28 May 2021 - 1:15 p. m.

De CAI’s a bibliotecas populares: la transformación que lideraron jóvenes en Cali

En la capital del Valle, tres antiguos CAI y una estación del MIO que fueron vandalizadas, ahora son bibliotecas populares y espacios de encuentro cultural. Académicos creen que este es un mensaje claro de los jóvenes por pedir más educación y menos represión policial.

En la Biblioteca de la Dignidad, ubicada en la Loma de la Cruz, al norte de Cali, hay por lo menos doscientos libros. Todos han sido donados por los vecinos, manifestantes y niños que llegan a conocer el lugar que tiene aspecto de todo, menos de un antiguo CAI de la Policía. Su entrada es en forma de arco y los espacios donde había ventanas, son diagonales. Es más bien una caseta poco convencional, de unos cinco metros de largo, con una panorámica de la ciudad que parece un mirador. Desde sus ventanas laterales solo se divisan árboles, pareciera ser una zona rural: lejos de las dinámicas propias de una urbe, que por estos días ha vivido el caos más estruendoso del paro nacional.

Ese lugar, que hoy es una Biblioteca Popular, hace un mes exactamente era el Comando de Atención Inmediata (CAI) de la zona. Para uno de los artistas y quien dirige la Biblioteca, era como explicar la contradicción de la vida: en un barrio de artesanos, un comando de la Policía que vigilaba día y noche el trabajo de los artistas informales que se ganan la vida vendiendo manillas tejidas, aretes, pinturas y llaveros en las calles del barrio más cultural de Cali. “Nunca entendimos por qué había un CAI allí si ese lugar antes de estar intervenido por la policía era una caseta comunal”, dice.

Justo allí, en lo más empinado de La Loma de la Cruz (hoy rebautizada por los manifestantes como la Loma de la Dignidad), comenzó el “boom” cultural de convertir lugares públicos que han sido vandalizados o incinerados, por bibliotecas y espacios artísticos para la gente. Para uno de sus fundadores, que prefiere no decir su nombre por seguridad, ese es su aporte a la construcción de un país distinto que piense primero en la educación como estrategia de prevención, antes que en la represión policial. En medio de la entrevista, entonó: “Hay plata pa’ la guerra, qué dolor, qué dolor, qué pena, hay plata pa’ la guerra y no para estudiar”.

El 1 de mayo, cuando el paro nacional completaba sus primeros tres días y cuando en la capital del Valle ya habían sido vandalizados cuatro CAI y varias estaciones del MIO, ocho jóvenes que se manifestaban en el punto de concentración de la Loma de la Cruz, sobre la Calle 5, pusieron mensajes en sus redes sociales pidiéndole a la gente que, en el Día del Trabajo, llevaran libros a ese lugar para simbolizar la falta de oportunidades en educación y empleo que reclaman en las calles.

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En la tarde, ubicaron los primeros libros sobre las ventanas rotas y destruidas del CAI y pintaron carteles donde pedían “Menos CAIs y más bibliotecas”. Para Jose*, uno de los líderes de la iniciativa y que pidió no revelar su nombre por seguridad, esta es la manera más sana que tienen los jóvenes artistas de protestar. “Qué mejor manera de hacernos oír cambiando un espacio donde antes se veía la guerra, donde se veían los estragos y las barbaries que cometían los policías en la zona y que hoy es un lugar de encuentro en la educación”, cuenta.

Esa misma idea se ha replicado tres veces más en Cali. El segundo CAI que fue transformado en biblioteca fue el de Puerto Rellena (llamado ahora Puerto Resistencia) y con la Biblioteca de la Resistencia, ubicada sobre la Autopista Simón Bolívar con carrera 46. Uno de los integrantes de la Primera Línea que participó de su transformación cuenta que el mismo 28 de abril, cuando comenzó el paro nacional, desalojaron a la fuerza a los policías que había en ese lugar. “Ese día les pedimos que se fueran porque ya había llegado el Esmad a reprimirnos. No nos hicieron caso. Varias personas comenzaron a lanzar piedras hasta que salieron corriendo y después lo incineraron”, narra.

Ese día, para ellos, comenzó la resistencia. No por la vandalización del CAI sino porque ese día se consolidó lo que hoy se conoce como la Primera Línea del punto de concentración más concurrido de la ciudad, ubicado precisamente sobre las comunas 15 y 16, al oriente. Desde ese momento, un grupo de 15 jóvenes lideran y vigilan la zona de posibles arremetidas de la Policía, lo hacen cubriéndose con escudos de metal y piedras. En esa misma zona, el 28 de abril fue asesinado Marcelo Agredo, de 17 años, luego de patear a un agente de policía quien respondió a la agresión con un disparo. “Desde ahí nos convencimos de que lo que necesitábamos era más espacios de educación, más bibliotecas y menos CAI, menos represión”, explicó el líder.

A esa biblioteca también han acudido personas de la comunidad a donar libros. Adornaron el espacio con velas blancas y escribieron en la fachada los nombres de las víctimas que han sido asesinadas por integrantes de la Fuerza Pública, en medio del paro nacional en Cali. A las afueras, letreros que piden más espacios de cine y arte al barrio. Un líder de la comuna 15, contó que esa es la razón por la que en el pliego de peticiones de Puerto Resistencia encabeza la propuesta de crear una universidad pública en el Distrito de Aguablanca (oriente de Cali). “En esas peticiones el fundamento es la educación, porque lo que hace falta en estos barrios son oportunidades para estudiar, para trabajar y para formar un criterio político de los jóvenes”.

Daniel Andrés Tapiero, teólogo y magíster en Filosofía de la Universidad del Valle y quien ha analizado la situación social del paro nacional en Cali, explicó que como los CAI son la representación de la Policía, y teniendo en cuenta los abusos y excesos que ha denunciado la ciudadanía que se cometen al interior de esos sitios, como torturas, agresiones y hasta violencia sexual, eso hace que la institución haya perdido legitimidad y que la destrucción de esas infraestructuras sea contra lo que eso representa. “Una vez quemados los CAI uno pensaría que lo que sigue es la destrucción por la destrucción, pero es la misma comunidad que ha buscado transformar estos espacios que son represivos para ellos, en lugares de aprendizaje y cultura”.

Si bien en Puerto Resistencia, algunos de los jóvenes que fueron testigos de la vandalización del CAI son los mismos que hoy apoyaron su transformación en biblioteca, en la mayoría de casos los jóvenes que lideran este proceso no tienen nada que ver con los hechos de violencia que se vivieron allí.

Otro de los sitios icónicos por estos días de paro nacional es la estación del MIO de la Universidad del Valle. Óscar Valderrama, de Ecología Humana, la Fundación que busca instaurar espacios ecológicos como los jardines verticales en lugares que fueron vandalizados, cuenta que el pasado 1 de mayo, integrantes de esta organización llegaron para ofrecer un taller de jardinería en medio del ambiente caldeado en esa zona de la ciudad. “Esa es la estación de MIO que más vandalismo ha sufrido en las protestas, no sólo de este año sino desde 2019. Hace mucho tiempo que estaba inactiva por eso y lo que quisimos hacer era restaurar ese lugar dañado, que estaba lleno de mensajes de odio y malos, por un lugar más armónico”.

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La mayoría de plantas sobre la estación son helechos y otras especies de tipo epífitas, es decir, aquellas que se alimentan de aportes aéreos, dióxido de carbono y lluvia. Al lado del jardín vertical, varios graffitis que hablan de paz y reconciliación. El objetivo de su intervención era demostrar que para poder dialogar y avanzar en las negociaciones, es necesaria una reconciliación. “Las plantas siempre dan armonía y tranquilidad, y eso es lo que se necesita para afrontar las decisiones que hay que tomar en estos momentos”.

