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29 Nov 2022 - 11:00 p. m.

La oscura Navidad que no olvidan los habitantes de Barranco de Loba, Bolívar

Aquel veinticuatro de diciembre de 2001, el ruido de las balas de los paramilitares se confundió con la pólvora que como parte de la celebración quemaban los habitantes del corregimiento de San Antonio, en Barranco de Loba, Bolívar. Para muchos, aquella Navidad solo dejó malos recuerdos.

Samuel Smith Méndez*

Deofanis Gómez Ardila, asesinado por paramilitares el 24 de diciembre de 2001 en el corregimiento de San Antonio, municipio de Barranco de Loba, Bolívar.
Deofanis Gómez Ardila, asesinado por paramilitares el 24 de diciembre de 2001 en el corregimiento de San Antonio, municipio de Barranco de Loba, Bolívar.
Samuel Smith Méndez
Deofanis Gómez Ardila, asesinado por paramilitares el 24 de diciembre de 2001 en el corregimiento de San Antonio, municipio de Barranco de Loba, Bolívar.
Deofanis Gómez Ardila, asesinado por paramilitares el 24 de diciembre de 2001 en el corregimiento de San Antonio, municipio de Barranco de Loba, Bolívar.
Foto: Samuel Smith Méndez

Escuche la historia en este audiorreportaje:

16 de diciembre

Yovannis Álvarez Tundeno se despidió de su esposa, de sus dos hijos de seis y cuatro años y de sus padres el domingo 16 de diciembre de 2001, un día antes de su cumpleaños número veintitrés. Se fue a trabajar con la promesa de juntar algo de dinero y regresar el 24 de diciembre para festejar la Navidad en familia.

Yovannis nació el 17 de diciembre de 1978 en Sudán, un corregimiento de Tiquisio, en el sur de Bolívar. Sus familiares lo recuerdan como un niño de muchos amigos, alegre, carismático y colaborador. Fue el menor de cuatro hermanos del matrimonio de Eliécer Álvarez Barragán y Elizabeth Tundeno Cerpa, y tuvo cuatro hermanos más por parte de su mamá.

A Yovannis lo llevaron desde muy pequeño a San Antonio, corregimiento de Barranco de Loba. Allí creció rodeado por su familia y amigos. Le ayudaba a su papá en los cultivos de pancoger, a ordeñar y a encerrar las vacas en el corral.

San Antonio, corregimiento de unos mil quinientos habitantes, está ubicado a más de diez horas en carro desde Cartagena, la capital del departamento, en una llanura que se extiende desde los cerros hasta la ciénaga Matatigres, un espejo de agua conectado a un brazo del río Magdalena por donde se llega a San Martín de Loba, Hatillo de Loba y a la cabecera del municipio.

A San Antonio o Cotorrera, como era conocido antes, se puede llegar por tierra o por río: por el sur, por la carretera que conecta con el municipio de Norosí, a sesenta y siete kilómetros; o por el norte, desde Magangué o El Banco, en Magdalena, pasando por la cabecera municipal que está a once kilómetros.

Por su cultura, para los sanantonieros la Navidad, más que una fiesta religiosa, era una época de paz, de solidaridad, de compartir en familia y de recordar sus raíces. La costumbre era que quienes habían viajado a las ciudades a trabajar regresaban a compartir con su familia. Por la noche, todos se reunían en el centro del pueblo. Nelson Narváez, habitante de la comunidad, recuerda las navidades como “una época agradable en la que todos salían a bailar, a beber y a comer”. Cuenta que en todas las calles se hacían sancochos y en cada rincón se bailaba música folclórica de tambora tradicional, ritmos africanos que heredaron de sus ancestros. Pero eso se acabó con la llegada de la violencia: “Todo el mundo vivía asustado, con las puertas cerradas. Los que salían lo hacían con el temor y el presentimiento de que los grupos armados podían llegar en cualquier momento”, relata Nelson.

Y 2001 fue particularmente difícil. Ese año el gobierno del entonces presidente Andrés Pastrana intentaba salvar una negociación de paz con las Farc, mientras paramilitares y políticos firmaban un acuerdo de colaboración que se conocería más adelante como el Pacto de Ralito. En ese contexto de agudización de la violencia llegó diciembre.

Como era costumbre, en vísperas de Navidad los padres se preocupaban por juntar dinero para comprar ropa nueva. Por eso, Yovannis decidió irse a trabajar raspando coca en una finca ubicada en un punto que se conoce como Morro Rico, en el corregimiento de Pueblito Mejía, a cuarenta kilómetros de San Antonio. Para esa época estaba instalada en la zona una base paramilitar del Bloque Central Bolívar (BCB).

