9 Mar 2021 - 4:14 p. m.

Así vivió el niño Rudolf Hommes El Bogotazo

El reconocido economista y exministro de Hacienda presentará este jueves 11 de marzo el libro autobiográfico “Así lo recuerdo”. Capítulo exclusivo.

Rudolf Hommes * / Especial para El Espectador

9 de abril en Chapinero

El tío Jorge llegó temprano, como a las dos de la tarde. Venía como cuando regresaba de reunirse con los amigos los sábados, con la corbata suelta, la camisa abierta y arrastrando la gabardina. Pero no era sábado. La abuela le preguntó por qué llegaba tan temprano y tan desarreglado, y él respondió que se había venido del centro a pie porque estaban incendiando tranvías. La gente estaba enfurecida porque habían matado a Gaitán. Mi papá y el abuelo subieron inmediatamente a prender el radio y yo me paré en la ventana que daba sobre la carrera 14, que estaba pavimentada del lado de nuestra casa, pero todavía destapada en la otra vía. Ya se estaba congregando gente que gritaba. Algunos estaban armados. En la radio había mucha confusión porque en algunas de las emisoras hablaban personas del Gobierno y en otras se incitaba a la rebelión. (Recomendamos: El Bogotazo contado desde la literatura).

A mi abuelo no le cabía en la cabeza que estuviera pasando eso sin control del Gobierno y del Ejército. La abuela se preguntaba qué estaría sucediendo en su casa en Ubaté, donde estaban mis tías con algunos de mis primos. También se alegraba de que el abuelo no estuviera allá, porque seguro hubiera salido a la calle a tratar de poner orden. Mi mamá estaba afanada porque no había hecho mercado y no íbamos a tener qué comer.

Mi papá, como sucedía con frecuencia, tenía otro punto de vista. Decía que lo que a él le llamaba la atención era que esto no hubiera sucedido antes con la enorme pobreza que se veía por todas partes y el mal trato que recibían los trabajadores y la gente pobre que era objeto de todo tipo de discriminaciones, hasta para montar en tranvía. En Bogotá teníamos tres tranvías, el de los ricos, el de la clase media y el de los pobres. Mi tío Jorge dijo que tal vez por eso estaban incendiando los tranvías cerrados en la avenida Jiménez, que eran los que iban a los barrios de los ricos.

Ya en ese momento la gente que venía por la carrera 14 en dirección al centro era una multitud que portaba las armas que habían tenido a su alcance, herramientas de trabajo, muy pocas escopetas y otras armas de fuego, machetes y hachas. Uno de ellos, que nos vio en la ventana, nos lanzó un martillo. No alcanzó a romper el vidrio, pero sí nos obligó a retirarnos de la ventana. El abuelo le puso balas a su revólver por si teníamos que defendernos, lo que provocó la alarma de mi papá y de mi tío Jorge, que le dijeron que con ese revólver no iba a ser capaz de detener a una turba, y sí nos pondría en peligro.

El abuelo Geremías refunfuñó que él había estado en Palonegro y sabía de armamento, y que ellos dos, un contabilista y un profesor de una escuela fundada por liberales, no tenían idea de esas cosas. Mi papá no le hizo caso ni le recordó que él había sido herido en la guerra, sino que desvió la discusión a que si esa gente no se armaba, por ejemplo asaltando los cuarteles de la Policía, si no se les unían policías y militares rebeldes, y si no se organizaban, todo iba a ser en vano. Mi mamá, que siempre estaba atenta a lo que él decía, le respondió que no estaría pensando en salir a ponerse al frente, lo que le causó risa al abuelo y mal humor a Rudolf, posiblemente porque estaba recordando lo que había sucedido 25 años atrás en Hamburgo. (Recomendamos: El diálogo nacional que pide Rudolf Hommes a Iván Duque en entrevista con Mauricio Rodríguez).

Tuve que esperar muchos años antes de que entendiera qué había dado lugar a este intercambio entre ellos. En Colombia, durante el 9 de abril, continuaron los acontecimientos. Ese día como a las 5 de la tarde mi mamá me llevó de parapeto a la tienda del señor Ortiz, en la calle 64 con carrera 15, a comprar mercado, mientras “la chusma” se emborrachaba con cerveza. Esta vez, el contacto con el pueblo fue cercano y fue la primera vez que le vi la cara al peligro desde la parte de adentro del mostrador de la tienda, donde estuve resguardado mientras mi mamá compraba varios tarros de leche en polvo, café, mercado de grano y velas. Nadie se metió con ella y ella actuó como si fuera lo más natural que una señora de tacón alto y pañoleta hiciera mercado tranquilamente entre hombres borrachos indignados que portaban machetes y escopetas.

De allí salimos otra vez hacia el Palace, en la 66 con 13, a llamar por teléfono a Ubaté. Había que pasar por varias operadoras, primero por la de Zipaquirá, que se conectaba con Nemocón, y esta a su vez con Cogua. Finalmente logramos hablar con la de Ubaté, que no pudo comunicarse con la casa de mis abuelos, pero sí llenó a mi mamá de angustia, pues le dijo que había oído que estaban asaltando la casa y que habían incendiado la de mi tía Adela, que quedaba más allá en la misma cuadra. Mi mamá resolvió que era mejor no decirle nada a mis abuelos “porque nada iban a poder hacer, y de golpe mi abuelo se podría empecinar en salir para allá”.