Sin embargo, el pasado 15 de mayo, la estación del MIO de Univalle, que había quedado decorada con plantas verticales en sus extremos y con graffitis de reconciliación, fue destruida y saboteada. Esa historia no se ha vivido únicamente allí, en la Loma de la Cruz, el líder de la Biblioteca de la Dignidad contó que el 3 de mayo, días después de que se llevaran a cabo los graffitis y las jornadas de embellecimiento del antiguo CAI, encontraron varios de sus carteles rasgados “y otros estaban en una bolsa negra que cuando abrimos, estaba llena de excremento y vómito”. A pesar de lo intimidatorio que pudieron llegar a ser esos hechos, para ellos sólo fue una señal para continuar resistiendo desde el arte y la cultura.

El secretario de Cultura de Cali, José Darwin Lenis, en diálogo con El Espectador se refirió a este tema y admitió que el hecho de que la ciudadanía esté buscando consolidar bibliotecas en estos lugares, tiene un mensaje simbólico con el que comunican que “esperan más servicios culturales, más acceso, más representación educativa y eso es innegable”. Pero más allá de la petición explícita, habló sobre el rol que han tenido las bibliotecas populares en la consolidación de una ciudad como Cali, en los últimos 30 años. “La historia misma de esta ciudad tiene una génesis en las bibliotecas comunitarias, que han sido promovidas por los mismos caleños y no desde la institucionalidad. Todas las bibliotecas que hay hoy en la ciudad tienen este origen y esta genética, entonces es importante mirar qué nos está queriendo decir la historia”.

Por ejemplo, en el barrio Metropolitano del Norte, donde ocurrió el asesinato de Nicolás Guerrero, un joven de 27 años, también fue tomado el CAI por la fuerza y desde comienzos de mayo, comenzó a ser intervenido por un grupo de jóvenes que le hicieron un homenaje a esta víctima, con este lugar, su nombre es la Biblioteca Nicolás Guerrero. La socióloga y docente de la Facultad de Humanidades de la Universidad Autónoma de Occidente, Elizabeth Gómez Etayo, aseguró que para hablar sobre este tema, lo más importante es “centrarse en el fondo y no en la forma. Porque la forma en que se toman estos CAI por la fuerza estéticamente no nos gusta y por eso se descalifica, pero en el fondo lo que hay es que entender que la gente espera más educación y no represión”.

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Daniel Tapiero, filósofo, también se refiere al tema y añade que, si bien ninguno de estos lugares fue vandalizado con el fin claro de convertirse en una biblioteca sino que eso fue algo que surgió después, “la gente que ha incinerado estos lugares actúa con rabia y sobre todo con la emocionalidad que genera una protesta social, pero la misma comunidad al reconstruirlos en bibliotecas lo que hacen es enviar un mensaje de no querer más ataques y cesar la violencia”.

Este diario intentó comunicarse con la Policía Metropolitana para conocer su versión sobre el tema y entender qué va pasar con estos lugares culturales cuando el paro sea levantado, pero hasta el momento de la publicación de este artículo, no respondieron a las preguntas “ porque nos hemos estado enfocando en el cambio de la comandancia”, según dijo la oficina de prensa.

Por ahora, además de ser lugares de trueques de libros y de representación simbólica de la educación que se reclama en las calles y que encabeza los pliegos de peticiones, en las bibliotecas comunitarias y en la estación de Univalle transformada se llevan a cabo talleres, encuentros artísticos y hasta recitales de poesía. No sólo participan jóvenes sino que hay docentes y adultos que también se han sumado a los encuentros semanales que se desarrollan en el lugar. Lenis, el secretario de Cultura de Cali, mencionó que era posible apostarle a que las estaciones del MIO, a partir de este paro nacional, no sean más lugares lúgubres y grises sino que propuso que los artistas y graffiteros “puedan decorar esos sitios con los colores que tenían, por ejemplo, las antiguas busetas como las ‘papagayo’”.

Aunque su idea es apenas el comienzo, lo cierto es que las negociaciones ya no tendrán que ser únicamente con los líderes del paro nacional sino también con los jóvenes que se niegan a que se reestablezcan los Comandos de Atención Inmediatas en lugares que hoy la comunidad acogió como suyos con otro fin. Varios de los entrevistados aseguraron: “No vamos a dejar que esto vuelva a ser un CAI cuando levantemos el paro porque la comunidad ya habló y ya actuó, queremos más bibliotecas y menos policías represivos”.

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