Yovannis se fue unos días después que su cuñado Andrés Escorcia Leyva, quien le avisó de la oferta laboral. Sin embargo, para el 23 de diciembre no había reunido suficiente dinero y por eso acordó con Andrés que trabajarían unos días más y regresarían a San Antonio el 31 de ese mes, a tiempo para celebrar el fin de año con sus familias.

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24 de diciembre

Ese lunes Deofanis Gómez Ardila amaneció contento, como casi todos los días. En la tarde se fue a pescar: instaló el trasmallo, su red de pesca artesanal, en un sitio estratégico de la ciénaga Matatigres con la esperanza de poder comerse un gran bocachico con yuca el 25 de diciembre.

Deofanis nació el 25 de octubre de 1968 en San Antonio. Fue el tercer varón del matrimonio entre Mauro Julián Gómez y Marina Ardila, del que más tarde también nacieron otras cuatro hijas. Deofanis fue criado en una humilde casa de bahareque muy cerca a la ciénaga Matatigres. Lo recuerdan como un buen hermano, un joven alegre, colaborador y humanitario que estaba pendiente de todos y que era la mano derecha de su mamá, con quien vivió siempre. Su papá lo recuerda como un niño quieto, callado y solidario. Un problema de audición le dificultó continuar con sus estudios después de cuarto grado de primaria, pero no le limitó la creatividad para inventar cosas y para dibujar. Le gustaba jugar fútbol, dominó y las peleas de gallos. También pescaba y cultivaba maíz y yuca con sus hermanos para ayudar al sustento del hogar.

Aquel 24 de diciembre, cuando apenas caía la noche, Deofanis se vistió con una bermuda y una camiseta, se puso unas chanclas y salió al centro del pueblo a ver cómo pintaba el panorama festivo. Llegó a uno de los billares, se encontró con uno de sus hermanos y empezó a jugar dominó, mientras su papá se distraía en la gallera, a unos treinta metros de allí.

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En ese mismo establecimiento estaba Daris, quien daba una vuelta mientras su esposa se alistaba y le planchaba la ropa que usaría esa noche. Daris Javier Gil Tundeno era uno de los cuatro hermanos de Yovannis por parte de su mamá.

Daris recuerda que aquella noche vio personas extrañas a la comunidad que rápidamente identificó como paramilitares vestidos de civil. Mientras tanto, en otro lugar de San Antonio, Mabelis Rodelo, la esposa de Yovannis, lo esperaba vigilante afuera de su casa junto a sus hijos, sin saber que no llegaría.

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Mabelis recuerda que desde su casa escuchó detonaciones que se confundieron con el ruido de la pólvora que quemaban los niños para celebrar la Navidad. En el centro del pueblo, los paramilitares apuntaron con sus pistolas a Deofanis, quien reaccionó intentando correr, pero los impactos de bala en sus piernas lo dejaron tendido en el suelo. La comunidad quedó conmocionada. La música de todas las cantinas del pueblo se apagó. Nadie entendía qué pasaba.

Luego, uno de los sujetos armados se comunicó por un radioteléfono y a los pocos minutos llegó una camioneta gris con más paramilitares vestidos de camuflado y armados con fusiles. La camioneta era conocida como “la última lágrima” y los paramilitares la usaban para trasladar a sus víctimas. Su aparición infundía miedo porque en el imaginario colectivo se sabía que a quien subían allí no vivía para contarlo.

Tras los disparos, mucha gente corrió a encerrarse. Fue el caso de Daris, quien cruzó tres calles para llegar a su casa. Paro solo transcurrieron un par de minutos hasta que dos de los paramilitares armados irrumpieron en su vivienda para asesinarlo. Pero él se escabulló ágilmente aprovechando la oscuridad de la noche y se metió a la ciénaga, que aquel diciembre llegaba hasta el patio de su casa por la creciente de las aguas. Ante la mirada asustada de su esposa, los hombres pusieron la casa patas arriba, pero, al no encontrarlo, se fueron.

Mientras tanto, Deofanis permanecía herido en el suelo. Hombres de la comunidad se unieron para abogar por su vida, pero cuando se acercaron, los paramilitares dispararon ráfagas de fusil al aire, lo que provocó el pánico de la comunidad y nadie más intentó nada. Ni siquiera Mauro Julián, quien paralizado observó desde lejos lo que le ocurría a su hijo y cómo los paramilitares tuvieron tiempo hasta para tomarse una cerveza que le pidieron al cantinero del billar. “El terror estaba sembrado. Nadie hacía nada”, recuerda Daris.

