Hay tradiciones que se aprenden, otras simplemente se heredan. Las macetas de Cali son ambas cosas. Mientras unas familias enseñan a sus hijos a estirar el alfeñique, cortar los ringletes o ensamblar las figuras de colores, otras esperan el 29 de junio para repetir un gesto que ha sobrevivido por generaciones: regalar una maceta como una forma de demostrar cariño.
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Mucho antes de que las macetas llenen el Bulevar del Río, la Loma de la Cruz o las plazas donde se realiza el Festival de Macetas, ya hay hogares donde el azúcar lleva horas hirviendo. En una mesa alguien corta los palitos de magüey, mientras otra prepara el dulce. Los más jóvenes observan y aprenden. Ninguna maceta se hace sola, detrás de cada una hay una familia completa.
La tradición de celebrar a los ahijados con macetas de alfeñique es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación. Más que una receta, protege un conocimiento artesanal que durante décadas ha unido familias alrededor de un mismo oficio y ha convertido un regalo en una expresión muy propia de Cali.
El oficio que también se hereda
Para María del Carmen Mena, presidenta de Asomacetas y una de las principales portadoras de la tradición, el verdadero valor de una maceta está en su construcción: “Detrás de la maceta hay todo un componente. El proceso inicia con la búsqueda del maguey, la planta sobre la que se construye la estructura. Luego vienen los palitos, las cartulinas, los alambres, los ringletes y, finalmente, el alfeñique, un dulce elaborado únicamente con azúcar, agua, limón o vinagre”.
Añade que “la magia está en que cada miembro de la familia haga una actividad. Unos cortan la cartulina o preparan los alambres. Por eso decimos que esta es una manifestación que une familias”.
Hay familias que hoy completan cinco generaciones elaborando macetas y cada año vuelven a reunirse para repetir un conocimiento que ha pasado de abuelos a hijos y de hijos a nietos. Pero no todos la hacen, muchas personas llegan al festival para comprarlas y luego regalarlas.
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Soraida Vásquez, una de las artesanas que este año participó en el festival, calcula que la preparación comienza cerca de tres meses antes, “primero se hacen todas las decoraciones y después el dulce. Todo lleva tiempo”, cuenta mientras acomoda las macetas sobre el puesto de venta.
Ella cuenta que su alfeñique conserva una receta sencilla, que después de cocinarse alcanza el punto exacto para empezar a estirarse con las manos hasta adquirir el color blanco característico que luego dará forma a flores, animales y otras figuras tradicionales.
Mucho más que un regalo
Aunque la tradición nació alrededor del vínculo entre padrinos y ahijados, con el paso de los años su significado cambió. Hoy las macetas viajan entre hermanos, padres, amigos, parejas e incluso compañeros de trabajo. “Realmente es para cualquier persona. Para hijos, ahijados o para uno mismo. Lo importante es el significado que tiene regalarla”, dice Angie Parra, quien este año acompaña el puesto de venta de su suegra.
María del Carmen resume esa transformación en una sola frase: “la maceta es una manifestación de amor”, y explica que esa afirmación tiene varios sentidos. Pues une a las familias que trabajan durante semanas para elaborarlas, y también une a quienes la entregan como una manera de expresar afecto, “cuando uno regala una maceta es para demostrar a esa persona que siente un cariño especial por ella”.
Que la herencia no se pierda
Para la saliente secretaria de Cultura de Cali, Leidy Hidalgo, el mayor desafío no está únicamente en organizar el festival, está en lograr que la tradición continúe viva. “Esto no sucede solamente del 24 al 29 de junio. Es un proceso que se hace durante todo el año. Por eso, la ciudad trabaja junto a las asociaciones de artesanas en la protección de los saberes tradicionales, talleres de elaboración del alfeñique y espacios donde niños y jóvenes conocen el significado de las macetas”.
El objetivo dice, “es que las nuevas generaciones comprendan que el valor de una maceta no está en el dulce. Hemos tratado de fortalecer todo lo que hay detrás, la historia, el vínculo entre padrinos y ahijados y esos recuerdos que pasan de generación en generación”.
La apuesta incluso ha comenzado a cruzar fronteras. En los últimos años, las portadoras de la tradición han estado en México para mostrar cómo una práctica profundamente caleña también dialoga con otras expresiones del mundo.
Cuando una maceta deja de ser una matera
La secretaria recuerda una anécdota que resume el mayor reto de divulgar esta tradición. “Cuando la alcaldía abrió la convocatoria para escoger la imagen del Festival de Macetas, varias personas enviaron ilustraciones de materas con plantas. Ahí entendimos que mucha gente no sabe qué significa una maceta para el caleño”.
Tal vez por eso esta tradición sigue siendo tan necesaria. Porque mientras para buena parte del país una maceta continúa siendo un recipiente donde crecen las flores, en Cali representa una historia que se cocina lentamente entre azúcar; una herencia que pasa de generación en generación y es, al final de cuentas, una manera de decir “te quiero” sin necesidad de incluir palabras.