26 May 2014 - 6:08 p. m.

Colombia, el único país donde decrece la agricultura ecológica

Así lo indican datos del Instituto Suizo de Investigación en Agricultura Orgánica y la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica.

Agencia de Noticias de la Universidad Nacional

Mientras Argentina, Brasil y Uruguay han incrementado el porcentaje de tierra destinado a actividades de agroecología certificada, en Colombia, esta cifra es del 1% y 2% de la producción nacional, es decir, 50.000 hectáreas.

Según datos de un estudio realizado por los expertos Helga Willer y Lukas Kilcher y publicado por el Instituto Suizo de Investigación en Agricultura Orgánica y la Federación Internacional de Movimientos de Agricultura Orgánica con sede en Alemania, en América Latina, 280.000 productores cultivaron 8,6 millones de hectáreas de tierra de manera orgánica, en 2009, lo que equivale al 23% del porcentaje mundial y al 1,4% de la tierra dedicada a labores agrícolas en el planeta.

Los principales países por hectáreas fueron Argentina (4,4 millones), Brasil (1,8 millones) y Uruguay (930.965), mientras que la proporción más alta de tierras agrícolas ecológicas se reportó en las Islas Falkland/Malvinas (35,7%), República Dominicana (8,3%) y Uruguay (6,3%).

Según el profesor Tomás León Sicard, investigador del Instituto de Estudios Ambientales (IDEA) de la Universidad Nacional de Colombia, “si el país decidiera impulsar la agricultura ecológica, varios de los conflictos que históricamente ha afrontado el sector encontrarían soluciones, en especial, el que presenta la agroecología como una posibilidad para la paz”.

Para el profesor León, frente a los ambiciosos megaproyectos rurales, Colombia va perdiendo la discusión en materia de agricultura ecológica, pues se desconocen sus diversas posibilidades.

Durante su intervención en la undécima sesión de la Cátedra Manuel Ancízar de la U.N., denominada “Transición multifuncional del territorio rural”, el investigador destacó aspectos de la funcionalidad de la agroecología, más allá de lo que tradicionalmente se conoce sobre ella, como la eliminación de plaguicidas y el aumento de la biodiversidad.

Dentro de los aspectos menos conocidos, el experto mencionó que aumenta los límites planetarios para el uso de la tierra, reconfigura el territorio, en términos de conectividad espacial y de ecología del paisaje y, finalmente, favorece la interconexión del conocimiento mientras fortalece la innovación social.

El docente empezó su participación durante la cátedra respondiendo a la pregunta ¿qué es lo ambiental? Para ello, se apoyó en los lineamientos de la escuela del maestro Augusto Ángel Maya, filósofo del pensamiento ambiental latinoamericano, según los cuales, para comprender la relación ecosistema-cultura es importante entender a la agricultura, no solamente desde aspectos como la producción tecnológica o el uso de insumos, sino también desde factores económicos, sociales, políticos y simbólicos.

El invitado internacional de esta sesión fue el profesor Alfio Brandenberg, director del Posgrado en Sociología Rural de la Universidad Federal de Paraná (Brasil), quien centró su intervención en mostrar cómo la agricultura familiar está resultando clave para desarrollar diversos proyectos de agroecología.

Más allá de los aspectos centrados en la producción agrícola que se adelanta bajo estos parámetros, el profesor brasileño destacó que “uno de los éxitos de esta labor es el trabajo en redes, donde nuevos actores de lo rural se organizan de forma particular bajo un concepto de territorio”.

Otro de los participantes fue Julio Rodríguez Arrieta, productor agrícola de San Juan Nepomuceno (Bolívar), perteneciente al proyecto Finca Montemariana, el cual es coordinado por la Fundación Red Desarrollo y Paz de los Montes de María.

Dicho proyecto se basa en un modelo agroforestal que abarca un espacio de 1.123 hectáreas y que beneficia a cerca de 1.000 ciudadanos del área rural de los Montes de María. La mayoría de ellos son campesinos que han retornado luego de un proceso de desplazamiento que duró casi dos décadas.

Rodríguez explicó que en él se combina el conocimiento tradicional indígena con las prácticas tradicionales rurales de su territorio. “Dicho modelo consiste en escoger los cultivos transitorios como maíz, yuca o ñame y combinarlos con cultivos semipermanentes como el plátano y la producción de cítricos”, comentó.
Este procedimiento incentiva la relación empleo-ingreso, pues los cultivos transitorios ofrecen posibilidades de ventas óptimas. Además, la cosecha de plátano aporta un alto porcentaje de ganancia y, en cinco años, los cítricos fortalecerán la seguridad alimentaria y los ingresos económicos.

“Buscamos la autonomía y el empoderamiento para evitar volver a ser víctimas del desplazamiento forzado. Por eso, el objetivo es recuperar el tejido social afectado durante más de 20 años por el conflicto armado que afrontó la región. Queremos poner, no un pedazo de tierra más en manos de nuestros hijos, sino un espacio, un territorio que puedan administrar para garantizar una mejor calidad de vida en el campo”, concluyó.

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