Mario Ayerbe se sintió secuestrado dentro de su propia pintura. Era el año 2010 cuando la obra que tenía al frente terminó de absorberlo. Entonces tuvo que parar. En cada pincelazo, el artista opita se había adentrado en un lugar oscuro, húmedo, sin salida, que quería devorárselo. Era la selva. La misma a la que su amiga, la excongresista Consuelo González de Perdomo, fue arrastrada a la fuerza por la guerrilla de las FARC en septiembre de 2002.
Dieciséis años después, esa obra —19 pinturas en acrílico sobre lienzo que narran las distintas etapas del secuestro a partir de la experiencia de González— volvió a hablar. “De la sombra a la luz: imágenes de un secuestro”, la primera exposición de arte en Colombia que retrata ese drama, se inauguró el pasado 9 de febrero en las instalaciones de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). La apertura se realizó justo el día del cierre de la investigación del Caso 01 sobre secuestro, un hito judicial que dejó una radiografía de los métodos utilizados en el cautiverio por las extintas FARC. El tribunal encontró a 63 excombatientes del Bloque Oriental y el Bloque Sur como máximos responsables de esos crímenes.
La esclavitud, la tortura, los castigos y los tratos crueles y denigrantes que perpetraron esos exguerrilleros se reviven en cada una de las pinturas de Ayerbe. Durante los dos años que tardó en terminar la serie, el pintor se preocupó por retratar la tragedia que Consuelo González vivió durante más de seis años.
“Cuando yo hacía la obra, conté con la asistencia de Consuelo. Cuando le mostraba la obra y veía su rostro, sus ojos casi llorosos, comprendí que los momentos que ella había vivido estaban ahí, reflejados con todo su realismo. Para mí fue sorprendente ver que ella reconocía la obra tal como había sentido el secuestro y que pude mostrar todos los instantes como ella los pensaba”, contó Ayerbe a Colombia+20.
El efecto de la obra es poderoso para la memoria del país. Desde la JEP lo saben. Parte de esa fuerza radica en que del drama del secuestro no existen muchas imágenes. “Los cuadros son especialmente poderosos porque no hay registros visuales de estos hechos. Solo existían las pruebas de supervivencia, que eran manipuladas por la guerrilla, que en general ocultaban el lugar dónde se encontraban las víctimas y que en general no mostraban dónde estaban porque les ponían una sábana atrás”, explicó la magistrada Julieta Lemaitre, tras la lectura de la sentencia.
En ese contexto, la exposición busca también dejar un mensaje a las nuevas generaciones y mostrar que aquellos relatos que algún día escucharon —o escucharán— de sus padres y abuelos sí existieron.
“Nosotros lo que hacemos con las sentencias es reconstruir el pasado. Y esta obra del maestro Ayerbe también reconstruye los hechos del drama de más de 21.000 víctimas de secuestro en Colombia. Es un mensaje también para las nuevas generaciones, para contarles que esto sí pasó y cómo transcurrió. Es difícil llevar al arte el dolor que sufrieron todas esas víctimas, pero creo que esta obra recoge muy bien ese relato”, dijo a este diario el presidente de la JEP, Alejandro Ramelli.
“Los encadeno hasta el final”
Los prisioneros están agachados sobre el suelo fangoso. Comen de platos pequeños. Tienen los cuerpos encogidos, minimizados. Un cerdo merodea junto a las ollas. La equivalencia visual del cuadro es contundente: humanos y animales comparten el mismo espacio, las mismas condiciones. Pero hay un detalle más en esa pintura, uno que lo atraviesa todo: están encadenados.
Ya no son solo personas que comen. Son cuerpos atados, reducidos a algo que se amarra y se controla, como ganado.
Esas cadenas, que tantas veces Consuelo le insistió a Mario que debía pintar, fueron lo último que el artista añadió. Fue una decisión consciente. Una resistencia íntima del pintor para poder soportar el peso de lo que estaba creando.
“Consuelo me decía: ‘Mario, hay que encadenar a la gente’. Y yo le decía: ‘Uy, Consuelito, ¿de verdad? Déjeme que yo los encadene al final’ porque me daba tristeza. Y al final los encadené a todos”, recordó el pintor.
Las cadenas aparecen en casi cada escena de la obra: en la hora de la comida, en la noche ciega, en el peligro de cruzar los ríos. Cada eslabón une un cuadro con el siguiente, como si la serie entera estuviera, también ella, encadenada.
“Esto es toda la cronología, desde el secuestro hasta la liberación. Son todos los pasos, todas las vivencias”, explicó el magistrado Ramelli a este diario. “Yo no conozco una foto de las víctimas pasando un río con todos los riesgos. Hay muchas cosas que, si no es por esta obra, no se conocen. Todo esto tiene que ser un mensaje: los padecimientos fueron reales, los sufrieron miles de víctimas, y ninguna causa política justifica someter a un ser humano a ese tipo de vejaciones”, añadió.
“Jugar a que las mariposas son flores que salieron volando”
En las instalaciones de la JEP, una asistente se detuvo frente a una de las pinturas. Por un instante, quedó inmóvil, como si absorbiera cada detalle, hasta que cuatro palabras rompieron su silencio: “Todo es muy fuerte”.
El cuadro retrata una escena que parece moverse. Un grupo de secuestrados camina por la selva, encadenados, mientras guerrilleros sostienen fusiles. Entre el verde intenso de la selva que lo invade todo, una mujer se detiene y fija su mirada en un manto de mariposas azules. Lo que la espectadora quizá no sabía es que aquella mujer del cuadro pensaba en su amigo.
La mujer, Consuelo; su amigo, Mario.
Tras la liberación de González en 2008, ese recuerdo del cautiverio inspiró el cuadro “El manto de las mariposas en el camino”, la escena que daría origen a la obra de Ayerbe, que vio la luz por primera vez en 2011 en un libro del escritor Fernando Soto Aparicio, que lleva el mismo nombre de la exposición de arte.
“Jugar a que las flores azules son mariposas que se quedaron congeladas en los gajos, y que las mariposas son flores que salieron volando”, dice el texto de Soto que acompaña esa pintura. Ese fragmento del libro —al igual que el cuadro— es la expresión de cómo, mientras los días se sucedían entre escenas de tortura, había instantes, tal vez fugaces, en los que Consuelo lograba aferrarse a la belleza de los paisajes que se cruzaban ante sus ojos. Y en esos momentos, que eran quizá una forma de mantenerse viva, ella pensaba en todo lo que su amigo podría pintar si estuviera allí para verlo.
Lo que no imaginó es que al salir del cautiverio Ayerbe retrataría, sobre todo, lo inhumano de todo aquello que vivieron las víctimas del secuestro de las FARC y que quedó registrado en los testimonios ante la JEP.
Fue justamente a través de esos relatos que el tribunal conoció la existencia del libro en el que se recogen las pinturas sobre el secuestro. De ahí surgió la idea de llevar a sus instalaciones la exposición, que permanece abierta al público.
A través de las pinturas, los visitantes pueden recorrer un drama que Fernando Soto Aparicio condensó en unas líneas expuestas junto a los lienzos: “Se me han ido callando las palabras, se me han ido enturbiando las miradas, se me ha perdido por completo la sensación de estar vivo”.
“De la sombra a la luz: imágenes de un secuestro” es una exposición que no solo narra el sufrimiento de las víctimas, sino que obliga a mirar de frente la memoria de un drama que aún marca a quienes lo vivieron. Es intentar cargar por un instante el peso de las cadenas.
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