15 Mar 2016 - 4:46 a. m.

El perdón es felicidad

Llegó el momento de cambiar las cosas y dejar el rencor a un lado. Como este país es de todos, pues todos debemos aprender a perdonar.

Maurice Armitage

En los primeros días de 2002, viajé con cinco de mis amigos más cercanos a Bahía Solano, en Chocó, para pescar y descansar en una de las joyas más biodiversas que hay en el planeta Tierra. La idea inicial era quedarnos ahí durante tres días pero los planes cambiaron cuando el frente 57 de las Farc nos secuestró y llevó selva adentro, nos hizo caminar durante varias horas por el río Atrato y el río Munguidó, para luego adentrarnos a la espesura del Pacífico colombiano.

Aunque ningún secuestro es bueno, creo que aquel fue relativamente tranquilo. Siempre estuve rodeado de doce guerrilleros muy jóvenes con quienes tuve la oportunidad de conversar en reiteradas oportunidades, les enseñé aritmética un par de veces y poco a poco pude ir conociéndolos y entender la forma en que pensaban. Hasta amigos nos hicimos durante esos dos meses en los que permanecí en la selva.

Lo que pasa es que, cuando uno se toma el tiempo de escucharlos, se da cuenta que también son víctimas; víctimas de una sociedad completamente injusta que los obligó a tomar malas decisiones en la vida y no por eso hay que encasillarlos como malos.

Mi secuestro no duró mucho pero el último de mis amigos, un médico, salió cinco meses después porque no estaba dispuesto a dar un solo peso por recobrar su libertad. Era entendible, es una posición lógica y respetable pero al final todos terminamos pagando una cuota para poder regresar a nuestra ciudad.

Pero la cosa no terminó ahí. Luego en abril de 2008, a eso de las siete de la mañana, cuatro hombres se bajaron de un carro, me amordazaron, amarraron, vendaron y luego me subieron a un Jeep rumbo a los Farallones, en la cordillera occidental.

El día anterior había llamado a mi mayordomo para avisarle que iba a pasar por la finca en Jamundí (Valle del Cauca) pero al parecer sus cuñados ya le habían lavado el cerebro antes y ofrecido una cuantiosa suma de dinero por entregarme.

Prácticamente me vendió, después de haber trabajado conmigo cerca de siete años, pero la verdad es que es un buen ser humano y por eso merecía una segunda oportunidad. Yo conocía a su esposa e hijos y ninguno se merecía algo así...

Entonces no solo lo perdoné, sino que además pagué un poco más de $15 millones en honorarios para abogados, le colaboré económicamente a su familia mientras estuvo envuelto en todo el lío jurídico, le ayudé a que solo pagara un año de cárcel, le busqué trabajo cuando quedó en libertad y, por supuesto, le mantuve mi amistad. De hecho conversamos mucho y todavía le sigo ayudando cuando puedo; es una buena persona que tomó una mala decisión. Solo eso.

Él me pidió perdón y me contó que habían contratado a unos guerrilleros del Putumayo para que hicieran todo el trabajo sucio. Luego desaparecieron y es la hora que todavía los siguen buscando.

Aunque solo duré cinco días secuestrado porque las Fuerzas Armadas reaccionaron de inmediato, esa segunda vez fue mucho más difícil e intensa que la primera por decenas de razones que prefiero no recordar porque ya pasaron y la vida continúa.

A pesar de todo lo que ocurrió, soy un convencido de que el perdón es sinónimo de felicidad e indispensable para avanzar en la construcción de una nueva Colombia, especialmente ahora que nos acercamos a una posible firme de la paz.

Llegó el momento de cambiar las cosas y dejar el rencor a un lado. Como este país es de todos, pues todos debemos aprender a perdonar. Es una relación de doble vía donde los colombianos perdonan a los guerrilleros por todos sus actos violentos y los guerrilleros perdonan a esta sociedad tan desigual e injusta que no fue capaz de ofrecerles y garantizarles otras alternativas de vida.

Es hora de quitarnos ese peso de encima con el que hemos cargado tantos años y empezar a vivir con una nueva visión. Tranquilos. Juntos. Sin rencor.

Comparte: