero. “Me tocó escuchar desde muy pequeño las balas de la guerra”, contó el joven.

Álvaro es cortante, pero profundo en sus palabras cuando habla de esta historia. Ni él ni su familia pudieron retornar a su territorio, así que lo perdieron todo. Le tocó trabajar desde muy pequeño porque en su casa siempre hacía falta el peso y tampoco le gustaba que le regalaran cosas, pues prefería ganárselas con su trabajo. Uno de sus amigos de colegio aseguró que cuando estudiaban en el Santa Librada de Cali vendía arepas en la mañana y estudiaba en la jornada de la tarde para pagar los transportes y materiales.

(Vea: Los líderes de una cooperativa de exFarc en Cali que la Fiscalía señala de ser disidentes y agitadores del Paro)

A los 13 años tuvo su primer empleo como empacador en un supermercado. De ahí en adelante, como le toca a miles de jóvenes en Colombia, se ha dedicado al rebusque. “También he trabajado dando clases particulares de música y armonía, soy monitor del almacén de instrumentos de la universidad y trabajo en servicios generales haciendo aseo en la Amortiteca del Valle”. Siempre le ha tocado estudiar para profesionalizarse y conseguir un empleo estable con el que pueda ayudar a su madre, cabeza de familia, y quien también vivió la guerra en el Putumayo, de donde es oriunda, pero tuvo que partir en busca de nuevas oportunidades para sus nueve hijos.

Álvaro es el séptimo de ellos. Se crió y ha vivido desde pequeño en la zona rural. Al campo lo considera su mejor amigo “porque es muy agradecido”. Evitó entrar en detalles cuando se le preguntó por las dificultades que ha vivido para llegar donde está, pero reiteró que “todo es por avanzar, aunque la situación económica que hemos afrontado no es fácil”.

“Muchas veces yo no tenía dinero para darle a mi hijo y le decía que entonces no fuera a la universidad, pero él se iba y se devolvía caminando”, confesó su madre. Ella, más que nadie, conoce de los inmensos esfuerzos de Álvaro por terminar su carrera: “Cuando no tenemos plata, se va caminando a estudiar. Llega a demorarse, más o menos, cinco horas en cada trayecto. Hubo una vez que me llegó a la casa a las 2:00 de la mañana caminando y se levantó a las 5:00 de la mañana otra vez para volver a salir”.

Otro de sus amigos, que estudió con él en el colegio Santa Librada y en la Univalle, confirmó estas historias y resaltó que Álvaro fue uno de los pioneros del grupo de música en el colegio, junto a la profesora Oliva, en el año 2008. “Siempre vi que él llegaba sudando al colegio o a la universidad hasta que un día un profesor se dio cuenta de eso y le regaló una bicicleta para que se transportara”.

Y es que justamente ahí comenzó su pasión por la música. Hoy, es guitarrista, interpreta el tiple y el corno francés. El estudiante afirmó que fue la profesora Oliva, en su colegio, quien lo invitó a cantar en el grupo de música a sus 11 años. “Un día ella me dijo que si yo cantaba y le respondí que sólo en el baño, entonces me invitó a participar del coro del colegio que ensayaba los miércoles al mediodía. Ahí fue donde empecé mi música”.

Del baño, en contra de lo que él pensaba, pasó a grandes escenarios. En 2015, cuando después de graduarse como bachiller, se presentó a la primera prueba de admisión en la Universidad del Valle a la carrera de música y fue aceptado en el primer llamado. “Sentí una alegría inmensa, pero es un grado de responsabilidad igual de enorme”.

Sus esfuerzos no han sido en vano. Emerson Castañeda Ramírez, director del grupo de danzas Carmen López de la Univalle, del que Álvaro hace parte, describió a su alumno como “un chico brillante, humilde, apasionado y dedicado a la música, con un amor gigante por el folclor colombiano y muy inteligente”. Desde que entró al primer semestre de Licenciatura en Música comenzó a integrar este grupo estudiantil con el que representó al Valle del Cauca y a Colombia en México y Perú, en 2015 y 2017, respectivamente, en festivales folclóricos a los que llevaban a participar a una pequeña delegación de todo el semillero. “Su comportamiento siempre fue ejemplar y dejó muy en alto la bandera”, agregó su profesor.

Diego Paredes, otro de sus amigos de la universidad, relató que una de las pasiones que lo unen con Álvaro es la política y los debates: “Uno se lo encontraba constantemente en el bus y nos íbamos charlando sobre lo que pasaba en el país, sobre política. Ambos tocábamos música andina también y yo un día le hice una promesa que él recuerda”. El sábado 29 de mayo, en sus redes sociales y después de lo sucedido, Paredes le recordó ese compromiso: “Si te pasa algo, compañero, te prometo que seguiré luchando por el país que siempre soñamos y te cumpliré la promesa que un día en el bus nos hicimos de transformar nuestro país”.

Álvaro Herrera es la encarnación propia de las protestas que lideran desde hace un mes los jóvenes en Colombia que en sus arengas y peticiones hablan de tener más oportunidades para acceder a la universidad, de no tener que ir a estudiar con hambre y de lograr salir de la pobreza. A través de su experiencia ha luchado por lograr una vida más digna para él y su familia y por hacerse un nombre a pulso. Su lucha, cuando protestaba en el paro nacional es también “para que los jóvenes no tengamos tantas trabas y obstáculos para salir adelante y poder ser profesionales”.

Su madre, aunque temerosa por su seguridad y la de su familia, dijo que “no hay mal que por bien no venga” y que sabe que pronto regresará la normalidad a su vida. Es gracias a ella que Álvaro Herrera Melo quiere triunfar y llegar más lejos de lo que ha llegado, a pesar de que las condiciones siempre han jugado en contra, “porque ella se quita el pan de la boca, literalmente, por nosotros, y se lo tengo que retribuir”. Ahora volverá con más fuerza a luchar por un país más equitativo y seguirá asistiendo al paro nacional, que parece no tener un pronto final: “Por supuesto que seguiré protestando, pero como siempre, desde mi música”.

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