29 May 2014 - 3:36 a. m.

Fundación por fin despidió a sus ángeles

En medio de un calor agobiante los habitantes de Fundación dieron sepultura a 28 de los 33 niños que murieron calcinados en un bus en este municipio el pasado 18 de mayo.

Gloria Castrillón

En medio de una caravana fúnebre, que partió de Barranquilla a las ocho de la mañana, los 28 féretros blancos llegaron a Fundación hacia las dos de la tarde, después de recibir homenajes a lo largo de su recorrido.

El comercio en Fundación cerró desde las 11 de la mañana y sus habitantes se prepararon desde muy temprano para recibir el cortejo fúnebre. Vestidos de blanco, con flores y pañuelos del mismo color, llenaron las calles para despedirlos.

Ni los más de 40 grados centígrados hicieron desistir a la multitud que intentó entrar al cementerio Ángeles de Luz, a unos tres kilómetros del centro de la ciudad.
Por cuenta de la asistencia del presidente Juan Manuel Santos se redoblaron las medidas de seguridad para la ceremonia, a tal punto que decenas de familiares se quedaron por puertas del cementerio.

Enardecidos, los habitantes se enfrentaron con la policía y entraron a la fuerza a las instalaciones del campo santo que está en obra negra. Con apenas un par de carpas se protegieron del sol unos pocos asistentes. El calor, el desespero y el dolor conformaron una mezcla explosiva que produjo desmayos y refriegas con las autoridades.

En medio de este ambiente, el director nacional de Medicina Legal, Carlos Valdés, hizo entrega a cada familia de los restos mortales de sus hijos. Una ceremonia católica presidida por el obispo de Santa Marta, Hugo Puccini, y otros tres altos jerarcas de la Iglesia.
Los mensajes de solidaridad llegaron desde todo el país. Una comisión de padres de los 21 niños del Colegio Agustiniano, que fallecieron hace 10 años en Bogotá, en otro absurdo accidente, asistieron al sepelio y acompañaron a las familias.

El recorrido

Una caravana de dolor y de llanto recorrió los 200 kilómetros que separan a Barranquilla de Fundación con los cuerpos de 28 de los 33 niños que murieron calcinados en un bus. Cientos de ciudadanos acompañaron el cortejo fúnebre, muchos amigos y conocidos de las víctimas, otros espontáneos, que como el resto de colombianos se han conmovido con una tragedia sin antecedentes en el país.

Antes de partir de la sede del Instituto de Medicina Legal, donde permanecieron los cuerpos a la espera del cotejo de muestras de ADN para la plena identificación, se realizó una ceremonia religiosa encabezada por líderes de la Iglesia pentecostal.

Los niños murieron en un absurdo accidente cuando salían de la sede de esa iglesia en Fundación y se dirigían a sus casas en un bus que no cumplía con los requerimientos técnicos y que se incendió por la irresponsable manipulación de combustible por parte del conductor y del líder espiritual de esa congregación.
Los colegios de la capital del Atlántico y de los municipios que bordean la carretera que comunica las dos ciudades llevaron a sus estudiantes con pancartas y mensajes a despedir a los niños.

El paso por Aracataca, la tierra del Nobel Gabriel García Márquez, fue especialmente emotivo. Muchos familiares de las víctimas viven en este pueblo que está apenas a 12 kilómetros de Fundación. Mientras tanto, los padres de los niños, atafagados por el dolor y cansados por la espera para recibir a sus angelitos, recibían de manos de la alcaldesa Estela Durán pendones con las fotos de sus hijos.

A medida que recibían las imágenes de sus niños, el dolor se tomó la calle polvorienta del barrio Faustino Mojica, en límites con el barrio Altamira, donde las autoridades han instalado carpas para atender a las familias. En ese mismo punto, el domingo 18 de mayo se estacionó la buseta a recoger a los niños para llevarlos a la iglesia.

Estas calles, sin pavimentar, se han convertido en el punto de encuentro para 33 familias, que además del dolor por la pérdida de sus hijos, nietos, sobrinos y vecinos, llevan a cuestas la tristeza de ser pobres. Las casas no cuentan con acueducto. Las mejor dotadas tienen pozos sépticos, otras que están a los extremos, ni siquiera tienen baño. Sus habitantes se rebuscan el alimento para ese ejército de niños que atiborra las calles destapadas. Las mujeres lavan y planchan ropa ajena; los hombres son mototaxistas, unos pocos alcanzan a ser operarios de Fenoco.

Desde el día de la tragedia esta ciudad no ha salido de la tristeza colectiva. Sin orden alguna de autoridades, sus habitantes siguen en el luto decretado por tres días. No se escucha música ni se hacen rumbas, ni siquiera pequeñas reuniones que dejen ver algo de alegría o alborozo. Los billares y rumbeaderos han permanecido con sus puertas cerradas desde ese fatídico 18 de mayo. Muchos creen que este pueblo, bulloso, como todos los de la Costa Atlántica no recuperará su normalidad en varios meses.

Las autoridades se prepararon para el manejo de una multitud sin precedentes en esta ciudad. Un escuadrón del Esmad se trasladó para evitar posibles desórdenes, producto del dolor colectivo y ante los fuertes rumores de que se presentarían disturbios.

 

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Magdalena
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