Después de varios minutos, los paramilitares subieron a Deofanis al platón de la camioneta y se lo llevaron ante la mirada impotente de sus familiares y amigos, que escuchaban sus gritos de auxilio. Eran los gritos de alguien que sabía que estaba en manos de quienes no perdonaban la vida, ni siquiera del inocente.

La camioneta avanzó y se detuvo a cuatro kilómetros de San Antonio, en un sector conocido como La Ye, en una intersección de la vía que comunica a la cabecera del municipio con el corregimiento de Pueblito Mejía.

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Luego, uno de los paramilitares se bajó de la camioneta y detuvo una moto que iba hacia San Antonio y que conducía Luis Vásquez Martínez, en aquel entonces concejal del municipio que vivía en el corregimiento. Deofanis lo reconoció inmediatamente y le pidió ayuda para que les explicara a sus captores que él no había cometido ningún delito como para merecer la muerte. Luis lo vio amarrado de manos e intentó mediar por su vida, pero ante las amenazas tuvo que seguir su camino sin poder hacer más nada.

Cuando Luis llegó a San Antonio avisó que tenían a Deofanis en La Ye. Entonces, Mauro y otros familiares fueron en un carro, pero al llegar hallaron a Deofanis muerto a un costado de la carretera, con impactos de bala y signos de tortura: le habían cortado una oreja y tenía heridas de arma blanca en una de sus mejillas. La familia tomó el cuerpo y lo llevó a la casa. Esa noche, el silencio de la muerte se apoderó de la Navidad.

25 de diciembre

El martes, mientras el pueblo lloraba a Deofanis, muchos de los que llegaron a San Antonio desde distintas ciudades abandonaron el corregimiento por temor, algunos para nunca más volver. Esa tarde llegó el rumor de que Yovannis y su cuñado Andrés habían sido secuestrados por los paramilitares en su lugar de trabajo.

En Barranco de Loba el conflicto armado dejó ese 2001 por lo menos 1047 víctimas, según el Registro Único de Víctimas (RUV). Pero la violencia de los grupos armados llegó mucho antes al municipio. El profesor e investigador Jaime Rojas Mora, pensionado de la Institución Julio Ramón Faccio Lince, afirma que el conflicto llegó a Barranco de Loba con las fuerzas del Estado: “Durante el bipartidismo, los alcaldes nombrados por el presidente eran policías y militares conservadores que hostigaban a la población barranqueña por ser, en su mayoría, liberal. Esto se disparó en los años cincuenta cuando el campesino Enrique Pérez Ochoa fue asesinado en la cabecera por el mismo alcalde del municipio”, explicó.

Barranco de Loba se convirtió en un punto estratégico por su posición geográfica, cercana a la serranía de San Lucas, al sur de Bolívar, y su conexión por selva y río con otras regiones como el Magdalena Medio y los Montes de María. Según Reynell Badillo, internacionalista de la Universidad del Norte y analista del conflicto armado en Colombia, este municipio fue una “bisagra entre puertos del Caribe con el sur del departamento y sur de Córdoba para la entrada y salida de insumos químicos y cocaína”.

Las montañas de la zona facilitaron las guaridas para los actores armados ilegales y dificultaron el acceso de la fuerza pública, que durante muchos años fue nulo, principalmente en el corregimiento de Pueblito Mejía, fundado en 1955 por familias que llegaron a una finca para cultivar marihuana. Pueblito Mejía se convirtió después en fortín, corredor del narcotráfico y punto de referencia para guerrillas y paramilitares. En esa dinámica, otros corregimientos como San Antonio quedaron vulnerables a todos los actores armados por estar ubicado entre la cabecera municipal y Pueblito Mejía.

Según datos de la Unidad de Víctimas, la guerrilla de las Farc hizo presencia en Barranco de Loba desde 1979; sin embargo, el profesor Rojas Mora asegura que ya desde 1972 se presentaron hechos de extorsión y reclutamiento.

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Pero fue en 1982 cuando ocurrió la primera masacre en el municipio: siete integrantes de una misma familia fueron asesinados por las Farc en la vereda Los Papayos. Desde ese momento, la guerrilla y las fuerzas militares se convirtieron en un peligro para la población civil por los constantes enfrentamientos.

