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25 Aug 2021 - 5:15 p. m.

Margot y Nina: la vida y el amor de las mujeres de la familia Pizarro Leongómez

Publicamos un fragmento del tercero de los cuatro capítulos del libro que relata la vida de Nina Pizarro Leongómez. Este capítulo se titula ‘La pirata blanca’, como el libro, y relata los últimos minutos y días de vida de Martgot Leongómez, madre de los hermanos Pizarro. El autor narra su relación con Nina, su única hija, y con Rafael, su yerno, el hombre que la acompañó en su etapa final.
De derecha a izquierda: Nina Pizarro Leongómez junto a su madre, Margot Leongómez. El tercer capítulo relata la muerte de Margot y su relación con su única hija.
De derecha a izquierda: Nina Pizarro Leongómez junto a su madre, Margot Leongómez. El tercer capítulo relata la muerte de Margot y su relación con su única hija.
Foto: Cortesía Editorial Planeta

A partir de esta semana llegará a las principales librerías del país la obra “Nina Pizarro: la pirata blanca”, un libro de la Editorial Planeta escrito por el periodista caleño Pablo Navarrete que relata la vida de Margot Pizarro Leongómez, la menor de los cinco hermanos Pizarro (Carlos, Eduardo, Hernando, Juan Antonio y Nina) y que, aunque ha sido poco mencionada en la historia de la exguerrilla del M-19 y de su familia, ha reconstruido pueblos enteros a través de la producción del café como su revolución por la paz.

Gran parte de las páginas están dedicadas a su amor con Rafael Rojas, un oficial de artillería del Ejército que ha compartido con ella su pasión por el trabajo comunitario. Sin embargo, en el tercer de los cuatro capítulos del libro se habla sobre la relación de Margot Leongómez y Margot Pizarro Leongómez, madre e hija, las dos mujeres de la familia. Hoy, Nina sufre demencia frontotemporal, una enfermedad degenerativa que le ha opacado muchos recuerdos y este libro llega, según Pablo, “como un documento para la memoria: la de Nina y la del país”.

Capítulo III: La pirata blanca

El murciélago entró por uno de los ventanales de la casa. Empezó a revolotear en círculos y luego tomó un vuelo indeciso y tranquilito. Llegó a la habitación donde estaba Margot sumergida en el éxtasis que produce el hechizo de morir a cuentagotas. Se convirtió en una mancha negra en la pared que chocaba con la cabecera de la cama de Margot, y casi en postura meditativa se quedó impávido, tal vez esperando a que alguien se atreviera a ir por él. Rafael llegó a la habitación y con un trapo empezó a espantarlo.

El murciélago no se daba ni por enterado. Doña Margot estaba acostadita en su cama lo más de tranquila, pero el murciélago en vez de irse empezó a volar para ubicarse más cerca del techo. Empecé a tirarle el trapo, y el murciélago se movía, volaba, pero nada que se salía del cuarto. Me subí a la cama de doña Margot y empecé a saltar para intentar alcanzarlo y sacarlo de la alcoba, para que ella pudiera dormir tranquila. Y ese murciélago volaba sobre doña Margot y nada que se dejaba agarrar. Y en medio de esa situación ella me mira muerta de la risa y me dice: “Rafa, tú estás muy loco”. Luego se quedó en silencio y me dijo: “Rafa ¿y no será que me voy a morir?”. Yo me quedé serio. Me agaché hasta donde estaba ella y le dije: No, doña Margot, si usted se muere, nos morimos todos. Ella quedó tranquila y al rato el murciélago se fue solito sin tanta joda.

Ese día nosotros teníamos mucha visita en la casa, estaba Teresita, que es una hermana de doña Margot; ella ya murió. También estaba mi hija y mi nieto, junto a Augusto Moreno, un amigo muy cercano de nosotros, y él estaba con sus dos hijas y con Yolanda, su esposa. Nos despedimos de la visita, ellos se quedaron en las habitaciones de arriba y Nina y yo nos fuimos a acostar con doña Margot y con Teresita, los cuatro en una misma habitación, para estar pendientes de ambas. Esa noche, doña Margot estuvo muy cansada, yo le sobaba los pies, porque decía que le dolían mucho.

