Hay quienes dicen que las cosas solo se saben cuando ocurren. En la guerra, casi nunca es así. El 16 de enero de 2025, cuando el ELN arremetió en el Catatumbo, el líder campesino José del Carmen Abril tenía una certeza que anticipaba un solo desenlace: si lo encontraban, iban a matarlo.
La guerrilla tocó cuatro veces la puerta de su casa en el corregimiento La Trinidad, en el municipio de Convención (Norte de Santander), para preguntar por él. “No lo vamos a matar”, le decían a su pareja. Pero en un territorio donde las balas llevan grabado el nombre de quienes se atreven a alzar la voz contra la barbarie, esas palabras son vacías. Y Carmito –como le dicen de cariño– sí que lo sabía.
Cuando los armados llegaron, el líder campesino de 56 años no estaba en casa. Había salido con sus hijos a trabajar y preparar el terreno para los cultivos. Allí se enteró de la sangrienta avanzada del ELN en todo el Catatumbo: la guerrilla había entrado a copar territorios que hasta entonces compartía con el frente 33 adscrito a la disidencia de las FARC conocida como Estado Mayor de los Bloques y Frente (EMBF). La guerra se recrudecía y Carmito se había convertido en objetivo militar.
“Escuchamos que habían matado a un primo mío y habían matado a dos firmantes de paz más, y ya estaban matando campesinos y fueron por mí a la casa a solicitarme. A nosotros, nacidos y criados allá, nos entró mucho miedo. Las preguntas no eran para llenarnos de dulces, eran para callarnos porque se sabía y se conoce que yo no iba a compartir nunca la masacre, ni la desaparición, ni el destierro, ni que se le quite a los campesinos lo que han trabajado con mucho esfuerzo”, recuerda el líder un año después de los hechos que ya dejan más de 100.000 desplazados, según un informe de la Defensoría del Pueblo, y que sumergieron al Catatumbo en la peor crisis humanitaria de los últimos 20 años.
La entidad también alerta que son casi 8.000 personas que, como Abril, están amenazadas de muerte directamente por líderes de los grupos armados.
La llamada que lo salvó
La noche del 16 de enero, Carmito tuvo que dormir en la montaña con sus hijos. Fue desde allí que grabó un video en el que clamaba por ayuda. “La situación de conflicto entre el ELN y las FARC (las disidencias) se agudizó. Van muchos muertos, han matado excombatientes, se han llevado retenidos. Están entrando a las casas, sacan a todo el que haiga (sic), niños mujeres y todos. Y hoy temo por mi vida”, dijo Abril. Sus ojos, como si hubieran encallado en el lugar más tenebroso del mundo, pedían tanto auxilio como lo hacían sus palabras. Era también la mirada resignda de quien sabe que no hay más remedio que abandonar lo que le pertenece. Esa grabación llegó a los noticieros y a las redes sociales, y Carmito se convirtió en el rostro de la tragedia.
En video: Se cumple un año de la guerra en Catatumbo entre el ELN y el Frente 33
La respuesta a sus pedidos de auxilio llegó el 17 de enero, a las 6:05 de la mañana, en una conversación con el entonces ministro de Defensa, Iván Velásquez. Carmito había recordado que tenía su número. En el primer intento, el celular timbró, pero nadie respondió. Cinco minutos después, el ministro devolvió la llamada. “Me dijo enseguida, ‘Carmito, ¿usted está vivo? ¿Cómo está? ¿Y dónde está?’ De una vez me respondió y me dijo ‘Carmito, el presidente me acaba de ordenar que lo debemos rescatar como sea’. A las 11:40 entra una operación militar y nos rescataron”, recuerda el líder.
Carmito –dice– vio ahí la respuesta de Dios.
De acuerdo con el Ministerio de Defensa, entre enero y febrero de 2025, 742 personas fueron evacuadas del Catatumbo en 66 vuelos, tras la arremetida del ELN.
Volver a quedar desplazado
La vida para quienes han sufrido el desplazamiento forzado parece quedarse detenida en el día en que todo se desmoronó. Carmito dice que nada ni nadie ha logrado quitarle el dolor y la frustración que le dejó aquel 17 de enero. “Y no se me va a ir ni aunque pasen 20 años. A los 90 lo seguiré recordando. Si todavía no hemos podido superar el desplazamiento que vivimos en los gobiernos de Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, por culpa del paramilitarismo, no podemos superar esta situación, que está tan reciente”.
El 9 de enero de 2002, una incursión de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), al mando de Salvatore Mancuso y Jorge 40, lo obligó a salir del Catatumbo. Solo pudo regresar el 19 de mayo de 2003. Cuando Carmito recuerda ese episodio, algo parece quebrarse. La dificultad para tragar su propia saliva y la voz que se atasca en el pecho lo delatan. Pero enseguida aclara la garganta y se recompone, como dice que tuvo que hacerlo hace 23 años.
“Pudimos regresar, empezar de nuevo, construir caminos y carreteras, crear organizaciones defensoras de derechos humanos. Fundamos Ascamcat (Asociación Campesina del Catatumbo), de la que fui presidente. Lamento que ya no hago parte de eso, pero fue una de las organizaciones que levantamos con otros compañeros para defendernos”, expresa el lider.
Hoy, desde el lugar al que tuvo que desplazarse, dice que le duele no poder seguir ejerciendo en su tierra el liderazgo que aprendió desde niño. “El amor por ayudar a los demás nació fue en la casa. Éramos 11 hermanos y cuando uno oye que no hay nada para comer y un niño dice que tiene hambre, entiende que al otro lado hay alguien pasando por lo mismo. Entonces se empieza a compartir”.
Ese origen marcó su trabajo comunitario y se afianzó en 1986, cuando hizo parte de la Unión Patriótica, el partido político que sufrió un genocidio.
El anhelo de volver a la tierra de los tatarabuelos
Las preguntas lo asaltan como ráfagas: “¿Por qué tuvimos que dejar la región? ¿Por qué arremetieron contra nosotros? ¿Por qué sigue la violencia? ¿Por qué siguen preguntando por mí, por mis hijos y por todas las víctimas del Catatumbo?”. No hay respuestas. O al menos no las que Carmito quisiera tener.
“Hasta que no haya una reconciliación real de quienes generan el conflicto y la guerra, y no se despojen de todas esas maldades, no podemos pensar en volver. Nos han declarado objetivo militar. Yo quisiera regresar, sueño con volver a la tierra que me vio crecer”, dice el líder, antes de hacer una pausa para recomponerse.
José del Carmen Abril sabe que aún no puede regresar. No con un conflicto que persiste y que el Estado no ha logrado frenar. Sabe, además, que esto no cesará pronto. Y también sabe —aunque le duela en las entrañas— que tal vez la guerra nunca le permita cumplir aquella frase que decían sus tatarabuelos: “morir donde nacimos”.
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