En 1985 el gobierno unificó puestos de policía en algunas regiones y al de Barranco de Loba lo unieron con el de San Martín de Loba. En ese entonces se sintió la ausencia de la fuerza pública y las Farc, según el profesor Rojas Mora, tomaron el control total del municipio. Los guerrilleros impusieron una ley de orden y sometimiento, obligaban a la gente a asistir a reuniones, a jornadas de limpieza y a participar de las marchas campesinas. “La guerrilla nos impuso un mandato. Nos subyugó por medio del miedo y del temor”, recordó el profesor Rojas Mora. Debido a esto, más adelante los habitantes del municipio fueron estigmatizados como guerrilleros y muchos de ellos asesinados por paramilitares.

A partir de 1986, la violencia se agudizó en Barranco de Loba. La guerrilla del Eln entró a disputarse el territorio con las Farc y se presentaron numerosos enfrentamientos y atentados en los que la población civil quedó en el medio.

El Eln efectuó secuestros a políticos y ganaderos de la zona, como el de la alcaldesa Henry Mora de Cossio, y la jueza municipal, Blanca Ramos Correa, retenidas el 28 de mayo de 1987. Pero también asesinatos, como el de los hermanos Alberto y Santiago Ortiz, en febrero de 1989, en San Antonio.

Mientras tanto, al Ejército lo responsabilizan, por ejemplo, de la desaparición de Luis Toloza, quien presuntamente fue sacado de su casa por militares. Algunas versiones de habitantes de la comunidad indican que lo torturaron y lo asesinaron. Pero su familia nunca supo con exactitud qué le pasó.

Con los años, la guerra no hizo más que incrementarse, en especial a partir de 1997, cuando se dio la incursión paramilitar. El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) documentó en su informe Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander que las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (ACCU), que luego pasarían a ser parte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), ejecutaron una operación militar para recuperar a sangre y fuego el sur de Bolívar del control guerrillero, bajo las órdenes de Salvatore Mancuso y la coordinación de Rodrigo Pérez Alzate, alias Julián Bolívar.

El CNMH señala que “la orden impartida a los grupos que penetraron en el territorio era matar a todas las personas que encontraran y acabar con todos los pueblos”. Y fue así como los paramilitares se tomaron, por ejemplo, Pueblito Mejía, corregimiento que destruyeron y cuyos habitantes fueron mayoritariamente desplazados, aunque también hubo asesinatos y desapariciones. Luego de eso, Pueblito Mejía se convirtió en un centro de operaciones de los paramilitares.

A cuarenta kilómetros de allí, en San Antonio, la violencia seguía sumando muertos de los que poco se hablaba, porque había lugares donde las cifras eran más escandalosas. Muchos no recuerdan a Armando Narváez Rodelo, a quien en marzo del 2000 los paramilitares secuestraron, torturaron y asesinaron. O a Luz Mabel Julio, quien en estado de embarazo fue secuestrada y asesinada por paramilitares en julio de ese mismo año.

26 de diciembre

Luego de los rumores del supuesto secuestro de Yovannis y Andrés, el miércoles muy temprano, Mabelis Rodelo emprendió una caminata para buscarlos en Pueblito Mejía, mientras que ellos entraron al cultivo de coca para trabajar como todos los días, contó Andrés. Pero después de mediodía, cuando se disponían a continuar la jornada, paramilitares vestidos de camuflado y armados llegaron al lugar, se dirigieron a donde estaba Yovannis, le preguntaron su nombre y le dijeron que era a él a quien buscaban. Entonces, lo amarraron y lo sacaron de la finca.

Mabelis, que se había sentado a descansar de la larga caminata poco antes de llegar al cultivo, también fue sorprendida por hombres armados que la interrogaron. Entonces vio cómo se llevaban a Yovannis con las manos atadas, pero no la dejaron acercarse. Los paramilitares los condujeron a ambos, guardando las distancias, a más de una hora de camino hasta el caserío de Pueblito Mejía.

A Yovannis lo subieron hasta un cerro donde estaba instalada la base de Casa Verde, del Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia (BCB-AUC). Según el informe Arrasamiento y control paramilitar en el sur de Bolívar y Santander, del CNMH, Casa Verde era un lugar para interrogar, torturar y asesinar personas, y desmembrar y enterrar cadáveres, donde se impedía el acceso de familias o autoridades en la búsqueda de los cuerpos. Allí se halló una de las 284 fosas comunes de ese bloque en la región.