Y como a eso de las 12:45, Nina me vio rendido y me dijo: “Rafa, vete a dormir. Yo cuido a mi mamá, tranquilo”. Me acosté en la cama de al lado y a la 1:30 de la mañana volví a abrir los ojos para ver cómo iba el asunto. Nina estaba agarrándole la mano a doña Margot y apenas me vio, me dijo: “Rafa, mi mamá se murió hace quince minutos. La dejé ir. Me dijo que por favor la dejara ir, que se sentía muy agotada”. Yo la abracé y ambos empezamos a llorar en silencio, para no despertar a Teresita.

Cuando empezó a salir el sol, Nina y yo tuvimos que decirle a la visita que doña Margot había fallecido. Luego, se levantó Teresita a desayunar, pero no le decíamos nada del fallecimiento de su hermana, no todavía. Ya iban a ser las nueve de la mañana cuando Teresita empezó: “Margot, deja de dormir tanto y ven a desayunar. Qué berraca para dormir. Deja de dormir tanto y ven a desayunar que necesito que me acompañes a leer el periódico”. Teresita siempre fue muy sollada. A lo último doña Margot estaba muy cansada, solo quería descansar y Teresita era la que le leía el periódico, le encantaba leer las noticias de Barack Obama y doña Margot la escuchaba lo más de contenta.

(Nota relacionada: La pirata blanca: un libro sobre la lucha por la paz de Nina Pizarro Leongómez)

A las nueve de la mañana llegó la ambulancia y se la llevaron a la funeraria. Eso fue el 11 de enero del año 2015. En la tarde, cuando el sol ya se estaba poniendo, la devolvieron a la casa en el féretro, arregladita, porque al otro día la iban a velar en el Concejo de Guayatá. A esa hora ya estaban Eduardo y Juan Antonio. La íbamos a velar esa noche en la casa —San Antonio, así le pusimos a la casa donde doña Margot pasó sus últimos años—, aquí en Guayatá. Es una casa más grande, muy linda. El Recuerdo es un lugar hermoso, pero nosotros hicimos San Antonio para que ella y nosotros pudiéramos pasar ahí tranquilos el resto de nuestros días. Entonces, ubicamos el cajón en la sala y la empezamos a velar. Y ya entradita la noche los campesinos, todos los campesinos de la vereda, los caficultores, los recolectores de café, la gente de aquí que quiso tanto a doña Margot empezó a llegar. Doña Margot fue siempre muy querida con ellos, amaba a los niños de Guayatá, era muy dulce, llegaban porque le querían rezar. En el campo así se despide a la gente, pero Eduardo dijo que hacía mucho tiempo la familia no se reunía y que no era momento de rezar. Yo me los llevé para un quiosco que queda junto a la casa, les puse una foto de ella y les dije que ahí podían rezarle a doña Margot. Entonces, estaba constantemente caminando entre la casa y el quiosco. En una de esas, mi nieto, Simón, que estaba dentro de la casa, me agarró y me dijo: “¡Mira!”, señalando debajo del féretro. Y ahí estaba un murciélago, justo en la parte de abajo del cajón de doña Margot. ¡Quién sabe qué significaría eso!

* * *

Juan Antonio es el mayor de los hermanos Pizarro. Muchos le dicen Jhony, un apodo que heredó de su papá. Tiene una voz joven. Es alto y su cabello canoso lo hace ver como el hombre más sabio y cálido de los Pizarro. Cuando habla de Nina y de su mamá vacila entre los silencios largos y las risas veloces. Tiene 72 años y hoy, luego de que transcurrieron más de cinco años de la muerte de Margot Leongómez de Pizarro, su mamá, narra cómo vivió junto a ella sus últimos meses de vida.

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Yo no creo que mi mamá haya tenido alzhéimer, pero sí tenía un deterioro bastante fuerte en la memoria, porque, además, nunca la tuvo muy buena. Y la verdad, yo creo que era consciente de que la estaba perdiendo cada vez más. Pero decía que a ella al final eso no le importaba ni le molestaba. Era consciente de eso, pero la realidad es que no acordarse de cosas no era algo que la angustiara especialmente, aunque al final resultaba difícil hablar con ella. Cuando las personas van perdiendo la memoria, siempre repiten la misma pregunta, vuelven a la misma historia, y se vuelve como esas llantas cuando se empantanan que empiezan a rodar sobre su propio eje, como que no salen. Al final, era un poquito más difícil la conversación con ella.

