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Cali entre la incertidumbre y una ola de ayuda

En un recorrido tras cuatro días del terremoto se encuentran todos los sentimientos en la capital del Valle de Cauca. Sobre personas sin hogar y el dolor que se convierte en activismo.

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Bastian Mühling
15 de agosto de 2026 - 10:37 p. m.
Albergue en Cali después del terremoto
Albergue en Cali después del terremoto
Foto: MAURICIO ALVARADO
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Verónica Soto Brecas no tiene pinta de ser una persona que se rinde fácilmente, pero ahora está un poco desconcertada. “Nos sentimos perdidos, no tenemos casa, nos quedamos sin nada”, dice, mientras acaricia a su perra. “Ahora lo único que tenemos son las carpas, las perras y la unión en familia.”

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El edificio donde vivía esta chilena no colapsó el lunes, pero sí tiene graves daños. “Intentamos dormir ahí una noche, pero teníamos mucho miedo y no nos sentíamos seguros”, cuenta. Desde el martes, un día después del terremoto, Soto Brecas vive en una carpa al lado del Coliseo de Hockey, en la Unidad Deportiva Jaime Aparicio de Cali, que fue construido para los Juegos Panamericanos de 1971, y desde martes es refugio para quienes quedaron damnificados por el sismo en la ciudad.

Un poco menos de 100 personas viven actualmente en este refugio. Duermen en colchonetas dentro del estadio o algunos en carpas afuera. No se permite entrar con perros o mascotas, y como Soto Brecas no quiere dejar a sus perras Chiquis y Gordo a solas, duerme en una de las carpas. Está con su compañero Raúl y su hijo Tahiel. Solo se aceptan familias, no personas individuales, cuenta una funcionaria de la Alcaldía.

Este lugar cambiará en los próximos días y Verónica y su estado de ánimo también lo harán.

El martes todo era provisional y no había mucha gente. Después de registrar los datos, se hace un chequeo médico, tanto psicológico como físico. Luego le asignan una cama. Usaban las duchas de la unidad deportiva, pero había pocos baños. El estado de ánimo de Verónica: agradecida con la ayuda, pero con incertidumbre por el futuro. Pone aceite a sus perras, mientras cuenta: “Perdimos todos los documentos, el pasaporte, estoy sin documentación, sin nada.” Además, su móvil se quedó sin batería.

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Un día después, Soto Brecas cerca del refugio vende pulseras creativas. “Intenté vender algunas”, dice ella, un poco abatida, pero no funcionó. El viernes ya tenía otro plan: producir las pulseras en el refugio. El problema es que no tenía suficiente material. “Solo tenía dos hilos, de casualidad en una bolsa” y para comprar más necesitaba dinero.

En el refugio se siente bien tratada, cuenta. La comida es muy buena. “Hasta he engordado”, dice. “Lo mismo las perras.” Acaban de entregarle comida para sus mascotas que ya tienen sus mantas y territorios marcados. “Estoy un poco más tranquila”, aseguró. “¿Hasta cuándo te quedas?”, pregunté. Sotobrecas se encogió de hombros. Pero sí sabe que quiere irse a una zona rural. “Mejor estar en tierra que en la ciudad”.

Este viernes, el refugio ya se ve muy diferente al martes. Había más baños, duchas portátiles, colchones, microondas, refrigeradoras, lavadoras, hornos y kits de mercado, según explicó una funcionaria de la alcaldía. Hasta establecieron unas pantallas de privacidad para proteger a las personas. Solo faltaba una polisombra para protegerse del duro sol que quema a Cali estos días.

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Mientras vive una situación tan difícil como perder su casa, Crismal Sarabia, venezolana de 30 años, cuida a cuatro hijas y dos perros. “Nuestra casera nos dijo que podemos dormir en la casa, pero bajo nuestra responsabilidad”, cuenta. La primera noche la pasaron en el parque obrero en el centro de Cali, con unas sabanas de su casa. En el refugio duerme mejor, pero igual se siente abrumada por su futuro. “Me pregunto cada día cómo vamos a resolver esto.”

Uno de los principales temores es que con el paso de los días el foco de los medios se pierda y la labor apenas inicie. “Esto es una maratón que apenas comienza”, dijo también el alcalde de Cali, Alejandro Eder, en el Coliseo del Pueblo. La crisis humanitaria durará mínimo tres meses, según él; la reconstrucción de Cali al menos dos años.

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En el Coliseo del Pueblo, los tradicionales puestos del Festival de Música y Comida del Pacífico, el Petronio, se han convertido en puntos de acopio. En vez de en encocado de camarón ahora hay agua, arroz, leche y elementos básicos.

Centenares de voluntarios se han ido al Coliseo del Pueblo para ayudar a ordenar y distribuir los kits de emergencia para personas sin hogar como Veronica o Crismal. Uno de ellos es Alejandro Crespo, de 19 años, a quien le parece muy raro estar en el recinto del Petronio organizando las ayudas que llegan. “Como buen caleño” quería ir al Petronio, ahora está empacando sueros.

Otra de las voluntarias es María Alejandra Uni, estudiante de la misma edad. Ella bosteza, en sus manos hay un paquete de espaguetis. Es su tercer día aquí, el jueves ayudó hasta la 1 de la mañana, cuenta. “Hay gente muy damnificada que necesita ayuda en sus casas”, dice, y está claro que no realmente entiende la pregunta porque está concentrada en lo que debe hacer.

Se nota que se siente emocionada con la cantidad de gente que quiere colaborar. “Esas filas que se ven en la entrada, solo las he visto llenas en los conciertos”, explica. Donde come uno, comen dos. A ella le da alegría ayudar. También porque deja su teléfono al lado y no ve tantos videos en las redes sociales. “Esto me ha afectado mucho”. El dolor lo está canalizando la ciudad en ayuda.

Bastian Mühling

Por Bastian Mühling

Periodista y becario del International Journalist Program (IJP) 2026. En El Espectador trabajo en la sección Internacional. En Alemania escribo sobre política digital e inteligencia artificial para el Süddeutsche Zeitung Dossier. Estudié parte de mi carrera en periodismo en la Universidad de Antioquia en Medellín.bmuhling@elespectador.com

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