Desde la parte baja del cerro, Mabelis y Andrés, quien llegó más tarde, esperaban con impotencia a que terminara el interrogatorio. Pasadas las cuatro de la tarde, los paramilitares subieron a Yovannis a una camioneta para trasladarlo hasta San Antonio.

La intención del grupo armado era que Yovannis entregara a Daris y al resto de sus hermanos, o al menos esa es la versión de Mabelis, quien en ese momento entendió que los rumores del secuestro del día anterior eran una trampa para sus cuñados. A ella y a Andrés los dejaron en la carretera y tuvieron que pagar para que un carro de carga le siguiera el paso a la camioneta.

Mientras tanto, en San Antonio, una comisión de líderes de la comunidad, movidos por el rumor del día anterior, iniciaron una caminata con dirección a Pueblito Mejía para abogar por los secuestrados. Pero después de andar diez kilómetros se devolvieron cuando les dijeron que se trataba de falsos rumores. Iban ya de regreso cuando vieron pasar el vehículo donde llevaban amarrado a Yovannis.

La camioneta de los paramilitares llegó a San Antonio y se dirigió hacia a la casa de los papás de Yovannis, quienes desde la cocina la vieron aproximarse. De sus hermanos solo se encontraba Eliécer. Los demás, incluido Daris, se habían ido del pueblo después del asesinato de Deofanis.

Recuerdan los testigos que los hombres se bajaron disparando ráfagas de fusil. Elizabeth y don Eliécer se refugiaron donde su vecina, mientras que su hijo corrió por la quebrada Los Arizales, que quedaba a un lado de la casa, y se internó en el monte mientras llovían balas a su paso.

Como no pudieron encontrar y asesinar a todos los hermanos, los paramilitares encendieron la camioneta y se llevaron nuevamente a Yovannis; recorrieron varias calles, amedrentaron a los habitantes del corregimiento y tomaron nuevamente la carretera. A menos de un kilómetro del pueblo asesinaron a Yovannis y lo dejaron tirado a un lado de la vía.

Allí lo encontraron Mabelis, Andrés y don Eliécer, su padre, quienes llegaron minutos después. Juntos recogieron el cuerpo y lo llevaron en una hamaca para limpiar la sangre y velarlo en su casa. San Antonio acababa de perder a su segundo hijo en menos de tres días.

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Otras navidades

Han pasado veintiún años desde aquella oscura Navidad. Para la familia de Deofanis Gómez Ardila no hubo más alegría. Marina Ardila, la mamá, murió cuatro años después. Marly, hermana de Deofanis, recuerda que cuando se acercaba la Navidad su mamá no contenía el llanto: “No comía después de esos días. No le daba ni para abrir la puerta. Mantenía encerrada y a raíz de eso le vino la muerte”.

Los hermanos de Deofanis buscaron en Casa Verde una explicación por el asesinato, pero solo encontraron amenazas. Marly confiesa que en su corazón no existe rencor. Mientras que Mauro, el padre, dice que no ha perdonado a los responsables de la muerte de su hijo: “Después de que me digan la verdad, de pronto los perdono”.

Para la familia de Yovannis el panorama es el mismo. Elizabeth entra en depresión cada vez que llega diciembre. En 2008, don Eliécer radicó la denuncia ante la Fiscalía por el asesinato de su hijo. En septiembre de ese año recibieron una notificación que les informaba que el caso había sido asignado a la Unidad Nacional de Fiscalías para la Justicia y la Paz, la cual se encontraba en “verificación, investigación y recopilación de la prueba para obtener la verdad histórica de los hechos”, pero después de eso no recibieron más respuestas.

Los hijos de Yovannis hoy tienen 27 y 25 años. Ambos son papás y quisieran que sus hijos tuvieran un abuelo. Yan Carlos Álvarez, el mayor, solo recuerda cuando su papá lo llevaba a pescar. Para él, la que más sufrió fue su mamá, Mabelis, quien se vio obligada a dejarlos al cuidado de los abuelos para irse a trabajar a la ciudad. “No piensan cómo sufre el que cría a los hijos de la persona que matan”, concluye Mabelis.

*Esta historia forma parte del especial periodístico ‘Memorias en resistencia’, como resultado de la formación ‘CdR/Lab Visitar al pasado para comprender el presente: periodismo para cubrir la memoria del conflicto en Colombia’, iniciativa de (CdR), gracias al apoyo del Servicio Civil para la Paz de Agiamondo.

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