31 May 2014 - 3:39 a. m.

Doce horas de secuestro

La vida de la familia Cantoñi no solo ha sufrido la tragedia del secuestro de su hija María Alejandra, que duró medio día, sino que han sido víctimas de la guerra que azota el norte del Cauca.

Édinson Arley Bolaños / Guachené, Cauca

María Alejandra lo único que sabe es que mientras estaba con los ojos vendados, al lado suyo había tres hombres malos y una señora buena, por la que dice va a orar siempre. Ni siquiera se imaginaba que sus captores la habían llevado montañas arriba hasta el municipio de Corinto, en donde el sexto frente de las Farc se disputa el territorio con los indígenas y también con las Fuerzas Militares.

El jueves, cuando la noche hacía perder la esperanza de su regreso, más de 200 guardias indígenas y varios afrodescendientes que subieron desde Guachené, cercaron los municipios de Toribío y Corinto para presionar la entrega de Alejandra sin ninguna condición. Justo en ese momento, mientras el secretario de Gobierno de Toribío, José Míller Correa, miraba en un restaurante del pueblo cómo todos los noticieros nacionales lamentaban la noticia, María Alejandra llegó gritando: “esa soy yo”, y se pegó con la mano duro en el pecho como queriendo decir que estaba viva.

El lado izquierdo de su pecho se apretaba, mientras Sandra Patricia Cantoñi, su madre, la recibía y la tocaba varias veces para asegurarse de que era ella. Se abrazaron y luego se miraron, como recordando que la guerra no los ha dejado tranquilos. Como haciendo memoria de que a su padre, el comandante de la policía de Padilla, Cauca, que se ubica al lado de Guachené, casi lo mata el 3 de agosto de 2012 el sexto frente de las Farc, en una emboscada.

Él quedó herido, pero tuvo que mirar morir a uno de sus hombres, el patrullero José Luis Cataño Ramírez. Con la memoria fresca de aquella vez, ayer, mientras la comunidad de Guachené le ofrendaba una misa por el regreso de su hija, dijo que no se marchará de su pueblo, porque ahí nació y “hasta que Dios nos lo permita vamos a seguir cumpliendo la labor constitucional”.

En la mitad de la eucaristía, ya estaba planeado que los tres caminarían desde la puerta hasta el altar de la iglesia, sosteniendo con sus manos, padre y madre y María Alejandra en medio, el vino y el cáliz. De pronto, la multitud de gente que había llenado la iglesia se paró de sus sillas y empezó a aplaudir, mientras Sandra Patricia mordía sus labios y escurría sus ojos en señal de que aún seguía vivo el motivo por el que vivirá el resto de sus días.

Guachené es un municipio, hasta el jueves, desconocido para el país. Cercado por varios que tienen nombre de guerra: Toribío, Corinto, Caloto y Padilla. Hasta allí se llega después de pasar por dos retenes militares. El primero está atrincherado en el municipio de Caloto, protegiendo a la población civil de los hostigamientos, que por estos días han cesado. Y el segundo se ubica cien metros antes de empezar a ascender la cordillera Occidental. Cinco hombres atrincherados vigilaban la carretera, que también conduce a Toribío y Jambaló.

Cercado también por el narcotráfico que no da tregua. Según las autoridades, es un corredor estratégico para la droga que baja de los municipios de Corinto y Toribío, para salir a la carretera Panamericana. Según el comandante de la policía del Cauca, Ramiro Pérez Manzano, en lo que va corrido de este año en esta zona se han incautado 33.603 gramos de cocaína, 7.090 de heroína y 4’810.924 gramos de marihuana. Atinan a decir las autoridades que el mayor cartel de narcotráfico en el norte del Cauca, en este triángulo de municipios, lo maneja el sexto frente de las Farc, y que por eso la mayoría de operativos son contra esa estructura. Las estadísticas lo dicen: entre 2013 y 2014 han sido capturadas 976 personas por tráfico de estupefacientes.

En medio de esta zona vive María Alejandra y trabaja su padre como comandante de policía de Padilla. Coherente siempre con el servicio que viene prestando desde 1994, la vida también le ha dado varias sorpresas. El 7 de noviembre de 2006 la policía ordenó su retiro del servicio por facultad discrecional, es decir, sin justificar públicamente cuál era el motivo. Entonces, trabajaba en la Dirección Central de la Policía Judicial (Dijín), Grupo Táctico (Gruti).

El viernes pasado, mientras el comandante de la policía de Padilla apretaba a su hija contra el pecho, no contuvo el llanto y varias veces sacó su pañuelo para limpiar el rostro de su hija. Cuando el párroco anunció que todo el mundo podía darse el apretón de manos por la paz, los tres se abrazaron fuertemente y una multitud los fue rodeando para demostrarles que no era casualidad que la gente quisiera tanto a su hija y haya ido a su rescate.

Lo que han dicho por ahora es que los tres nacieron en Guachené, la tierra de sus mayores, de su raza afrodescendiente, y que allí se quedarán. Mientras tanto, Sandra Milena, la madre de Alejandra, les pidió a los captores que no involucren a los niños en este conflicto que los adultos han construido.

Al final de la eucaristía, Alejandra se llenó de valor y se dirigió a su gente. Con una lucidez como de una mujer adulta dijo: “Primero que todo quiero agradecer a Dios, porque él hizo que toda esta comunidad que me quiere, se uniera. Después, darles gracia al alcalde, a los medios de comunicación, a la estación de policía, a la Guardia Indígena. Quiero decirles que cuando haya estas situaciones, que ruego no vuelvan a pasar, estemos unidos como una familia que somos”, dijo una niña, una afrodescendiente de apenas 10 años.

 

@eabolanos

Temas relacionados

SecuestroGuardia indígena
Comparte: