6 Oct 2018 - 3:00 p. m.

Las cuitas del Catatumbo: un niño como escudo de la guerra

Regresé a Bogotá y me estremecieron los titulares: ¡secuestraron al hijo del alcalde!, un niño indefenso de 5 años, que no eligió pelear esta guerra, pero a quien acaban de poner de escudo, o más bien, de señuelo para decidir la suerte de un proceso de paz que da tumbos.

Magda Páez Torres

Muere el día, pero apenas se empieza a parir esta travesía. El traqueteo del bus sobre una carretera destapada, plagada de huecos y de maleza, me recuerda que estamos entrando a un territorio minado de explosivos, pero también de olvido, de desidia, de abandono estatal. Aquí no hay pavimento, pero tampoco voluntad para arreglar -aunque sea a retazos- una vía que bien parece el camino al infierno. Nuestro destino: El Carmen, un pequeño e histórico pueblo, considerado de interés cultural; aunque por allá, ni se asoma el turismo, a falta de vías decentes y de seguridad. (Lea: Ofrecen recompensa de $100 millones por información sobre el hijo del alcalde de El Carmen)

En medio del ruido de los vallenatos y del bus que choca contra escollos y se hunde en cada cráter, el ayudante del conductor habla con dos mujeres. Entre ellos, comentan sobre dos nuevos muertos que amanecieron a orillas de la carretera. Son parte de la cadena criminal que se ha desatado en los últimos meses. Nadie sabe por qué, pero los asesinatos se han vuelto casi paisaje en la zona, un volcán que arde desde hace años, apaciguado por instantes quiméricos. Por esta tierra, el demonio de la violencia se pasea con descaro y alevosía. Y cuando amanece ansioso de sangre, hace su ronda taciturna. 

Desde afuera, el Catatumbo da miedo, y desde adentro también. Sólo que quienes nadan diariamente en este embravecido mar, aprendieron a capotear la corriente. Yo nací en estas tierras, hipotecadas al crimen, pero también prodigiosas, pobladas de gente trabajadora y alegre, que ha aprendido a cosechar en medio de la aridez generada por la violencia y el olvido del gobierno central y regional. Aunque el camino me llevó a otros rumbos, allí aún vive mi familia y, periódicamente, me sumerjo de nuevo en estas aguas. Aunque viva lejos, el Catatumbo está marcado en mi alma, lo llevo a cualquier rincón del mundo donde llegue. Allí aprendí el valor de la resiliencia, y también a abrazar la vida, con todos sus matices.

La primera parada del bus en el que viajo, es Guamalito, un corregimiento que parece huérfano. Aquí, desde niña, vi de frente los diversos rostros de la guerra. Por sus calles patrullaba la guerrilla sin Dios ni Ley, en la década de los 90. Tiempo después, por los mismos caminos retumbaban los motores de las motocicletas de los paramilitares, y ahora, aún zumba la muerte, con sus interminables ecos por la batalla que libran el ELN y el EPL. Ecos que llegan a El Carmen, donde en cada esquina se murmulla que la situación está difícil, como si fuera una novedad. No es necesario un toque de queda, tantos años de embates, les han enseñado a los pobladores a autoprotegerse, por eso, la mayoría prefiere dormir temprano o fingir que duerme, aunque los más nerviosos, luchen para conciliar el sueño. Aquí, sí que la gente sabe de resiliencia, después de dos tomas guerrilleras y del fugaz, pero fatal paso de los paramilitares.

Este era el panorama tres meses atrás, cuando escribí estas líneas, que no habían visto la luz. Hace menos de una semana, regresé de otra travesía por El Carmen, donde parece que nada cambia, ni lo bueno ni lo malo. ¡Uno que otro hueco menos en la carretera, porque se acordaron de pasar maquinaria; y menos runrunes de muertes en los últimos días!, eso sí, reemplazados por llamadas de extorsión a los habitantes, que escasamente tienen para vivir como Dios manda, pues en este pueblo, no hay ricos, y por gracia del cielo, tampoco miseria. Sin embargo, la delincuencia quiere que le financien su “guerra”. (Puede leer: Secuestran a menor de 5 años, hijo del alcalde de El Carmen)

Lamentablemente, tres días después de regresar a Bogotá me estremecieron los titulares matutinos y la llamada angustiada de mi madre: ¡secuestraron al hijo del alcalde!, un niño indefenso de 5 años, que no eligió pelear esta guerra, pero a quien acaban de poner de escudo, o más bien, de señuelo, de árbitro, para decidir la suerte de un proceso de paz que da tumbos. ¡Un acto ruin, cobarde, despreciable, que viola el derecho internacional humanitario y todos los protocolos de protección de la niñez! De un lado, está una guerrilla que busca presionar al Gobierno, y del otro, un Estado fallido, incapaz de ejercer soberanía en todo el territorio, y al que le robaron el Catatumbo en su cara, sin que se inmutara siquiera.

¡Silencio! ¡Vigilia! ¡Oración! El Carmen quedó atónito, consternado, ante lo ocurrido… Aunque muchos creíamos haberlo visto todo en esta lucha interminable, el crimen siempre supera la capacidad de sorprendernos y de indignarnos. En esta zona, ser alcalde es convertirse en carne de cañón, es tener que financiar la guerra con el presupuesto del municipio, porque –de no hacerlo- el mandatario y su familia se convierten, automáticamente, en “objetivo militar”. Ni siquiera importa si el blanco es un niño o un adulto mayor. Ya Edwin Contreras, alcalde actual, ha padecido la retención de su padre y de su hijo, además de un atentado en su contra. ¡Triste suerte la de un pueblo condenado a la resignación, donde ni siquiera se puede gobernar para la gente! ¿Y el Estado? Desde hace décadas, nadie sabe dónde está. (En contexto: Hijo del alcalde de El Carmen (Norte de Santander) aún no ha sido encontrado)

Hoy el clamor es unánime: ¡Liberen a Cristo José!, él es tan solo un pequeño que abre los ojos al mundo, que no tendría por qué estar presenciando la barbarie ni haber conocido el cautiverio, que en realidad no tiene velas en este entierro de enemistades ajenas. Hago votos por que Cristo José pueda dormir esta noche en su cama, bajo la protección de sus padres, no a la intemperie, rodeado de extraños. Hago votos por que Cristo José, una vez recobre la libertad, pueda borrar de su mente este episodio tortuoso y logre vivir sin miedo el resto de su existencia. Ningún niño de Colombia, tiene por qué pagar el precio del odio cultivado por décadas en una tierra próspera que se quedó sin alma, porque se la mataron a quemarropa los criminales. ¡Cuánto nos sigues doliendo, mi amado y olvidado Catatumbo!

Comparte: