22 Nov 2008 - 3:13 a. m.

Así estafaron a la “Tierra de Oro”

El Espectador recorrió Santander de Quilichao, donde más de 20 mil personas perdieron su dinero. La economía del municipio tambalea debido a la crisis.

Laura Ardila Arrieta / Enviada especial

Es día de mercado en Santander de Quilichao, que en lengua indígena significa “Tierra de Oro”. Cuatro horas después de haber empezado la jornada, José Cardona no ha logrado hacer su primera venta. Los zapatos que exhibe de manera desordenada en un improvisado puesto callejero —unos palos que hacen las veces de mesa, cubiertos con un techo de lona para proteger la mercancía del sol— lucen tristes y abandonados a su suerte, sin nadie que los levante siquiera por curiosidad. Son las 11 de la mañana y el calor no da tregua en la segunda población del Cauca. Sin dejar de gritar animando a la gente que pasa para que le compre, el comerciante, proveniente de Jamundí, Valle, se seca el sudor y comenta desanimado que “definitivamente esta Navidad va a estar muy jodida”.

No es para menos. En condiciones normales, asegura el hombre, a esta hora se han vendido al menos tres pares. Y si es tiempo de quincena, y la suerte acompaña, unos cuatro o cinco. Ni qué decir de la época decembrina, cuando caminar por las 16 cuadras que abarca el mercado se convierte en una tarea casi imposible. Días en los que al negocio de Cardona nunca le falta quien pregunte por un color, por una talla, por un diseño. Las vacas gordas, que llaman.

Ahora, repite, la cosa está mala. Quienes circulan por la esquina de la carrera 12 con calle 4, donde se ubica el pequeño negocio, miran distraídos y siguen casi sin detenerse. Muchos se encaminan directamente a los puestos de comestibles. Los plátanos, las piñas, las papas. Nada más y nada menos. Nadie parece tener tiempo para regatear los precios de unos zapatos que, en este momento de crisis, pueden resultar innecesarios.

Otros transitan resueltos con rumbo a la plaza principal que, como todo buen parque, acoge en muchos pedacitos a la población entera. A los estudiantes que salen de clases, a las amas de casa que se despreocupan conversando, a los niños, a los desocupados, a más vendedores. Y por estos tiempos, a los damnificados por las llamadas pirámides que con cantos de sirena cautivaron al pueblo y hoy lo tienen al borde de la ruina.

Porque, sin temor a exageraciones, en este municipio, epicentro comercial de la mayoría de las localidades del norte del departamento, de unos 85 mil habitantes, hasta el gato invirtió dineros en las empresas que prometían intereses de hasta un 150 por ciento y que resultaron ser, por supuesto, un total y absoluto fraude. Todos. La dueña de la tienda perdió apenas 100 mil. La señora de la esquina, que pide, por favor, no me vayan a tomar fotos, botó los dos millones y medio que había ahorrado para una liposucción. El hermano del taxista, también dos millones. Y el del propio alcalde, Juan José Fernández, como el mismo mandatario lo reconoce, malgastó algo más. No precisa cuánto.

Rumores que tampoco se precisan hablan de ciudadanos que hipotecaron sus casas, empeñaron sus carros, vendieron hasta lo que no tenían, lo llevaron diligentemente a la pirámide de turno y ahora tratan de sobrevivir con una mano adelante y la otra atrás, sin reprocharse demasiado. Algunos aseguran, no obstante, que un hombre no aguantó el golpe y se quitó la vida “por estúpido”, como supuestamente rezaba la carta de despedida. Nadie, eso sí, se atreve a decir esta boca es mía. Los que quedaron en la calle y el muerto son, hasta el momento, historias que ni las autoridades confirman.

Historias que se suman a las que a diario corren de casa en casa y de camino en camino. La de hoy es la misma de hace una semana: DRFE, la pirámide que en marzo  revolucionó la ciudad con sus promesas de altos dividendos, y que cerró sus puertas abruptamente sin que por ahora se tenga certeza sobre el paradero de sus dueños o si devolverá la plata que alcanzó a captar de los quilichagüeños. Al menos eso intentan creer los esperanzados que, sin falta, se arriman todos los días a la plaza principal, justo enfrente de la sede en la que alguna vez funcionó la empresa de sus sueños.


Ceguera colectiva

Luis Fernando García, 23 años, bachiller desempleado, una hija de 4, se animó a invertir plata en DRFE el pasado 18 de octubre por la mañana. Fueron exactamente ocho millones de pesos los que entregó, producto de la venta del carro y la moto que heredó de su familia y que constituían su único patrimonio. Ese día, muy temprano, pagó 70 mil pesos a uno de los personajes dedicados a hacer negocio vendiendo los puestos de la eterna fila para poder entrar al sitio. Le salió barato. Varios “inversionistas” me cuentan que usualmente los lugares eran cobrados a 100 ó 150 mil pesos. Y, ciertamente, lo valían. La hilera de personas abarcaba en ocasiones hasta 10 cuadras y la temperatura en Santander de Quilichao casi nunca es inferior a los 25 grados centígrados.

Como las instalaciones de la pirámide quedaban al lado de la Alcaldía Municipal, era inevitable que la muchedumbre pasara, dinero en mano, por las propias barbas de las autoridades. Y no sólo eso. Para no perder su sitio en la cola, el gentío prefería orinar y dejar sus otras miserias ahí mismo, a la vista del resto. Todo sea por ese 80 por ciento de interés mensual, que después se convirtió en un 150 por ciento, que la empresa entregó, aseguran, de manera puntual durante las cerca de 32 semanas que estuvo activa.

Tal fue la confianza que generó en el pueblo DRFE, que cuando en octubre pasado llegó otra pirámide a Santander de Quilichao, no pasaron muchas horas para que la misma escena se repitiera en la puerta de su sede. Para sorpresa de pocos, sus dueños huyeron 18 días después con dos mil millones de pesos. Apenas dejaron cuatro sillas y un virulento mensaje en un papel que más o menos decía: “Por estúpidos y creer en brujas tendrán que trabajar mucho más para reponer esas platas... las únicas pirámides que existen y no se van ni por el putas son las de Egipto”. Ese día, una turba frenética acabó con las instalaciones de JEG, los bancos tuvieron que ser cerrados y fue declarado el toque de queda en todo el municipio a partir de las 6 de la tarde.

El 12 de noviembre, una multitud en un estado de ánimo parecido intentó saquear la sede de DRFE, pero nada encontraron. García no alcanzó a percibir ni siquiera los primeros intereses de su millonaria inversión y ahora él, y el resto de sus compañeros de aventura —se calcula que unos 20 mil quilichagüeños—, esperan sentados por un milagro.

Las autoridades no prometen nada. Nada pueden hacer. Mientras, el Alcalde se queja de que la mayoría de las medidas tomadas por el Gobierno Nacional para conjurar la crisis están dirigidas “sólo a solucionar lo de DMG”.

Por el momento, lo único que hay para asegurar es que, tal y como lo augura el comerciante José Cardona, este diciembre en Santander de Quilichao va a ser negro. Lo dicen, además, los dueños de la tienda Las Melas, en el barrio Centenario, que de 200.000 pesos diarios pasaron a vender la mitad. También, Gabriela Álvarez, de la sala de belleza ‘El palacio de la uñas’, quien dejó de recibir 30 clientes al día para atender un promedio de 10. Y Mayerlín Castro, del taller rectificadora Flórez, cuya contabilidad reporta una disminución del 80 por ciento del trabajo. “Estamos descapitalizados”, reconoce oficialmente Ivana González, directora de la Cámara de Comercio del Cauca, seccional Santander de Quilichao. No hay duda: los zapatos de Cardona seguirán con su aspecto triste y abandonado.

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