Ella estaba viviendo con Nina y Rafael. Nina me decía que hablaba mucho en las noches con mi papá, que era un tema recurrente; y al final yo creo que ella ya estaba lista para irse, creo que tenía claro en los últimos meses o en el último par de años de su vida que ya había cumplido su misión y que esperaba, porque ella era creyente, encontrarse de nuevo con mi papá. Ya uno sabe que eso es un tema que va a ocurrir, es una realidad de la vida y no hay que ponerle tanto misterio a la cosa. Es doloroso, pero uno sabe que al final va a ocurrir y ocurrió.

Yo estaba en Bogotá cuando Nina me llamó, no recuerdo a qué hora. Ana Marta no estaba, andaba en alguno de sus viajes cuando era directora del Festival Iberoamericano de Teatro. Entonces, yo arranqué para Guayatá.

A mi mamá se la veló en esa casa. Ahí se puso el ataúd con las velas y empezó a llegar la gente, amigos, gente de la familia. Llegó Eduardo, y María del Rosario su esposa. Llegaron los primos míos de apellido Moncada, en fin, empezó a llegar la gente. Todos estábamos ahí, alrededor de mi mamá, se empezaron a generar muchas conversaciones.

Fue un momento extraño, porque llegó a visitarla gente de la región, campesinos, que tienen otra actitud frente a la vida y frente a la muerte. Yo creo que a ellos les impactó mucho, primero, que estuviéramos ahí sin rezar. Para ellos fue muy duro ver cómo estábamos conversando y recordando historias. Muchos, seguramente, no nos veíamos desde hacía tiempo.

Cuando murió mi papá fue lo mismo, siempre se ha dado no una celebración, pero sí un homenaje. Pero no un homenaje de rezar ni esas cosas, porque no somos ese tipo de familia. Nosotros no somos creyentes. Entonces, fue un poquito extraño ese momento, y al otro día, la gente del Concejo de Guayatá quería rendirle un homenaje.

La llevamos a las instalaciones del Concejo, que queda frente a la iglesia. Ahí estuvimos, y la verdad, era como la misma situación, para la gente creyente era un momento de rezar y esas cosas. Finalmente, uno respeta eso, pero de pronto para ellos era muy difícil entender por qué nosotros no lo hacíamos, y a la vez un poco chistoso porque mi tía Teresita, tenía un entusiasmo impresionante, parecía un ringlete.

Ella llegó al Concejo y se puso a podar las matas y a arreglar las cosas. Era extraño porque, inclusive, durante el velorio, ella al principio no se dio cuenta de que estábamos velando a mi mamá. Cuando se dio cuenta de que mi mamá estaba muerta, le dio un ataque de llanto y tristeza impresionante, pero a la hora se le había olvidado completamente, porque ella estaba en un proceso parecido al de mi mamá, creo que más cercano al alzhéimer.

De ahí salimos a la iglesia. Allá también fue extraño, porque habían llegado unos curas de otras partes de Boyacá, creo, a visitar al cura de Guayatá, se habían tomado unos tragos y el hombre estaba absolutamente peado. El hombre arrancó tarde la ceremonia. Teresita se dio cuenta de que el hombre estaba en ese estado y se puso furiosa, fue y le pegó una insultada la berraca al cura. Fue una ceremonia muy extraña. Yo dije unas palabras, y luego Teresita subió y dio un discurso como de una rockstar, fue muy lindo verla a ella. Fue una ceremonia muy rara pero muy linda. Seguramente, para la gente de la región fue el entierro más extraño del mundo. No tenía nada de lógica con lo que pasa normalmente en un pueblo.

(Lea también: Esmeraldas, coca y cacao: una serie documental sobre historias de paz en Boyacá)

Luego salimos de la iglesia, la gente nos quitó el ataúd y lo llevaron directamente al cementerio que quedaba a unos doscientos cincuenta o trescientos metros, por una bajada bastante fuerte. Ahí Nina había conseguido una tumba de las que quedan como en propiedad horizontal, en un tercer piso, en una esquina que tenía buena vista, como lo había pedido mi mamá.

La enterramos y después subimos hacia la casa. Pasamos por la tienda y todo el mundo estaba tomando cerveza. Yo creo que ellos esperaban que nosotros paráramos a tomar cerveza con ellos. Entre todos conseguimos plata, compramos como dos canastas de cerveza y se las dejamos a la gente, pero no nos íbamos a quedar a tomar ahí. Volvimos a la casa.

Fue bastante singular el entierro de mi mamá, obviamente a la que más duro le daba era a Nina, que había vivido con ella todos esos años y que la había acompañado en esos momentos.

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