Les dijimos que no habíamos logrado conseguir línea y que habían cerrado el Palace porque había mucha turba por la 13. En la tarde oímos por radio que el párroco de la iglesia de Santa Bárbara se había encaramado con un rifle en la torre del campanario, que quedaba sobre la carrera 7.ª con calle 5.ª, y le estaba disparando a los manifestantes que venían del sur en dirección al centro. Algunos policías y militares que se habían sumado a la revuelta habían disparado un mortero contra el campanario y lo habían derruido parcialmente, pero el francotirador seguía disparando.

El párroco de esa iglesia era José “Cura”, hermano de mi abuelo y amigo íntimo del arzobispo. Mi papá dijo que no podía ser él el que estaba disparando porque era una persona muy grande y muy pesada, ya mayor. No lo veía subiendo al campanario. Mi abuelo dijo que su hermano era muy ágil cuando eran niños y vivía trepándose a los árboles, pero tampoco creía que fuera José porque no veía bien, y aunque los manifestantes fueran liberales le costaba trabajo imaginarse a José matando gente desde un campanario.

La abuela recordó que Héctor, el hijo de mi tío Pablo, se estaba quedando en la casa cural porque le quedaba cerca el colegio de los Hermanos Cristianos, y que probablemente el papá, que era uno de los comandantes del cuartel del ejército en San Diego, mandaría a alguien a sacar al niño y sabríamos qué pasó. Más tarde comenzaron a pasar camiones con uniformados armados con fusiles, y por la radio dijeron que venían de Tunja, de donde los había enviado el gobernador a controlar la rebelión. No se tenía claridad si el Gobierno estaba a cargo y había versiones contradictorias sobre el papel de los jefes liberales en la revuelta.

Geremías decía que ellos eran los que la habían provocado y mi papá le respondió que si esa era la intención no hubieran matado a Gaitán, que era el que hubiera podido ponerse al frente. Los dos estuvieron pegados al radio hasta que pasaron los tanques de la Escuela de Caballería por la carrera 14 en dirección al centro, ya tarde. El abuelo se regocijó y mi papá no dijo nada. El toque de queda había sido decretado y el resplandor de los incendios en el centro de la ciudad era lo único que se movía.

A los dos o tres días apareció mi tío Pablo en uniforme de campaña, escoltado por motociclistas, con Héctor a su lado. Traía noticias de la casa cural y de la casa de Sofita, la madrastra de mi abuela Elena. Todos estaban bien, aunque uno de ellos, Rafael, no había llegado sino después de levantado el toque de queda, y como todavía estaba borracho se acostó gritando arengas contra los godos. El tío “Cura” no era el que les estaba disparando a los manifestantes. Era un agitador disfrazado de sacerdote, seguramente liberal o comunista, que estaba tratando de provocar la ira popular para atizar la revuelta. Ya lo habían matado.

Pablo tenía noticias de Ubaté. Aunque trataron de incendiarla, la casa no había sufrido mucho. Habían derribado el portón que da a la calle, violaron la caja fuerte del abuelo, le destrozaron el escritorio e hicieron trizas su oficina. Como no se pudieron llevar el piano, lo rompieron con un hacha y le prendieron candela en la mitad del patio. Hicieron añicos los diplomas de bachillerato de Finita y de las tías que habían estudiado. Mis tías y los niños se habían pasado a la casa de un vecino liberal y allá estaban todavía.

Jaime Robayo, el hijo mayor de mi tía Adela, les pegó un susto terrible, porque se les quedó atrás en la carrera que tuvieron que pegar cuando comenzaron a derribar el portón de adelante con una volqueta del municipio para pasar al solar del vecino. Quién sabe qué estaba haciendo el chivato, que no apareció. Cuando se dio cuenta de que estaban tumbando la puerta, se subió al entretecho, donde estaban los tanques de agua, y se escondió. Por allá estuvieron alumbrando con linternas, pero no lo vieron.

El día siguiente la tía Ana se aventuró a pasar a la casa y lo encontró muerto de frío y de hambre, pero sano y salvo. No alcanzó a hacer inventario del saqueo, pero le dijo a Pablo que todo lo eléctrico se lo llevaron, las vajillas y los cubiertos también. Mi abuela no dijo nada porque estaba absorta leyendo Historia de dos ciudades que le había enviado Darío, que era escritor, para que se distrajera durante el encierro forzoso. Él sabía que ella no resistía tener un buen libro al frente sin leerlo de una vez. Solamente paraba para las comidas, o de vez en cuando para tomar una cucharada del cognac que conservaba en un frasco de jarabe para la tos.

Rudolf se enteró de las noticias que traía Pablo, escucharon la radio y todo parecía haberse apaciguado en la ciudad. Se despidió en silencio y se fue a acostar. Seguramente pensaba que le había tocado estar presente en dos alzamientos contra gobiernos: este, que era auténticamente popular pero que carecía de líderes y seguramente sería sofocado a sangre y fuego, y el que tuvo lugar 25 años antes en Hamburgo, cuando los revolucionarios locales organizaron el asalto a las estaciones de Policía para armarse, como parte de un levantamiento popular que había sido programado para que ocurriera simultáneamente en las principales ciudades de Alemania, pero que solamente sucedió en Hamburgo. Al contrario de lo que pasó en Bogotá, tenía líderes, pero no contó con el apoyo de la ciudadanía, excepto en barrios obreros.

* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. El libro será presentado por el autor este jueves 11 de marzo, en charla con el periodista Roberto Pombo.

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